almeida – 27 de febrero de 2015.

Recuerdo una ocasión en la que me encontraba en Zamora disfrutando de unos días de descanso y por las noches me pasaba largas horas frente al televisor, en el pueblo en el que me encontraba apenas había otras distracciones y de esa forma era como pasaba gran parte de las horas muertas que hay desde que el sol se esconde hasta que llega la hora de descansar.

                Ese día, habían anunciado por uno de los canales autonómicos un debate sobre el Camino de Santiago, creo que nos encontrábamos en uno de los años Jacobeos y se estaba dando gran difusión a todo lo que trataba sobre este tema.

                Como cada vez me estaba interesando más este camino desde la primera vez que lo recorrí, en esa ocasión, estaban suficientemente justificadas las dos o tres horas que iba a perder viendo lo que decían.

                Los contertulios, eran personas muy veteranas del camino, habían estado en él desde que apenas había peregrinos que lo recorrían y a pesar de los diferentes puntos de vista que vi en los contertulios, todos amaban de una forma muy especial esta ruta que para ellos se había convertido en una filosofía de vida, aunque discreparan bastante de la forma en la que estaba concebida en la actualidad y algunos incluso hablaban de lo que había degenerado en los últimos años.

                No solo fui viendo a personas que conocía de mis andanzas por el camino y que para mí me inspiraban mucho respeto, también fueron poniendo algunas imágenes de los diferentes caminos que pasan por la comunidad y el número de personas a las que conocía casi todas como hospitaleros fue creciendo lo que hacía que el programa me estuviera resultando muy ameno.

                En uno de los momentos de la tertulia se produjo un agrio debate entre los que consideraban una aberración el hecho de entregar el certificado de cómo se había realizado el camino “la Compostela”, a los que justificaran que habían estado caminando los cien últimos kilómetros ya que no era concebible poner un límite a la peregrinación. Si se consideraba que el peregrino debería de ir caminando desde su casa hasta la ciudad donde descansan los restos del santo, una persona que viviera a noventa kilómetros de Santiago, nunca podría justificar que había peregrinado, ya que no entraba en ese listón que se había marcado.

                Uno de los contertulios que estuvo en las iniciales reuniones en las que se fueron estableciendo los criterios por los que se regiría la peregrinación, se justificaba diciendo que tenían que partir de algo y en aquel momento se establecieron esos cien kilómetros como se podía haber puesto otra distancia diferente.

                Creo que percibí que no creía mucho en lo que estaba diciendo y si alguna vez lo llegó a creer ahora había cambiado sabiamente de opinión.

                Esa noche estuve pensando en lo que se había estado comentando en la tertulia y llegué a la conclusión que en el Camino como en casi todas las cosas de la vida lo que prima son los intereses sobre todo los económicos. La peregrinación es algo que ha supervivido a pesar de la iglesia y del estado, pero cuando estos poderes han visto que podían obtener algún beneficio de ello han tratado de controlarlo y cuando la peregrinación comenzó a resurgir de nuevo, era necesario tener controlado aquello que podía convertirse en una importante fuente de ingresos y como el Gobierno Gallego tuvo una participación muy activa, fijaría ese límite de cien kilómetros con lo cual se aseguraban que todos los peregrinos que desearan tener ese certificado recorriendo cualquiera de los caminos, debían hacerlo desde cualquier ciudad o población de la capital gallega, ya que si hubieran puesto solo cincuenta kilómetros más, hubieran dejado fuera de esta delimitación varias de las ciudades en las que algunos comienzan a caminar.

                Al fin y al cabo, solo les movían intereses económicos, así lo pensé y no le di más vueltas, ya que tampoco merecía la pena, al menos eso fue lo que creí en aquellos momentos.

                Pero al año siguiente, me encontraba haciendo el camino y coincidí con Pierre, un peregrino francés que venía haciendo el camino desde Le Puy en Velay. Ese camino era uno de los que tenía pendientes de hacer y me interesaba tener toda la información posible de esta ruta por lo que enseguida fue surgiendo una afinidad entre nosotros y disfrutaba cada día con lo que Pierre me iba contando de este camino, me hablaba de poblaciones con las que yo soñaba porque había leído cosas maravillosas de ellas y me agradaba caminar con él ya que además, Pierre era una persona muy amena y sobre todo muy agradable.

                Al final íbamos haciendo las mismas etapas y muchos días o bien le esperaba yo para comenzar a caminar o era él, quien estaba fumando un cigarrillo a la puerta del albergue esperando mi salida para hacer juntos la etapa que teníamos por delante.

                Íbamos haciendo planes para cuando llegáramos a Santiago, como íbamos a celebrar el éxito de nuestra aventura, Pierre era la primera vez que llegaba a Santiago y no conocía esos lugares que son especiales para los peregrinos por lo que me ofrecí a hacer de anfitrión.

                Cuando estábamos llegando a Sarria, Pierre no vio una rama que había en el camino y tropezó con ella, fue dando tumbos hasta que se cayó todo lo largo que era.

