almeida – 31 de mayo de 2016.

Cuando los diseñadores de esta famosa muñeca sacaron el primer ejemplar al mercado, no esperaban el éxito arrollador que llegó a tener y después de ese modelo fueron produciendo réplicas hasta que la muñeca ha representado todas las profesiones, vivencias y ha estado en todas las situaciones imaginables.

            Cualquier idea era buena para que, la que unos consideraban bonita y para otros repelente muñeca se fuera adaptando a las modas del momento y de forma camaleónica se fue caracterizando de mil y una formas. Era como la gallina de los huevos de oro a la que había que ir exprimiendo temporada tras temporada.

            He tratado de ver en las réplicas que hay de este infernal juguete, pero no he conseguido encontrar a la Nancy peregrina. Aunque me imagino que sería tal y como la voy a describir y si es así, espero que los que tienen la patente se acuerden de que la idea ha sido mía y a la hora de repartir esos huevos plateados que va generando se acuerden al menos un poco de mí.

            Un día llegó al albergue una peregrina, no la vi cuando entró, pero al registrarse, me parecía más una turista que una peregrina. Debí imaginarme en ese momento que había llegado de las primeras y le había dado tiempo a asearse y ponerse ropa limpia, porque estaba resplandeciente como si acabara de venir de comer del famoso restaurante que teníamos cerca del albergue.

            Como había muchos peregrinos ese día, enseguida consiguió camuflarse entre la multitud y no la volví a ver hasta que pasaron unas horas desde la apertura del albergue.

            Fue en ese momento cuando se dirigió a mí y pude contemplarla con más calma que cuando estaba con el resto de los peregrinos.

            Era de mediana edad, tenía una piel suave y me imagino que habría pasado por alguna sesión de tratamiento corporal ya que a pesar de los años que debía contar no se le notaban en absoluto porque representaba menos de los que se indicaban en la credencial.

            Era menuda y esbelta, lucía una ropa que desentonaba con la del resto de los peregrinos ya que todas las prendas que llevaba eran de marca y en su cuerpo resaltaban más que en cualquier otra persona que se las pudiera poner.

            Tenía un físico agraciado y un cuerpo que se veía muy bien cuidado fruto me imagino de las dietas y del ejercicio al que debía someterlo, de tal forma que algunos peregrinos algo más jóvenes que ella se daban la vuelta para observarla cuando pasaba.

-Mañana por la mañana, le dejo la mochila y cuando venga el señor con la furgoneta a recogerla se la da – me dijo de sopetón.

            -Lo siento señora, a las ocho se cierra la puerta y se comienza a hacer la limpieza y aquí no se abre a nadie, si quiere la deja en la puerta.

            -Pues dígame a qué hora le puedo decir al señor que se pase.

            -A ninguna, yo no puedo estar pendiente de que vengan a recoger una mochila.

            -Bueno pues yo la dejo y usted está al tanto hasta que llegue.

            -Señora, le he dicho que cierro la puerta a las ocho y hasta que vuelvo a abrir, no estoy para nadie.

            -Bueno pues yo la dejo aquí – dijo señalando el hall de entrada – y que él la recoja cuando venga.

            -Esa puerta – le dije señalando la puerta que daba acceso al hall – se encuentra cerrada cuando ustedes se van, si quiere la deja fuera.

            -¿Pero y si alguien se la lleva?

            -Pues lo mismo que si yo me hago cargo de ella, luego la coge otra persona que la deja en otro sitio, si le falta algo ¿quién se hace responsable?

            Creo que mis palabras y mi razonamiento no la hicieron comprender lo que trataba de decirle y por supuesto no la convencieron. Observé cómo se retiraba de mala gana y luego se fue a hablar con la hospitalera que estaba conmigo, aunque por lo que luego me contó, no siguió insistiendo más con el transporte de su mochila.

            Por la mañana, según me comentaron algunos peregrinos, también fue esa persona que siempre llama la atención en el albergue y como su actuación se salía de lo corriente, no pudieron por menos que contármela.

            En una sala amplia en la que dormían cerca de veinte peregrinos en camas bajas, en ese cuarto también se encontraba durmiendo la Nancy peregrina.

            A las cinco y media de la mañana, saltó la alarma de un despertador y permaneció sonando más de un minuto, como no podía ser de otra forma, era el reloj de nuestra peregrina que lo había puesto para que la despertara a esa hora.

            El resto de los peregrinos que se encontraban en la sala al escuchar la estridencia de la alarma, se fueron despertando uno tras otro hasta que la peregrina tuvo la feliz idea de pararlo, pero ya era tarde, todos los que había en la sala se habían despertado antes que ella.

            Como todavía era muy pronto, algunos optaron por tratar de nuevo de conciliar el sueño, aunque la mayoría decidieron irse levantando y prepararse para la nueva etapa que tenían por delante.

            La Nancy peregrina se levantó y se dirigió al baño que había para las mujeres. Ocupó uno de los dos lavabos y se estuvo preparando. Primero se quitó las cremas que se había puesto para dormir, luego se fue lavando muy lentamente y se fue maquillando para iniciar el nuevo día. Fue tanta la calma con la que lo hacía todo o tanto el arreglo que tenía que hacerse, que empleó una hora en estos menesteres matutinos.

            Como solo había dos lavabos, el resto de las peregrinas tuvieron que ir esperando a que el que ocupaba nuestra Nancy peregrina se fuera quedando libre y mientras tanto se fue haciendo una larga cola que exaspera a quienes la estaban manteniendo.

            A las seis y media, salió del cuarto de baño y sacó un café de la máquina que fue tomando mientras terminaba de ajustarse la ropa que iba a llevar ese día y se arreglaba.

            Se puso un pantalón corto y una faldita por encima de él y en la parte superior se colocó una camiseta que tenía en el pecho dos grandes letras DG. Sobre su cabeza se colocó un sombrero fino para evitar que el sol rozara ni uno solo de sus cabellos y cuando estuvo preparada cogió con una de sus manos la mochila y sin tan siquiera mirarme, la dejó donde yo le había indicado el día anterior.

            Con un paso firme, como marcando cada una de las pisadas que daba, fue descendiendo los tres escalones que la conducían a la puerta de entrada del recinto y con unos movimientos que parecían estudiados se fue alejando lentamente del albergue ante la mirada atónita de todos los que nos encontrábamos a la puerta.

            Parecía que nuestra peregrina se iba a un desfile de modelos y pensé que por delante tenía la pasarela más grande que nunca se hubiera puesto a una modelo, eran unos ochocientos kilómetros en los que podía seguir mostrando esas habilidades que tenía y que resultaban tan poco peregrinas.