almeida – 6 de octubre de 2014.

Genaro, era uno de esos peregrinos de larga distancia. Después de haber peregrinado en varias ocasiones, pensó que todos los caminos guardaban pocos secretos para él, por lo que decidió cambiar de itinerario, se iría hasta Roma, al centro de peregrinación de los antiguos romeros y desde allí, siguiendo los pasos que un día dio San Francisco, llegaría como peregrino a Compostela.

Genaro era duro, de esos peregrinos a la vieja usanza que cuando terminan la jornada, únicamente busca un lugar cubierto que le proteja de las inclemencias del tiempo, pero es feliz cubriéndose con un manto de estrellas que siempre es igual, pero él, cada día, lo contemplaba de una forma diferente.

Después de visitar los lugares más significativos de la ciudad eterna, se dirigió a la plaza que se encuentra delante de la basílica de San Pedro y echando la vista atrás para contemplar las obras de arte que los maestros del renacimiento labraron con suma maestría, dio el primer paso pensando únicamente en los que le quedaban todavía para llegar hasta la ciudad del Apóstol, pero, no tenia prisa y estaba convencido que cada jornada le aportaría muchas cosas, tantas que no quería ni pensarlo.

Como se había imaginado, ese camino era muy diferente a los que estaba acostumbrado a recorrer. La gente con la que se encontraba al saber que era un peregrino le trataban de una forma muy amable y cordial y le dispensaban con todo tipo de atenciones imaginables.

En algunas ocasiones, algún alma caritativa, le proporcionaba un lugar en el que poder pasar la noche, generalmente eran establos o cuadras en los que se habilitaba un lugar para que pudiera dormir y en las ocasiones más afortunadas, le permitían acceder al interior de la vivienda, pero eran las excepciones porque Genaro buscaba los pórticos cubiertos de las iglesias y en los días en los que no refrescaba mucho por las noches, ni tan siquiera se acercaba a los lugares habitados, cualquier lugar en medio del bosque donde hubiera hierba abundante, era el colchón que necesitaba para apoyar su espalda y dormir pensando en lo que la jornada le había deparado mientras contemplaba el cambiante universo que pronto aprendió a ir ubicando cada una de las estrellas y las constelaciones mas importantes y lo que antes era para él siempre igual, comenzó a ver la diferencia que cada noche se producía en aquel manto infinito bajo el que dormía.

Pronto se acostumbró a este ritmo y cada vez era más frecuente que finalizara su jornada de camino cuando el sol se comenzaba a ocultar por el horizonte y donde esto se produjera se detenía, se había familiarizado tanto con la naturaleza que los lugares habitados le comenzaban a resultar un tanto agobiantes.

No llevaba ninguna prisa, por lo que tampoco había hecho planificación alguna, caminaba hasta que se cansaba y entonces se detenía, le daba lo mismo la distancia que hubiera recorrido, estaba convencido que el lugar en el que se detenía era ese que el camino había elegido para que lo hiciera. Algunas veces se pasaba horas conversando con algún pastor que se encontraba en el campo o con los campesinos que estaban labrando las tierras, eran esos momentos especiales que Genaro llamaba de aprendizaje porque la sabiduría de aquellas personas era extraordinaria, conocían todos los secretos del campo, del clima y de cualquier cosa que solo se aprende con una observación constante que se va adquiriendo con el paso del tiempo.

La noticia de que un peregrino estaba recorriendo el camino a la vieja usanza, enseguida fue conociéndose por las comarcas por las que pasaba y en algunas ocasiones cuando llegaba a los lugares habitados, las gentes del lugar ya estaban advertidos de su presencia y le obsequiaban con algunas viandas para la jornada que Genaro agradecía, pero sobre todo, se emocionaba con el cariño con el que lo recibían y en estos casos se detenía durante el tiempo que fuera necesario para conversar con aquellas gentes, porque la riqueza mayor que podían proporcionarle era cuando compartían con él, el conocimiento que habían ido adquiriendo.

