almeida – 20 de julio de 2014.

Cuando algunos deciden recorrer el Camino, además de las dudas y problemas que surgen a la mayoría de los peregrinos, cuentan con un problema añadido que es, que hacer con la mascota que tienen en su  casa durante el resto del año.

 

Lo más sensato es siempre buscar a alguna persona que se haga cargo de ella mientras se encuentran fuera y recogerla al regreso, pero no siempre se encuentra a alguien dispuesto a asumir el compromiso de cuidar a un animal al que no se está acostumbrado y es en ese momento, cuando surgen los problemas.

Muchos, piensan que los animales como más disfrutan es en contacto con la naturaleza y sin consultarles, les llevan a hacer el camino provocando en ocasiones situaciones lamentables como esos perros que he visto más de una vez con las almohadillas de las patas completamente abrasadas por el asfalto o esos que dicen llamarse peregrinos y llevan burros cargados con todo lo innecesario haciéndoles padecer durante el tiempo que dura su camino.

Algunos más astutos, si tienen animales pequeños tratan de camuflarlos en los albergues y resulta sencillo pasar el primer filtro que ponen los hospitaleros, pero lo que suele ser más difícil es que los peregrinos con los que habitualmente coinciden, no se percaten de ello.

Hay situaciones de lo más rocambolescas y en una ocasión me comentaba un peregrino hablando de estos casos tan especiales uno que él presenció y que estaba convencido que era único en el Camino.

Cuando se encontraba recorriendo uno de sus caminos, coincidió con un peregrino que aparentemente era como los demás, pero enseguida vio que estaba haciendo el camino con su mascota que seguramente no había podido dejar con nadie.

La mayor parte del camino, la mascota estaba adormilada en uno de los grandes bolsillos laterales de su mochila y cuando llegaban al albergue, si había un hospitalero al cargo de las instalaciones, que no era frecuente en ese camino, la camuflaba para que pasara inadvertida.

Pero el resto de los peregrinos al ver a la mascota, sentían como se les erizaba el vello de todo su cuerpo y la mayoría optaba por irse a otro sitio a pasar la noche porque de lo contrario no iban a poder dormir a pesar de que  peregrino les trataba de convencer de lo dócil y buena que era su mascota.

Se trataba de una serpiente pitón que según decía el peregrino era muy cariñosa y no se metía con nadie y si él la dejaba en un lugar de su mochila, allí se quedaba hasta la mañana siguiente sin molestar.

Quise saber más sobre este curioso peregrino y las situaciones que se habían producido durante su peregrinación, pero quien me lo estaba contando, me aseguró que no se fiaba de lo que le decía el peregrino y cuando vio a quien podía tener de compañero el resto de los días que le quedaban de camino, decidió las dos jornadas siguientes alargarlas un poco más y dejar atrás a estos extraños personajes que se iban quedando solos porque nadie deseaba caminar en compañía de tan enigmática pareja.