almeida –28 de febrero de 2015.

En ocasiones, he llegado a comparar al camino como una gran enciclopedia, encierra todo el saber y el conocimiento que podemos encontrar en la vida y afortunadamente he aprendido a recorrerlo con esa pausa suficiente que nos permite ver y sobre todo conocer aquellas cosas que generalmente nos están vedadas y cuando tenemos la mente suficientemente abierta para que entren en nuestro interior nos suele aportar esas lecciones que no se aprenden en ningún centro de enseñanza.

                Me gusta detenerme y hablar con los campesinos, ellos conocen como nadie la tierra y saben a la perfección como se va a comportar en las siguientes horas la naturaleza. Están acostumbrados a ver crecer la hierba y alguien que posee esa habilidad puede llegar a enseñarte muchas cosas en las que antes jamás habías pensado.

                También supone una delicia hablar con los pastores, ellos miman a su rebaño porque su vida depende de cómo evolucionen los animales que están cuidando. Desde que un cordero viene a este mundo, no solo les ayudan en sus primeros pasos, también les dan de comer si es necesario y van viendo día a día como se van desarrollando y eso les hace sentirse orgullosos del trabajo que han elegido o el que no les ha quedado más remedio que asumir.

                Creo que todas las profesiones que vamos encontrando a lo largo del camino se desarrollan con esa pausa tan necesaria en la vida que va dejando un poso importante en quienes las ejercen y cuando tienes la suerte que la compartan contigo, resulta una delicia poder escucharla de labios de quien es un maestro en lo que está contando.

                En los pueblos, es más difícil poder mantener estas conversaciones que en campo abierto a veces resultan hasta necesarias, no solo para quien las cuenta sino también para el caminante ávido de querer escucharlas.

                Por eso, la mayoría de las historias y sobre todo de las personas que a veces vienen a mi mente, son aquellas que me he encontrado en alguno de esos rincones del camino que podían parecer perdidos, pero que mi mente suele recordarlos con todo lujo de detalles.

                Aunque hay una situación que recuerdo con especial agrado y ésta ocurrió en una de las poblaciones del camino, era un pueblo cualquiera, seguramente de no haber ocurrido aquel suceso, se habría quedado en el olvido, pero siempre hay situaciones que nos permiten recordar estos lugares porque el camino nos enseña que tiene que ser así.

                Me encontraba en esa hora en la que después de llevar caminando tres o cuatro horas, lo que más anhelas es llegar a un lugar en el que a la vez de descansar unos minutos, puedas tomar un café caliente y si va acompañado de un pincho, ya es algo que agradeces durante toda la jornada.

                Mientras esperaba que me prepararan lo que había pedido, decidí salir a la calle para fumar un cigarrillo. La calle se encontraba prácticamente desierta. Imagino que los habitantes de aquel pequeño lugar se encontrarían realizando sus labores diarias y los peregrinos que habían salido del mismo lugar que yo, iban por delante, caminaban más rápidos que yo o seguramente no se detenían tanto como a mí me gustaba.

                Faltaba una hora para que comenzaran a llegar los peregrinos que se habían alojado en el albergue anterior al que había pernoctado yo, aunque salimos a diferentes horas, la mayoría lo hacíamos una vez que hubiera la claridad suficiente que nos permitiera ver lo que estábamos recorriendo.

                Escuché como en la acera de enfrente se abría una puerta, no sé si fue el chirriar que produjo o la soledad de aquella calle lo que hizo que mis ojos se dirigieran a aquel lugar y observé como un señor mayor que yo, salía de su casa en una silla de ruedas y al encontrarse en la acera, estacionaba la silla y permanecía allí sentado.

                Lo que más me llamó la atención era que aquel hombre no tenía piernas, se las habían cortado por encima de las rodillas y su movilidad era nula.

                Entré en el bar a consumir lo que había pedido, pero mi vista no se apartaba de aquel hombre. Mientras comía el pincho de tortilla que me habían servido y saboreaba el caliente café, pensaba en la desgracia de aquel hombre, aunque no observé en su rostro ni un mal gesto, más bien me dio la sensación de verle feliz.

                Quizá permanecí en el bar más que de costumbre ya que mientras tomaba otro café vi como el hombre iba saludando a algunos peregrinos que comenzaban de nuevo a llegar y cuando lo hacía, les mostraba la mejor de sus sonrisas.

                Decidí antes de salir de aquel pueblo acercarme hasta donde se encontraba Vicente que así era como se llamaba. Éste al ver que me acercaba, me sonrió y en su cara pude ver como se reflejaba esa ternura que a veces, cuando deseas alguna cosa, surge de forma inevitable.

                Vicente me fue contando su historia, lo hacía con frecuentes pausas, pero no me importaba, no tenía prisa ya que tampoco ese día me había propuesto llegar a ningún sitio concreto, sabía que llegaría a donde tenía que llegar.

                Veinte años antes, mientras estaba trabajando en el campo, el carro en el que transportaba la cosecha volcó y aprisionó sus piernas. En principio pensó que se trataba de una lesión pasajera y después de una cura de urgencia que le hicieron en el pueblo, esperaban que mejorase, pero las lesiones importantes estaban por dentro y los pies se fueron hinchando. Cuando quisieron poner una solución, ya fue tarde, en el hospital le confirmaron que las piernas se habían gangrenado y no quedaba otra solución que amputarlas, por lo que su vida se vio reducida a aquella silla de ruedas sin la que su mundo se vería todavía más limitado.

                Le compadecí por la mala suerte que había tenido, pero él me dijo que era todo lo contrario. Desde que le amputaron las piernas, como no podía desplazarse había aprendido a ver las cosas de otra forma y sobre todo, la inmovilidad le había enseñado a disfrutar de algunas cosas que antes eran impensables para él.

                Ahora dedicaba gran parte del día a contemplar el paso de los peregrinos, eso le permitía soñar con ese camino que a él le estaba vedado, pero desde ese momento conocía mucho mejor el camino que cuando tenía todas sus facultades. Los peregrinos al verle se detenían un rato a hablar con él como lo había hecho yo y en ocasiones le contaban el camino que estaba realizando.

                Él les pedía que una parte del camino la hicieran por él y de esa forma también sentiría que lo estaba recorriendo y al cabo de un mes recibía noticias de quienes habían pasado por allí, una carta, una postal. En ellas le transmitían las sensaciones que estaban teniendo y él cerraba los ojos y se imaginaba recorriendo ese camino que sabía que nunca podría recorrer más que en su imaginación.

                He de confesar que me impresionó la vitalidad de aquel hombre y sobre todo esa ausencia de amargura en cada una de las palabras que decía, aunque en muchas ocasiones he llegado a pensar en esos momentos en soledad en los que se habrá desmoronado.

                Muchos tramos del camino los hice pensando en Vicente, era consciente que no era yo quien los estaba recorriendo ya que en mi mente y en mi deseo estaba la imagen de aquel lisiado físicamente, pero con un espíritu intacto, mucho más de los que podían estar caminando a mi lado.

                Volví por el pueblo al cabo de un mes y le entregue el certificado que me habían dado en la Catedral de Santiago, estaba a su nombre ya que él era más merecedor de aquel papel, porque en algunos momentos de dificultad y desánimo su imagen fue lo que me dio las fuerzas necesarias para seguir adelante.

                Mientras Vicente leía lo que ponía en aquel papel, observe cómo una lagrima trataba de rebosar el freno que ponía su parpado y al rebosarlo se deslizaba por su mejilla mientras me sonreía con esa sonrisa con la que le observe la primera vez desde el bar.