La noticia de la presencia de Genaro llego también a un monasterio que se encontraba algo alejado del camino que Genaro estaba siguiendo, pero siglos atrás, por aquel monasterio pasó el santo de los pobres y para los monjes fue una bendición que San Francisco hubiera elegido aquel lugar como descanso en su peregrinación y cuando alguien visitaba el monasterio era el recuerdo mas relevante que le transmitían.

El abad, vio en aquel peregrino a un discípulo del santo y envió a dos monjes jóvenes a que salieran a su encuentro y le invitaran a pasar la noche o las noches que deseara en el confort del monasterio.

Genaro se sorprendió al ver dos jóvenes monjes sentados en un tronco que había en un extremo del camino y cuando detectaron su presencia, se levantaron y fueron a su encuentro.

Le explicaron quienes eran y el motivo por el que se encontraban esperándole y le transmitieron la invitación del abad que Genaro no supo ni quiso rechazar y la aceptó con sumo agrado, sería para él una nueva experiencia poder pasar una noche en un monasterio compartiendo con los monjes su camino.

Uno de los jóvenes trató de coger la mochila en la que Genaro llevaba sus pertenencias, pero éste se opuso y al ver contrariado al monje, trato de explicarle que en el camino, como en la vida, el peregrino es el que debe cargar con todo lo que lleva.

Cuando llegaron a la puerta del monasterio, todos los monjes habían dejado sus quehaceres para recibir a aquel peregrino al que contemplaban con admiración y con una devoción contenida, todos querían tocarle como si fuera realmente el discípulo de aquel huésped que siglos atrás se alojó allí y todavía muchos de los internos presentían parte de la energía que dejo en aquel lugar.

Los monjes se fueron apartando del corro que habían hecho para permitir que el peregrino y el abad se encontraran, éste al estar frente a Genaro, le abrazó y le dio un beso en cada mejilla dándole la bienvenida y agradeciéndole que se hubiera desviado de su camino para compartir un día con ellos, para el monasterio y para los monjes que allí había, representaba todo un honor y se sentían felices de ello.

Genaro estaba un tanto abrumado con todas las muestras de cariño que estaba recibiendo y trataba de agradecer a cada uno de ellos con su mejor sonrisa aquel recibimiento.

El abad, viendo que estaba siendo un poco acosado, le pidió a los monjes que dispondrían de todo el día para estar con el peregrino y ahora lo que debían hacer era dejarle que se relajara y descansara, por lo que asignó a uno de los monjes que le habían ido a buscar para que fuera el único que estuviera pendiente de las necesidades del peregrino.

El monje, le acompañó hasta una de las salas del monasterio, debía ser la mejor habitación que se disponía en aquel lugar, era muy amplia y tenía una enorme cama de muelles con colchones de lana. Le indico donde se encontraban los baños para que pudiera asearse y él estaría en la puerta de la habitación para lo que deseara.

Genaro no se podía creer aquellas muestras de afecto que estaba recibiendo, pero pensó que era lo que el camino le había deparado y tenía que aceptarlo como le venía.

Después de darse una ducha que su cuerpo necesitaba con apremio por los días que había pasado a la intemperie, se dispuso a lavar la ropa que llevaba y el monje que estaba pendiente de todo lo que hacía Genaro, la cogió y le dijo que ellos se encargarían de todo, le pidió toda la ropa y desapareció con ella regresando al cabo de unos minutos.

El abad cuando le vio, fue a su encuentro y le mostró todas las estancias del monasterio, deteniéndose en aquellos lugares en los que según la tradición el santo se detuvo para rezar o para cualquier otra cosa que se había convertido con el paso del tiempo y con lo que cada uno que transmitía la historia en verdaderos lugares de veneración y de culto por los monjes que habían pasado por aquel lugar.

Le fue explicando las costumbres de los monjes que eran muy sencillas, la mayor parte de cada jornada la dedicaban a la oración y a las tareas que cada uno tenía asignadas y le invitó a que si lo deseaba participara en algunas de ellas.

Genaro le dijo que le gustaría asistir a todas, vísperas, laúdes, maitines, quería conocer con todo detalle la vida que los monjes hacían en el monasterio. El abad dejó a Genaro con el monje que se le había asignado para que pudiera moverse con libertad por todo el monasterio y fuera su guía.

