almeida – 11 de enero de 2015.

La primera vez que vi a Isaac fue de una forma muy superficial y apenas me fijé en él. Fue en un albergue cercano a Santuario, habíamos ido a

visitar a los hospitaleros y a presentarnos a ellos, ya que es un gesto de cortesía que suele hacerse entre los que vamos de forma voluntaria a prestar nuestros servicios en estos lugares.

 

Allí se encontraban todos, en la cocina estaba un hospitalero que preparaba el sofrito en una gran cazuela donde haría patatas a la riojana para los peregrinos que esperaban que llegarían ese día.

También estaba Isaac, al que confundí con otro hospitalero, pero era un peregrino que había llegado el día anterior, aunque no le presté mucha atención porque dos peregrinas lesionadas fueron las que me saludaron en ese momento, aunque yo aún no lo sabía, las dos serían muy importantes para nosotros pues ese día o al día siguiente llegaron a Santuario en muy malas condiciones y las obligamos a que nos hicieran compañía hasta que se encontraran recuperadas. En un rincón, como si se encontrara ausente, estaba Petra, en la que me fijé porque vi que se trataba de un ser diferente.

Me quedé observándola mientras hacía que conversaba con los demás, debía rondar los cincuenta años y vestía completamente de negro, su pantalón era negro y su camiseta era del mismo color, tanto como debía serlo su alma ya que daba la impresión de haberse apagado en lo mejor de su vida.

Su mirada, cuando no se encontraba perdida, estaba fija en el suelo. Cuando pude ver sus ojos, estaban apagados, les faltaba ese brillo que a pesar del color que tengan, siempre que en ellos hay una pizca de felicidad, brillan, pero éstos eran muy tristes, reflejaban una desolación que en muy pocas ocasiones había podido observar.

Cuando nos despedimos de todos los que allí estaban, no podía apartar de mi mente la imagen de Petra y creo que el resto del día fue lo único que llegó a ocupar mis pensamientos.

No traté de buscar respuestas, sabía que estas llegarían en el momento que tuvieran que hacerlo y no me preocupé por ello, solo por la tristeza que había observado en aquellos ojos.

Cuando al día siguiente llegó Isaac a Santuario, estuvimos recordando nuestro breve encuentro en el albergue donde fuimos presentados y apenas me percaté de su presencia, me excusé comentándole que fue Petra la que captó por completo mi atención ya que nunca antes recordaba haber visto una tristeza parecida en un rostro.

Isaac, que había conversado mucho con ella, me dijo que era una mujer muy fuerte, pero había sufrido tanto, que solo un espíritu con la fuerza que ella tenía era capaz de soportar las adversidades que le había dado la vida porque muchos en su situación hubieran tirado la toalla.

Un año antes, Petra era una mujer feliz, tenía un marido del que estaba muy enamorada, un hijo que era la alegría de su vida y un trabajo que la apasionaba, pocas personas en el mundo podían ser tan dichosas como lo era ella.

Pero de repente, llegó la desgracia. Un día la llamaron diciendo que su marido había tenido un accidente. Ella fue al hospital donde le habían trasladado y cuando llegó le dieron la terrible noticia, su marido no había superado el shock y había fallecido por las lesiones internas que había producido el impacto que recibió.

Aquello fue un golpe terrible para Petra, sus ilusiones y su futuro se habían visto cercenados de una forma brutal y ya la vida para ella no podía ser lo mismo.

Trató de apoyarse en su hijo, pero observó que éste comenzaba a tener unas recaídas que no le hacían sentirse nada bien. A veces no coordinaba las cosas que hacía o decía. Ella lo fue atribuyendo al impacto que le había producido la muerte de su padre, pero viendo que cada vez se encontraba peor, decidió llevarle al hospital para que lo tuvieran en observación.

Le practicaron una serie de pruebas y de análisis y cuando la llamaron, ella suponía que era para darle el alta, pero la comunicaron que su hijo padecía un tumor en la cabeza y debían intervenirlo cuanto antes pues por las pruebas, daba la impresión que era maligno, pero no podían estar seguros hasta que practicaran la intervención.

Aquella noticia tampoco se la esperaba y se derrumbó. En otras circunstancias hubiera podido apoyarse en alguien, pero ahora no tenía nadie en quien hacerlo. Lo que le dijeron hizo que se desmayara, cuando se recuperó, pensó que se había tratado únicamente de un sueño, pero las luces que había en el techo y las batas blancas que había a su alrededor le confirmaron que estaba padeciendo una terrible pesadilla.

