almeida –25 de febrero de 2015.

campodetrigo

Andrés, no era un peregrino tradicional, lo que representaba el camino apenas le importaba, lo percibí enseguida ya que la mayoría de las conversaciones de los peregrinos cuando nos juntábamos para descansar, comer el bocadillo o cenar, siempre giraban en torno a la esencia y a la magia que para cada uno de los que nos encontrábamos allí representaba el camino.

                En esas ocasiones nunca vi participar en la conversación a Andrés, él escuchaba lo que los otros iban diciendo y raramente intervenía en estas conversaciones que le resultaban intranscendentes.

                Generalmente caminaba muy poco con el resto de los peregrinos que nos habíamos ido agrupando. Andrés salía siempre antes que nadie del albergue y luego en el camino, le veíamos esporádicamente, unas veces iba por delante de nosotros y en otras se quedaba atrás y lo volvíamos a ver únicamente cuando llegábamos el albergue, aunque también en los pueblos a los que llegábamos él solía ir a su aire y aparecía y desaparecía como hacía en el camino.

                Siempre que le vi, estaba acompañado de una estupenda cámara fotográfica que generalmente llevaba colgada de su cuello cuando nos encontrábamos caminando y cuando se despojaba de la mochila solía llevarla colgada de su hombro izquierdo y disparaba sin cesar a cualquier cosa, a veces sacaba toda una ráfaga de fotos a un mismo elemento captando la imagen desde varias perspectivas.

                Cuando ya llevábamos unos días juntos, nos encontrábamos en uno de los albergues y habíamos coincidido el uno al lado del otro en la mesa, son esos momentos en los que sueles intimar un poco más con quien más cerca tienes. Entonces quise satisfacer mi curiosidad y le pregunté por la forma tan diferente que tenia de hacer el camino ya que a todos nos sorprendía su comportamiento aunque nadie le habíamos preguntado por ello.

                Me confesó, que a él, el camino apenas le interesaba, no sentía lo que el resto de los peregrinos, se encontraba allí por pura casualidad ya que dos semanas antes apenas conocía la existencia de esta ruta.

                Lo que a Andrés le apasionaba era la fotografía, se consideraba un aficionado muy experto y le interesaba mucho captar instantáneas, sobre todo de monumentos y paisajes.

                Tres semanas antes, le habían invitado a una exposición fotográfica de un amigo, eran instantáneas que éste había ido captando mientras estaba recorriendo el Camino de Santiago y aquellos templos que pudo ver en la exposición y sobre todo algunas puestas de sol y esos interminables paisajes llenos de colorido, le cautivaron y desde ese momento se decidió a recorrer este sendero pero únicamente para conseguir esas imágenes que había visto en la exposición de su amigo, le parecían soberbias, sobre todo la perspectiva que había conseguido en algunos lugares captando una misma imagen desde varios ángulos diferentes.

                Por eso, abandonaba el albergue siempre antes que saliera el sol, no quería perderse ese momento tan especial de cada día y siempre era el último en regresar ya qua también se alejaba en ocasiones varios kilómetros desde donde mejor pudiera captar como el sol se ocultaba por el horizonte.

                Y cuando estaba caminando, no tenía prisa por captar ese momento que para él fuera único, recordaba una ocasión en la que estuvo esperando más de una hora a que una nube que se desplazaba lentamente mecida por el viento, se encontrara en la posición que él deseaba para captar ese momento que era único e insuperable.

                Lo que Andrés estaba contándome, ratificaba lo que había pensado en muchas ocasiones de las motivaciones que llevan a cada uno a hacer el camino, ya que si en alguna ocasión pudiéramos llegara a conocer todas, la lista sería interminable.

                Dejamos que Andrés continuara haciendo el camino que él deseaba y cada uno de nosotros siguió haciendo lo mismo, al fin y al cabo, para eso estábamos allí y cada uno disfrutábamos a nuestra forma de lo que el camino nos estaba aportando.

                solía observar de vez en cuando como Andrés se detenía ante cosas que a los demás nos pasaban desapercibidas y se pasaba largo tiempo contemplándolas a través del visor de su cámara y después de un buen rato reiniciaba el camino, aunque siempre había algo que le hacía detenerse, pero contaba con una ventaja respecto a los demás peregrinos, Andrés era un joven alto y espigado y cada una de sus zancadas eran como dos de las nuestras por lo que no le resultaba muy difícil alcanzarnos e incluso superarnos sin apenas esfuerzo.

