almeida – 10 de enero de 2015.

mochila

Los peregrinos solemos ser algo supersticiosos. Basta con observar la mochila de un peregrino para ver los amuletos que cuelgan de ella.

En ocasiones vemos cosas que resultan incomprensibles, pero solo para los demás, para quien los lleva pueden ser un fetiche sin el cual no se atreverían a afrontar un nuevo camino.

Recuerdo como en mi primer camino llevé una vieira que me habían regalado, fue una de las cosas de la que más orgulloso estaba ya que aunque era irregular y hasta parecía fea, para mí era la más perfecta y hermosa que vi en todo el camino.

Cuando comencé mi segundo camino, el primer día se desprendió de la mochila y se quedó en el camino hasta que imagino que, otro peregrino que viniera por detrás la encontrara. A partir de ese momento, comencé a sentir molestias en la rodilla izquierda y pasé todo el camino con terribles dolores.

A veces achacaba aquella lesión a la pedida de mi vieira y aunque era consciente que no tenía nada que ver que el menisco se fuera rompiendo con aquella perdida, durante mucho tiempo me gustaba creerlo así.

Aunque las etapas siguientes fui observando las mochilas de los que caminaban a mi lado por si alguno de ellos la había encontrado, cuando pasaron dos o tres días, me di cuenta que era perder el tiempo porque estaría en ese lugar al que había sido predestinado que llegara.

Con el paso del tiempo, me he dado cuenta que las cosas pasan porque tienen que pasar, pero a veces esa superstición sigue rondando por mi cabeza de vez en cuando.

De todos los caminos que he recorrido y en mi estancia como hospitalero en varios albergues, siempre me he sentido cómodo con una cinta que colgaba de mi mochila que tenía tres franjas con los colores de mi tierra. Me he acostumbrado a ella y me resultaría muy raro ver mi mochila sin aquella pequeña cinta que por su colorido destacaba de una forma especial.

Cuando conocí a Isaac en Santuario, me parecía que su camino era algo maravilloso y los motivos por los que lo estaba haciendo también eran diferentes a los que tenían la mayoría de los peregrinos que había conocido.

Deseaba que en lo que le quedaba de camino, cuando llegara a Compostela, llevara con él algo que le hiciera recordarme y egoístamente yo también quería participar de alguna manera en aquel camino tan especial.

Inconscientemente, subí hasta el cuarto de los hospitaleros donde estaba mi mochila y desanudé la cinta poniéndola en un lugar también destacado de la mochila de Isaac. Le pedí que la llevara con él hasta que terminara su peregrinación.

Cuando he pensado en aquel gesto tan espontáneo, no dejo de sorprenderme por haberme desprendido sin ningún apego de algo que era muy significativo e importante para mí.

Ahora cuando observo mi mochila ya no la veo desnuda, la sigo contemplando como antes, no me extraño que la cinta que antes colgaba de ella e incluso la hacía destacar, ya no se encuentre en aquel lugar que ocupó durante tanto tiempo.

Cuando en ocasiones llego a añorarla, me consuelo pensando que ha hecho un camino más especial para el que ella estaba predestinada desde el mismo momento en el que cayó en mis manos.