Dio la conformidad para que intervinieran a su hijo, ¿qué otra cosa podía hacer?, le habían dicho que era muy grave y necesitaban actuar cuanto antes.

Le habían advertido que la operación sería muy larga, dependiendo del estado en el que se encontrara, podían estar muchas horas en el quirófano, por lo que no debía alarmarse si tardaban en darle noticias.

Cuatro o cinco horas después que viera como su hijo era introducido en el quirófano, uno de los cirujanos que había participado en la intervención se acercó a ella y le dijo que no habían podido atajar el tumor, se encontraba muy extendido y no había ninguna solución, era cosa de semanas o quizá un par de meses que se produjera el fatal desenlace.

Petra no regresó a su casa ni a su trabajo, todas las horas del día y de la noche las pasó a la cabecera de la cama de su hijo, hasta que una noche expiró entre sus brazos.

Aquella muerte desgarró por dentro a Petra, sus más allegados llegaron a pensar que ella sería la próxima ya que estaba decayendo de una forma alarmante, era como una bola de nieve que se desliza por una gran pendiente y va cogiendo volumen y velocidad hasta que ya no hay nada ni nadie que consiga detenerla.

Petra era un espectro, ya la vida no le interesaba nada, había sido tan injusta con ella, arrebatándole lo que más quería, que ya no esperaba ni deseaba nada de ella.

En varias ocasiones estuvo al borde del precipicio, solo le faltó ese ligero empujón para precipitarse al otro lado y dejar de una vez de sufrir.

Las personas que la querían buscaron la forma de ayudarla y de darle consuelo, pero cómo se podía consolar a alguien que no deseaba seguir viviendo, porque cada segundo que pasaba era una hora de sufrimiento para ella. Si hubiera algún alma medianamente compasiva, lo que habría hecho era privarla del sufrimiento, ayudándola a dar ese salto que no se producía para ir a reunirse con las personas que tanto había querido y a las que tanto echaba en falta.

Su merma física también fue alarmante, no comía y fue decayendo de tal forma, que tuvieron que ingresarla y privándola de la voluntad de decidir, fueron los médicos los que decidieron por ella. A base de medicamentos cortaron la fuerte anemia que tenía y con vitaminas consiguieron que sus músculos volvieran a tener algo más de fuerza y de energía.

Durante las interminables semanas que pasó en la habitación del hospital, contó con varias compañeras que ocuparon la cama contigua, algunas permanecieron un par de días y otras una semana; con ninguna de ellas Petra llegó a intercambiar más de una docena de palabras. Pero los últimos días habían llevado a una mujer de su edad, estaba siguiendo un tratamiento para detener el enemigo que se había instalado en su sangre, también ella había perdido a su marido y su hija hacía mucho tiempo que no sabía nada de ella, desde que cayó en el mundo de las drogas, antes de fallecer su marido habían perdido el contacto y éste no se había vuelto a reestablecer.

Dadas las adversidades que había padecido su nueva compañera, comenzó a hablar con ella, porque ésta sí podía comprenderla ya que había padecido lo mismo que Petra. Pero a pesar de lo que le había contado, no la veía con la desesperación en la que ella se encontraba, no lo podía entender.

Su compañera de cuarto le comentó que también había sufrido como ella, llegó a encontrarse en su mismo estado, hasta que alguien le habló del Camino de Santiago y la animó a que lo recorriera. Pensaba que era un engaño para que se animara, pero no perdía nada por intentarlo, lo tenía todo perdido y si su destino era que en ese Camino su vida tenía que ser diferente o dejar de existir, entonces era el destino el que allí la llevaría y contra el destino sabía que no podía ni quería luchar.

Cuando puso sus pies en el Camino todo comenzó a cambiar, sentía una paz que hacía mucho tiempo que no tenía, por eso ahora, siempre que puede, vuelve a ese Camino. Aunque sabe que nunca volverá a ser feliz, allí al menos conseguirá esa paz en su espíritu que tanto necesita, que le permite afrontar cada día con la esperanza y la ilusión de levantarse cada mañana pensando con lo que le va a sorprender el nuevo día.