                En algunas ocasiones, cuando estábamos en el albergue, me mostraba algunas imágenes que ese día había conseguido captar y he de reconocer que eran preciosas, conseguía ver cosas que a los demás nos pasaban desapercibidas y el encuadre que hacía de cada imagen era perfecto y las tonalidades que conseguía, me parecían únicas.

                Cuando llevábamos tres semanas juntos, un día le pregunte cuántas fotos llevaba hechas, después de unos instantes pensándolo, me dijo que no sabría decirme, que era imposible calcular ya que dependiendo del formato que hubiera dado a cada imagen ocupaba más o menos memoria, pero llevaba cuando había comenzado el camino diez tarjetas de memoria con una capacidad de ocho gigabaits cada una y estaba utilizando la tarjeta número ocho, calculaba que en cada una de las tarjetas tendría más de dos mil imágenes, por lo que llevaría en esos momentos cerca de veinte mil instantáneas, pero muchas de ellas las descartaría al verlas, ya que en ocasiones hacia pruebas forzando un poco la sensibilidad de la cámara y la velocidad y es posible que no hubieran salido bien.

                Me preguntó si deseaba que me hiciera una selección de las fotos que había sacado, no acostumbraba a hacerlo ya que era muy celoso con su trabajo y no le gustaba compartirlo con nadie, pero en esta ocasión entendía que podía hacer una excepción ya que durante el tiempo que estuvimos juntos, siempre que me necesitó, yo me encontraba a su lado y en más de una ocasión se hubiera sentido perdido si no llega a ser por haber estado pendiente de él.

                Agradecí el detalle que había tenido ofreciendo compartir parte de su trabajo, pero sé que estas cosas, para alguien que las vive y las siente como le ocurre a él, son muy cuidadosos que no estén circulando sin control y aunque sé que no iba a compartir algo que no era mío, prefería que fuera él quien manejara y sobre todo controlara el ingente material de su trabajo.

                Pero le propuse una cosa, le dije que sí me gustaría saber cuál de todas las instantáneas era la preferida para él, la que resumiría todo el trabajo que había estado haciendo a lo largo de un mes, esa imagen sí aceptaría que la compartiera conmigo y yo la guardaría celosamente.

                Me confesó que lo que le pedía iba a ser casi imposible ya que siempre habría una o dos docenas de imágenes que para el fueran insuperables y sería muy difícil hacer la selección de una sola, aunque aceptó mi propuesta y me dijo que intentaría elegir una entre las miles que llevaba en las tarjetas de memoria.

                Dos semanas después, recibí un correo electrónico con un archivo adjunto, era de Andrés, en el encabezamiento había unas líneas que decían:

                Como te comenté, era muy difícil hacer una selección ya que hay treinta fotos que he apartado para una exposición, aunque la que te envío, es la que creo que resume lo que contienen todas las demás. Un abrazo. Andrés.

                Antes de abrir aquel archivo traté de imaginar lo que contendría aquella imagen que él había seleccionado entre más de veinte mil. Primero pensé en uno de esos anocheceres espectaculares con los que la naturaleza suele obsequiarnos la mayoría de los días y cuando nos encontramos en el camino los vemos de una manera muy especial y diferente.

                Aunque pensándolo bien, donde mayor tiempo se pasaba Andrés era en los numeroso templos que jalonan el camino, algunos de ellos son soberbios y bien el contorno de los mismos o cualquier otro detalle haría que resplandeciera si se había captado con esa visión con la que un buen fotógrafo sabe hacer que resalte lo que se queda impreso en la memoria de la cámara.

                Tenía un poco de reparo a abrir aquel archivo hasta que me hubiera decantado por cuál sería la imagen que para Andrés era la representativa de todas las que había sacado y no pude contenerme más y seleccione el archivo y lo abrí.

                La imagen era espectacular, en un primer plano se veía a un peregrino sudoroso con la mochila a la espalda y se encontraba saciando la sed que se percibía que había en aquel cuerpo. Como fondo de esta imagen, los campos de trigo de color dorado brillaban reflejando el sol que en lo alto daba una claridad a toda la imagen que se captaba en la fotografía.

                Me di cuenta al ver aquello, que también la magia y la esencia del camino había conseguido contagiar a aquel que lo recorrió con otras pretensiones y buscando algo que lo tenía a su lado en cada paso que daba.