almeida –26 de febrero de 2015.

 

La mayoría de los días, cada mañana en el albergue se hacían las mismas cosas, aunque siempre era diferente, a veces hasta podía llegar a resultar un tanto monótono.

                A los peregrinos, se les advertía que no podían levantarse antes de las seis de la mañana, era la hora prudencial que se había considerado que podían hacerlo ya que de esa forma cuando comenzaran a caminar, el alba estaba anunciando la llegada del sol y los caminos eran visibles. También había otro motivo que muy pocos se atrevían a discutir, la vieja casa en la que se encontraba el albergue, tenía los suelos de madera y cuando se pisaba sobre ellos crujía de una manera en ocasiones estruendosa, eso durante el día, en el silencio de la noche, estos crujidos parecía que incrementaban su intensidad y despertaban a los que se encontraban descansando, ya que considerábamos que el cansado cuerpo de los peregrinos precisaba al menos ocho horas de descanso para recuperarse de la dura jornada que habían tenido.

                Casi la totalidad de los peregrinos entendían esas explicaciones y cuando no era así, se les aconsejaba que fueran al siguiente albergue que se encontraba tan solo a media hora y en él no le presentarían ningún problema para que lo abandonaran a la hora que deseara.

                Casi todos los peregrinos, por no decir todos, entendían y asumían estas condiciones y cuando había algún caso especial, se le daba también un tratamiento especial. En una ocasión llegó un anciano peregrino japonés que nos explicó que para él resultaba muy duro caminar con el sol en pleno apogeo, prefería madrugar y cuando el astro rey se encontraba en toda su intensidad daba por finalizado su camino. En esos casos se acondicionaba un lugar en la planta baja, cerca de la puerta y cuando nos despertábamos ya había abandonado el albergue.

                Media hora antes que los peregrinos comenzaran a levantarse, los hospitaleros comenzábamos a preparar el desayuno. En la gran mesa del comedor, íbamos dejando todo lo que habíamos dispuesto para ellos, café, leche, agua caliente para infusiones, galletas, pan, mermelada, margarina y cuanto había en la despensa para que cogieran las suficientes energías para afrontar el nuevo día.

                El desayuno solía durar hasta las ocho o a veces más, ya que llegaban los peregrinos que habían dormido en el pueblo anterior y como no encontraban ningún sitio abierto para desayunar, aran atraídos por el aroma del café y entraban a desayunar y cuando su olfato no era lo suficientemente agudo, les invitábamos a que lo hicieran cuando les veíamos desesperados buscando en vano algún bar que se encontrara abierto.

                Entonces llegaba uno de los momentos más especiales de cada jornada que era la despedida de los peregrinos, los abrazos cargados de emoción y de sentimiento constituían uno de los mejores recuerdos que peregrinos y hospitaleros tenían de aquella breve pero intensa estancia en el albergue.

                Cuando ya se marchaba el último de los peregrinos, comenzábamos a hacer la limpieza del albergue para que estuviera en condiciones para cuando a la una abriéramos de nuevo las puertas y comenzáramos a recibir peregrinos.

                Un día, hubo algo que cambió esta rutina, a las siete de la mañana, vi cómo por el camino se acercaba una peregrina. Imaginé que como era habitual todos los días había salido del pueblo anterior y estaba buscando un bar en el que poder desayunar y accedió al interior del albergue.

                La di los buenos días y la ofrecí un lugar en la mesa para que desayunara con los demás peregrinos que aún se encontraban allí.

                -Gracias – respondió – tomaré una infusión y luego me gustaría quedarme a descansar.

                -Como a descansar – la pregunté – si vienes desde el pueblo anterior no llevas ni una hora de camino y por las mañanas, hay que aprovechar cuando aún no calienta el sol para avanzar lo más posible.

                -Para mí – dijo ella – doy por finalizada mi etapa por hoy.

                Al ver mi extrañeza por lo que me estaba comentando, según iba absorbiendo el té caliente que le había servido me dijo que había salido del lugar que lo hacen normalmente los peregrinos cada jornada, pero ella había comenzado a caminar a las diez de la noche, deseaba sentir la sensación de caminar sola y de noche y ese día le pareció el mejor para hacerlo, por eso ya llevaba unos veinticinco kilómetros de camino y ya no podía continuar más.

