almeida – 9 de mayo de 2014.

2013 09 tosantos 001 460 008Resulta curioso conocer lo que lleva a cada peregrino a recorrer el Camino. Cuando he formulado esta pregunta a quienes llegaban hasta el albergue,

me he llevado alguna que otra sorpresa porque las respuestas a veces eran inimaginables, aunque por supuesto, todas ellas respetables.

 

Hace pocos días, paso por el albergue de Tábara un peregrino que resultaba muy dicharachero con el que fue fácil entablar esa relación que casi siempre se produce entre peregrino y hospitalero.

Cuando llevaba unas horas en el albergue y conversábamos sobre el Camino y lo que este representaba para quienes lo recorrían, esas sensaciones que todos nos llevamos al finalizarlo, me interesé por conocer lo que había llevado a este peregrino a recorrer por primera vez el Camino, porque según me aseguraba era la cuarta vez que lo estaba recorriendo.

Esbozó una sonrisa, como si tratara de buscar las palabras que me iba a decir y después de meditar unos segundos, comenzó a detallarme lo que cuatro años antes había pasado por su imaginación.

Según el peregrino, tenía una fácil tendencia a coger peso y el ejercicio físico era algo que por falta de tiempo no tenía la constancia necesaria para que fuera efectivo.

Pensó que si dedicaba sus vacaciones a un objetivo que le obligara todos los días a realizar un esfuerzo importante, conseguiría reducir esos kilos demás que siempre cuando llegaba el verano observaba que le sobraban.

Estaba convencido cuando puso por primera vez sus pies en el Camino, que según fueran pasando los días, esos kilos de más irían desapareciendo y antes de comenzar la primera jornada, entró en una farmacia y se pesó. No volvería a hacerlo hasta llegar a Santiago y en la primera farmacia que se encontrara, vería cuanto había conseguido bajar.

Pero el esfuerzo constante que hacía cada jornada, debía recuperarlo y eran tan excelentes las ofertas gastronomitas que se iba encontrando por el Camino, que no podía rechazarlas y en todos los sitios por los que pasaba, probaba esas delicias culinarias distintas a las que él estaba acostumbrado.

Cuando por fin llegó a Santiago, se dirigió a la primera farmacia que se encontró y vio que en lugar de haber reducido su peso, este había aumentado tres kilos y medio más, pero por lo que se ve, no le importo mucho, porque a pesar que ya tenía asumido que cada vez que volviera al camino en lugar de perder peso lo iba a ganar, sus vacaciones siempre iban a estar destinadas a recorrerlo. Había llegado a encontrar otros valores más importantes que los que inicialmente le condujeron hasta Roncesvalles.