almeida – 8 de mayo de 2014

No era frecuente, pero en ocasiones nos encontrábamos con algún peregrino que después de llegar a Santiago, en lugar de coger el primer autobús o el primer avión para regresar a su casa, como los antiguos peregrinos, desandaban el camino recorrido y volviendo sobre sus pasos, regresaban al lugar del que habían salido.

 

Julián era uno de estos peregrinos que llegó hasta Santuario haciendo el camino de vuelta. Quise interesarme por el motivo que le había impulsado a hacerlo de aquella forma y cuando le vi descansando en el jardín, me acerqué para conversar un rato con él.

Era un peregrino experimentado, llevaba más de diez años recorriendo los diferentes caminos que conducen a Compostela y cuando ya creía haberlo visto y vivido todo, pensó que le faltaba sentir esa sensación que tenían los peregrinos medievales que no contaban con ningún medio de transporte y salían caminando desde su casa y para regresar tenían que hacerlo volviendo sobre sus pasos.

Como se imaginó, mientras preparaba ese nuevo camino, cambió de inmediato la forma en la que lo afrontaba ya que en los caminos anteriores, cada jornada que pasaba, era una menos para llegar a su objetivo; pero en esta ocasión, solo era una menos para llegar al ecuador de su aventura y, una vez alcanzada la meta de Santiago, le quedaba por hacer el mismo esfuerzo y la meta ya no era tan atractiva como el hecho de llegar con sus compañeros hasta Compostela.

Otra de las grandes diferencias que se encontró y que estaban comenzando a agradarle, era que caminando hacia Santiago, lo hacía diariamente con un grupo más o menos amplio de personas que estaban cubriendo a la vez las mismas etapas, casi todos se conocían bien por haber coincidido a lo largo de la jornada o por encontrarse cada día en el albergue en el que concluían la jornada.

En esta ocasión, todos los días se iba cruzando con peregrinos distintos y cuando llega a los albergues, también la gente que se encuentra allí es diferente. No sabía decirme si eso era mejor o peor, pero era muy diferente y aunque los primeros días se sentía muy extraño, poco a poco se fue acostumbrando y llegó a sentirse afortunado de conocer más personas que en cualquiera de los otros caminos que había recorrido.

Otra de las cosas a las que tuvo que irse acostumbrándo fue a contemplar el Camino con otra perspectiva, no solo a ver a los peregrinos que siempre los había visto de espaldas y en ocasiones suponía un reto darles alcance, ahora los veía de frente, venían caminando hacia él y cuando los saludaba, algunos se extrañaban al verle caminar en sentido contrario. También el sol, que casi siempre estaba a su espalda o a la izquierda del Camino, ahora permanentemente lo tenía de frente o a su derecha; iba observando durante toda la mañana como se iba elevando, dominando todo el firmamento y cuando ya lo tenía encima de su cabeza, era el momento de dar por finalizada su jornada; y dejaba de caminar para poder descansar.

Recordaba de sus caminos anteriores muchos de los lugares por los que estaba pasando, pero la perspectiva con la que ahora los contemplaba era diferente, tanto, que en muchas ocasiones, le parecía que era la primera vez que los veía, aunque luego se daba cuenta que era de los pocos peregrinos que habían conseguido verlos desde puntos de vista tan distintos, que acababa por formarse esa visión perfecta de cada sitio y de cada rincón.

Pero le estaba resultando un camino mucho más difícil que los anteriores. Mientras el horizonte le permitía ver a otros peregrinos que se acercaban hacia él, no se preocupaba ya que sabía el camino que debía seguir, pero cuando esto no ocurría y se encontraba con un cruce de caminos, como en ninguno de ellos veía ninguna señal, tenía que dejar que fuera su instinto el que le guiara y no siempre conseguía acertar pues en varias ocasiones tomó el camino equivocado, y después de varios kilómetros sin encontrar ninguna flecha amarilla, tenía que darse la vuelta hasta localizar las señales que le permitieran ir en la dirección correcta.

Eso representaba un esfuerzo extra porque algunos días las etapas se alargaban de una forma innecesaria, aunque también acababa agradándole ya que le hizo ver que el Camino como la propia vida, en ocasiones no es tan sencillo como parece y nos hace tener que dar algunos rodeos para encontrar por fin el camino correcto.

Lo que estaba observando era que, a pesar de llevar muchos caminos en sus piernas, este estaba siendo un nuevo y diferente camino porque todo cambiaba cada día, pues cada instante que se encontraba sobre él estaba resultando distinto, tanto o más que la primera vez que se dejó sorprender con todas las cosas que le aportó su primer camino.

Todo lo que me iba contando Julián me pareció maravilloso, tanto, que fui dándome cuenta que me faltaba hacer un camino como el suyo para sentir las mismas sensaciones que estaba teniendo.