                La dije que siendo así, no había ningún problema en que se quedara, le proporcioné un cuarto que no había sido utilizado esa noche por nadie, ya que era el último que asignábamos cuando estaba todo completo y allí podría descansar el tiempo que necesitara, únicamente le puse la condición que cuando se recuperara, tenía que contarme la sensación que había experimentado caminando de esa manera.

                Poco después de las dos, vi como la peregrina bajaba hasta el comedor donde nos encontrábamos comiendo, la invite a que se sentara con nosotros y compartiera nuestra comida y de paso nos iba contando la experiencia de caminar a la luz de la luna.

                Cristina, que así era como se llamaba la peregrina, una vez que se sentó a la mesa y comenzó a comer, nos fue contando que desde hacía varios años, tenía la ilusión de recorrer el camino de Santiago y llegar en peregrinación hasta los restos del santo.

                En varias ocasiones había pospuesto esta aventura ya que tenía verdadero pánico a perderse, aunque le habían asegurado que el camino se encontraba perfectamente señalizado y se iba a encontrar cada día con docenas de peregrinos, ella no podía reprimir el pavor que suponía encontrarse sola en un lugar desconocido para ella.

                Finalmente, fue dejando atrás sus miedos y se animó, desde el primer momento, se dio cuenta que todos sus temores eran infundados ya que se sentía mucho más segura y protegida que cualquier día de su vida normal y fue dejando los miedos hasta que desaparecieron del todo.

                Durante los días que estaba caminando, en varias ocasiones escucho que al camino también se le llamaba el camino de las estrellas, ya que solo con seguirlas se podía llegar al destino que todos se habían marcado y fue madurando en su mente hacer al menos una jornada siguiendo las estrellas ya que durante el día por mucho que mirara el cielo apenas podía distinguir alguna.

                Pero por las noches, cuando se encontraba en el albergue, le gustaba antes de ir a la cama mirar al cielo y contemplar las estrellas y coincidió con una peregrina que le fue explicando cual era cada una de ellas y también le habló de la constelación que marcaba el oeste, ese lugar al que se dirigían y como si fuera un mapa estaba desplegado en el cielo.

                Ahora durante el día, siempre que caminaba se dejaba guiar por el sol más que por las marcas del camino, por la mañana, iba siguiendo su sombra que el sol se encargaba de reflejar en el suelo y cuando en alguna ocasión seguía caminando por la tarde iba siguiendo la dirección en la que el sol va buscando su ocaso y esa forma de caminar le estaba resultando tan especial y sobre todo diferente que le fue gustando más que como lo hacían el resto de los peregrinos que en cada cruce buscaban las flechas amarillas, ella antes de llegar al cruce, estaba casi convencida de cuál era el camino que debía seguir.

                La idea de caminar guiándose únicamente por las estrellas comenzó a ser cada vez más intensa, quería experimentar esa sensación que ahora se estaba convirtiendo casi en una obsesión para ella.

                Fue viendo que la luna cada noche que pasaba estaba creciendo cada día un poco más y decidió que la noche que se encontrara en su esplendor seria el elegido por ella para hacer esa jornada tan especial.

                Sin comentar nada a nadie, la noche anterior, cogió su mochila y comenzó a caminar a la luz de la luna y la experiencia había resultado aun superior de lo que inicialmente pudo imaginarse.

                Era una noche muy clara, apenas había en el cielo ninguna nube y la luna brillaba con una luz especial, de vez en cuando miraba también las estrellas que le confirmaban que iba en la buena dirección y fue siguiendo esa estela celeste que le había conducido hasta donde ahora se encontraba.

                Para ella esa jornada había sido muy especial, seguramente sería la que iba a recordar siempre de ese camino ya que las cosas que veía estaban brillando de una manera muy especial, en ningún momento llegó a sentir la sensación de encontrarse perdida ya que sabía que iba en la buena dirección y le había llamado la atención de una forma muy especial los sonidos de la noche, ella había pensado que por la noche todo se detenía y se había dado cuenta que hay mucha vida en la naturaleza y también le habían sobrecogido los silencios que se producían a su paso, en ocasiones, hasta tuvo la sensación de escuchar esos silencios.

                Según nos estaba contando la experiencia que acababa de tener, nadie se atrevió a interrumpirla ya que nos estaba pareciendo algo fascinante y creo que a más de uno de los que nos encontrábamos en aquella mesa nos dio envidia su decisión y seguro que se nos pasó por la cabeza que algún día la imitaríamos y caminaríamos también a la luz de la luna tratando de escuchar esos sonidos que en ocasiones llega a producir el silencio.