Fue viendo todas las labores que allí se hacían y conversó con los mojes que se encargaban de la huerta, con el que destilaba los vinos y los licores que se elaboraban en el monasterio, con los que se encargaban de la cocina, con el que estaba al cargo de la custodia de la biblioteca y los manuscritos que allí se conservaban como verdaderos tesoros, no dejó ni un solo lugar sin visitar, porque todo era nuevo para él y le estaba resultando sumamente interesante y muy ilustrativo.

Cuando llegó la hora de la cena, el monje le condujo hasta el refectorio donde ya se encontraban la mayoría de los demás, había un sitio reservado para él al lado del abad que se levanto al verle llegar y le dio de nuevo un efusivo abrazo.

Habían dispuesto una cena especial, como especial también era ese momento. Las mejores legumbres de la huerta se habían recogido para hacer una sopa que estaba exquisita. También le ofrecieron diferentes tipos de verduras elaboradas de varias formas, el abad le comentó que no había en su dieta ni carne ni pescado porque estaban en contra de comer seres que el señor había puesto en la naturaleza, pero Genaro no echó en falta nada en aquella mesa en la que había de todo. Cuando terminaron con las viandas, sacaron unos quesos elaborados por los monjes y unas pastas que le resultaron exquisitas, también la bebida fue abundante porque en esta ocasión no se escatimó con los caldos que había en la bodega ni con los licores que sabiamente había sabido elaborar el maestro bodeguero.

Mientras estaban cenando, uno de los monjes, subido en una especie de pedestal en la que había un atril, iba leyendo unos pasajes que a Genaro le resultaban conocidos, debían ser de algún libro sagrado en el que se relataba las andanzas de un peregrino que iba recorriendo caminos para tratar de encontrarse a sí mismo. Quizá, se estuvieran refiriendo a él porque todo lo que decían era lo que estaba viviendo desde que comenzó esta larga peregrinación.

Después de la cena se retiraron todos a una capilla contigua en la que el abad y varios monjes concelebraron una misa de acción de gracias por el peregrino que el camino les había obsequiado ese día y Genaro comenzó a notar como el vello se le erizaba cuando todos los monjes entonaban unos cánticos que para el le parecían celestiales. Hubo algún momento en el que pensó en pellizcarse para ver si era verdad todo lo que le estaba pasando porque pensaba que se encontraba en un sueño, aunque si era así, tampoco deseaba despertarse de él.

Cuando termino la misa, hacia las nueve, el abad le dijo a Genaro que a partir de ese momento, cada uno de los monjes se retiraba a sus celdas para sus reflexiones del día y para rezar. Por la mañana, se levantaban antes que el alba se hiciera presente, para los primeros rezos de la mañana, pero él estaba liberado de esa norma y podía levantarse a la hora que lo deseara, porque se imaginaba que estaría cansado por el camino y lo que necesitaba era descansar.

Genaro le dijo que era la hora a la que habitualmente comenzaba todos los días a caminar y no quería perderse cada uno de los eventos que se hicieran en el monasterio, por lo que asistiría a todos antes de marcharse.

Cuando regresó de nuevo a la habitación y estuvo solo, retiro las mantas y las sabanas de la cama, por fin iba a dormir en una cama mullida después de tantos días haciéndolo a la intemperie en el campo, era uno de los sueños que se habían convertido en realidad.

Cuando se tumbó en la cama, creyó que no encontraba la postura correcta porque se sentía incomodo, le resultaba imposible conciliar el sueño a pesar que se encontraba muy cansado. Estuvo más de una hora dando vueltas en la cama hasta que se dio cuenta de lo que le pasaba, se había acostumbrado a los duros suelos de los pórticos de las iglesias y del campo que aquella comodidad era algo a lo que ya había perdido la costumbre.

Cogió el saco de dormir que llevaba y lo extendió en el suelo y al notar las rígidas losas de piedra, por fin pudo conciliar el sueño y esa noche también durmió y descansó como las que llevaba en ese camino, quizá en esta ocasión, algunos sueños que otros días no tuvo, acudieron a su mente en los que se mezclaban los milagros del santo con los monjes que se encontraban peregrinando a su lado.