                Fue una situación un tanto cómica ver cómo iba tratando de mantener el equilibrio sin poder conseguirlo y he de confesar que me produjo una risa inesperada, pero la ver los lamentos de mi compañero fui de inmediato a tratar de ayudarle a incorporarse, pero no se podía mantener en pie, le dolía mucho el tobillo derecho cuando trataba de apoyar el pie.

                Unos peregrinos que venían detrás nuestro, al ver la situación se ofrecieron a prestarnos su ayuda y mientras uno de ellos cargaba con la mochila de Pierre, el otro me ayudo a cargar sobre los hombros al peregrino lastimado y entre los dos conseguimos llevarle hasta las primeras casas del pueblo donde llamamos a una ambulancia para que le llevaran al servicio de urgencias.

                El diagnostico no pudo ser más desolador, se había producido un fuerte esguince en el tobillo y tenía que permanecer inmóvil al menos una semana sin apoyar el pie en el suelo.

                Aquel contratiempo, trastocaba todos los planes que habíamos hecho, pero sobre todo representaba un revés para Pierre que llevaba recorridos casi mil quinientos kilómetros y a cien de su destino, no podía seguir adelante, tenía que dejar ese camino que con tanto esfuerzo había recorrido.

                Analizamos todas las opciones que había, quedarse una semana de reposo se descartó enseguida ya que no tenía garantías que después de esa semana pudiera seguir caminando, además tenía cerrado el vuelo de vuelta a su país y resultaría complicado cambiarlo y aunque lo consiguiera, él debía estar diez días después de nuevo en su puesto de trabajo.

                La opción más razonable, era que se quedara dos o tres días descansando en el albergue y al cuarto día que era cuando teníamos prevista la llegada a Santiago, nos encontraríamos en la plaza del Obradoiro y podríamos realizar lo que tantas veces habíamos planificado.

                Continué con mucha pena en solitario mi camino ya que dejaba a mi compañero, pero me consolé pensando que el destino así lo había querido y contra eso hay muy pocas cosas que se puedan hacer.

                Cuando llegué a mi meta, desde el momento que puse mis pies en la ciudad, iba esperando en todo momento encontrarme con Pierre, aunque habíamos establecido el sito en el que nos encontraríamos, estaba convencido que si se encontraba mejor, quizá saliera a esperarme y recorrer untos esos últimos metros.

                así fue, nada más acceder a la parte más antigua de la ciudad, allí se encontraba en un banco Pierre, al verme, levanto las muletas que había adquirido y me fui hacia él y nos fundimos en un fuerte abrazo.

                Me confesó que seguía sin poder apoyar el pie, tenía todavía muchos dolores, pero con las muletas se iba arreglando y por nada del mundo se hubiera perdido entrar conmigo en la plaza del Obradoiro y contemplar juntos la majestuosa fachada de la catedral. Aquellas palabras me emocionaron y comprendí que solo en el camino se pueden encontrar esas amistades tan especiales.

                Antes de acceder a la catedral, nos dirigimos a la oficina del peregrino para que nos entregaran la Compostela, después de tantos días nos la habíamos ganado.

                Vi como ponían mi nombre en latín en el certificado y a continuación Pierre fue a recoger la suya, creo que la merecía más que yo después del tiempo que llevaba caminando y de la desgracia que había tenido a las puertas de la ansiada meta.

                La funcionaria que se encontraba detrás del mostrador al ver la larga credencial de Pierre cargada de sellos, debía tener cerca de cien de todo los lugares en los que se había detenido, mirando al peregrino le dijo:

                -Lo siento monsieur, no están los sellos de los últimos días.

                -Claro que no están – intervine yo – se ha roto la pierna y en esas condiciones no ha podido caminar, pero están los sellos de casi mil quinientos kilómetros que lleva de peregrinación.

                -Lo lamento – dijo ella – son las normas y si no están los últimos sellos no le podemos entregar la Compostela.

                -Esas normas son una estupidez – dije sin poder contenerme – acaso no ve que lleva dos meses caminando y se ha ganado la Compostela más que ninguno de los que estamos aquí.

                -Solo me limito a cumplir las normas – respondió ella sin apenas inmutarse.

                -Pues que salga alguien que por lo menos tenga otra sensibilidad diferente a la que nos está mostrando usted – respondí algo exaltado.

                Al escuchar el tono que se había elevado de una forma no habitual ya que algunos de los que estaban esperando recibir su Compostela nos daban la razón, de uno de los despachos salió un hombre de mediana edad que parecía tener más competencias que aquella funcionaria, aunque después de escuchar nuestros razonamientos, su postura no vario de la que la funcionaria nos había manifestado.

                -Pues saben lo que les digo – dije algo fuera de mis casillas – que me parece una aberración lo que están haciendo. Y antes de terminar la frase rompí mi Compostela en varios pedazos delante de ellos.

                Salimos indignados de aquel lugar, pero sobre todo, salí convencido que el camino para algunos se ha convertido en un gran negocio del que no quieren desprenderse y desde aquel momento, me propuse cada vez que llegara a Santiago como peregrino no entrar más en aquella oficina que para mí dejo de ser la Oficina del Peregrino para convertirse en la oficina de los funcionarios.