Petra por primera vez en muchos meses comenzó a sentirse interesada por algo, los mismos médicos observaron un cambio y una evolución inesperada y prestaron atención a lo que se estaba produciendo, para ello hablaron con su nueva compañera de habitación cuando estaba sola en las sesiones a las que era sometida.

Le aconsejaron que animara a Petra ya que temían por ella y como se había mostrado interesada por lo que su compañera la estaba comentando, la dijeron que siguiera hablándola de lo que había despertado su interés.

Cuando no era Petra la que sacaba el tema de conversación, era su compañera la que le proporcionaba toda la información que disponía hasta que consiguió interesarla y Petra le dijo que cuando saliera del hospital también iría a hacer ese Camino.

Su compañera le proporcionó una guía y le fue marcando aquellos lugares en los que la recomendaba detenerse ya que eran especiales, en ellos conocería a personas que la iban a ayudar mucho porque eran muy sensibles a los problemas ajenos, siempre encontraban esas palabras que conseguían llegar al corazón de los peregrinos, pues hablaban con la experiencia de quien ha visto los suficientes casos para que las palabras adquieran el sentido que ellos desean darles.

Petra, una vez en el camino, fue siguiendo el programa que su amiga le había proporcionado y los primeros días los pasó muy mal ya que su condición física no era muy buena, pero según pasaban los días se iba encontrando mejor y comenzaba a percibir esa energía positiva que desprendían algunos lugares que llevaban la paz a su corazón.

Fue compartiendo con los demás sus sensaciones y sobre todo sus sentimientos, estaba cambiando de una forma muy importante, se encontraba cada vez más contenta de la decisión que había tomado ya que cada persona con la que estaba algún tiempo la proporcionaba tantas cosas buenas que ya no podía vivir sin sentirlas a diario.

Durante unos días, cuando terminaba su jornada, fue haciéndolo con una peregrina con la que se encontraba muy a gusto. Petra le confesó que cuando terminara no sabía lo que hacer, quizá volviera a recorrerlo de nuevo porque si no lo hacía de esa forma, tenía miedo a caer en la desesperación que se encontraba meses atrás.

Su compañera de camino era una hospitalera voluntaria y le dijo que ella podía también serlo, de esta forma seguiría vinculada al Camino recibiendo a los peregrinos. Petra había conocido en los albergues la labor que hacían y le gustaba, pero desconocía cómo tenía que hacer para pertenecer a aquel colectivo.

La hospitalera habló esa misma tarde con los responsables de la organización y tras explicarles el caso, hicieron una excepción y la incorporaron en el siguiente curso que se celebraba cinco días más tarde.

Cuando Petra terminó su camino, fue al pueblo donde realizaban el cursillo y, nada más finalizarlo, le asignaron el albergue en el que yo la conocí.

Isaac me confesó que aquella historia también había llegado a conmoverle, desde que escuchó su historia le preocupaba mucho la situación en la que Petra se encontraba y le gustaría buscar una forma de poder ayudarla.

Como ya he detallado en otra historia, cuando Isaac continuó su camino después de pasar por Santuario, encontró un albergue que estaba puesto a la venta y lo compró. Era ese sitio que había estado buscando para que los peregrinos que caminaban con su mascota tuvieran el lugar donde poder descansar.

Cuando Isaac me llamó para decirme que había adquirido aquel albergue, esa noche fui a estar con él para tomar una copa y celebrarlo, merecía la pena brindar por una noticia tan importante.

Isaac me confesó que con aquella adquisición había podido cumplir dos sueños. El primero fue que las mascotas de los peregrinos contaran con un sitio para hacer un alto en el Camino sin que les pusieran pegas; y el segundo era que aquel lugar podía servir para que Petra tuviera su sitio en el Camino y pudiera ser feliz allí.

Me dijo que había intentado contactar con ella, pero tenía el teléfono apagado, por eso quería pedirme un favor, deseaba que fuera yo quien le diera la noticia y la trajera un día para que viera el albergue que había adquirido pensando en ella.

Cuando fui a dar la buena nueva, Petra no se lo podía creer y mezclaba las risas con las lágrimas. Era un sueño que se había convertido en realidad.

Me confesó que dos días antes había sido su cumpleaños y cuando sopló para apagar las velas, el deseo que pidió fue estar vinculada para siempre al Camino y ahora veía que su deseo se había convertido en realidad.

Por primera vez vi brillo en aquellos ojos, que en ese momento me parecieron muy hermosos.