almeida – 09 de agosto de 2016.

bagon tren

Según fue descendiendo, los escalones que conducían al andén al que acudía diariamente a la misma hora, se dio cuenta que había más gente que de costumbre. Se dirigió hasta el centro de la estación,

siempre le gustaba coger ese vagón ya que cuando llegaba a su destino le dejaba frente a las escaleras que le conducían de nuevo a la calle.

            Cuando el convoy se detuvo, los empujones tratando de coger el lugar más próximo a la puerta le desconcertaron ya que no era habitual esa actitud, pero había algunos asientos aún sin ocupar y la mayoría quisieron ser los primeros en acceder al vagón para sentarse en ellos.

            Esperó a que la multitud accediera al interior y cuando apenas quedaba gente en el andén, también él penetró en el vagón y como hacía todos los días, en un lateral, sobre la ventana, apoyó su espalda y lentamente fue oteando el interior comprobando que la mayoría de los pasajeros con los que se encontraba cada mañana estaban en sus sitios.

            En el fondo del vagón observó a alguien que por momentos le desconcertó, era la primera vez que veía a aquel ángel que a primera vista le pareció divina, era como si una diosa se hubiera desprendido del Olimpo.

            Cerró con fuerza los ojos pensando que al abrirlos se despertaría de un sueño, pero cuando los abrió de nuevo, la imagen que vio era la misma que ya se había quedado en su mente. Quiso frotarse los ojos como si con ello cambiase la imagen que había en su retina, pero desistió, pensó que si era un sueño, resultaba tan hermoso que deseaba hacerlo durar lo más posible.

            Lentamente, se fue escurriendo entre la gente que abarrotaba el vagón y se fue acercando a la joven que como si fuese un potente imán, lo estaba atrayendo hacia ella.

            Cuando se sitúo frente a la joven, disimuladamente fue contemplando aquel ser angelical tratando que sus ojos no se cruzaran ya que estaba seguro que si esto llegaba a ocurrir, el rubor se reflejaría inmediatamente en su rostro delatando el estado en el que se encontraba.

            Su cabello azabache contrastaba con el celeste de sus ojos. Su piel semejaba a un fresco melocotón que aún no se había desprendido del árbol. Sintió la tentación de acercarse a ella para comprobarlo pero se contuvo.

            Estaba ante un cuerpo perfecto y se percató que no era solo el centro de atracción de su mirada, sino que docenas de ojos se habían posado también en él y daba la impresión que todas las miradas se reflejaban a través de cada uno de los poros de su piel.

            Ella se sentía observada, sabía que nunca pasaba indiferente y cuando permanecía varios minutos en el mismo lugar, siempre acababa siendo el centro de atención.

            Esta situación la gustaba y disfrutaba cuando levantaba la vista y miraba fijamente a quien la estaba observando y en ese momento gozaba viendo como el rubor cubría la cara de quien se atrevía a mirarla y éste bajaba la mirada no volviendo a levantarla más.

            Ella alzo su cabeza y se cruzaron las miradas de los dos, contrariamente a lo que solía ocurrir, él mantuvo su mirada poderosa y sus ojos se reflejaron en los de la joven y buscaron a través de ellos ver su intimidad penetrando en su interior.

            Manteniendo con firmeza su mirada, pensó en las palabras que un día escuchó a un veterano hospitalero cuando estaba haciendo el camino “Al que tiene el camino dentro, se le ve en los ojos”, fue en ese momento cuando se dio cuenta que se encontraba ante una peregrina.