almeida – 22 de mayo de 2015.

                Juan se encontraba haciendo el camino con cuatro adolescentes que iban a su cargo. Desde que recorriera por primera vez la ruta de las estrellas, se dio cuenta que era el lugar perfecto para que los jóvenes aprendieran una serie de valores

que generalmente solo se encuentran en el camino, por eso había propuesto a algunos padres hacerse cargo de sus hijos durante una semana y les llevaría a recorrer el camino.

                Cada jornada, procuraba ir enseñándoles las lecciones que podían aprender de cada una de las circunstancias que se presentaban y luego una vez finalizada la etapa, se reunían para intercambiar impresiones sobre lo que cada uno había experimentado.

                Se encontraban ya muy cerca de llegar a su destino, era el penúltimo día de camino y todos iban bastante relajados, acariciando esa meta que por fin se encuentra al alcance de la mano, cuando superaron a un peregrino que les resulto diferente a los que se habían encontrado hasta ese momento.

                El peregrino llamaba la atención por la cantidad de joyas que portaba en su cuerpo y en su atuendo; medallas de plata, de oro, cadenas, anillos, más que un peregrino parecía el muestrario de una joyería.

                Juan hizo un gesto para que los niños que iban a su cargo se apartaran de aquella persona, había algo en él que no le daba buena impresión y prefería pasar lo más lejos de donde se encontraba.

                Cuando después de dar unas vueltas por el pueblo al que habían llegado se acercaron hasta el albergue, el hospitalero le dijo que como las habitaciones eran de seis plazas y ellos eran cinco, les iba a poner con un peregrino que acababa de llegar.

                Juan tuvo en ese momento una corazonada, algo en su interior le decía que el peregrino al que habían tratado de evitar, era el que les había correspondido en el mismo cuarto y cuando accedieron a él, se dio cuenta que las corazonadas pocas veces suelen fallar, efectivamente, el peregrino enjoyado, era su compañero de cuarto.

                Tuvo un primer impulso de decirle al hospitalero que iban a seguir adelante, pero ya era demasiado tarde, el peregrino al verles entrar se levantó de donde se encontraba sentado y se presentó:

                -Hola, soy Ramón, bienvenidos.

                -Haciendo de tripas corazón, todos fueron saludando con un seco hola a Ramón, mientras iban ocupando las literas que había en el cuarto.

                Después de la ducha, cuando se hubo roto el hielo y esa frialdad inicial que hubo en el primer momento, Ramón que era buen conversador, se puso a hablar con los recién llegados.

                Su voz, resultaba agradable y la conversación que mantenía mezclada con algunas historias fue interesando a los chicos que pronto fueron formando un corro alrededor de Ramón que parecía acostumbrado a ser el centro de atención de las conversaciones.

                Comenzó contándoles que su peregrinación era una deuda que había contraído mucho tiempo atrás. Desde que comenzó a trabajar, lo había hecho en el interior de una mina y en varias ocasiones la fatalidad, pasó muy cerca de donde se encontraba y en esos momentos, solo pensaba en la desgracia que acababa de ocurrir y se sentía afortunado de no haber sido una de las víctimas.

                En una ocasión, un escape de grisú, sepulto la galería en la que se encontraba con una docena de compañeros y permaneció medio sepultado dos días que le resultaron angustiosos. En ese momento, en la oscuridad más absoluta imploró por que le rescataran y fue haciendo mil promesas si salía con bien de aquella situación. Una de ellas fue que recorrería en compañía de su mujer el Camino de Santiago dando gracias por haber salido con bien de aquel trance.

                Cuando les rescataron, le confeso a su mujer la angustia por la que había pasado así como la promesa que en aquellos momentos de desesperación había hecho. Su esposa estuvo de acuerdo y le pareció bien la idea. Como faltaban pocos años para que se jubilara, esperarían a que llegara ese día de la jubilación y los dos cumplirían la promesa hecha.

                De nuevo la desgracia se cebó en Ramón, en esta ocasión, le afecto de forma muy directa ya que su mujer y su hijo tuvieron un accidente de coche en el que los dos fallecieron.

                Fueron momentos muy duros, Ramón, pensó en dejarlo todo, ya no había nada que le importara si no podía compartirlo con sus seres queridos, pero el recuerdo de su mujer y la promesa que los dos habían hecho, estaba presente en la mayoría de los recuerdos que tenía y consideró que el mejor homenaje que podía hacer a su esposa, era recorrer ese camino por los dos.

                Pero la idea que había concebido, poco a poco se fue ampliando y en lugar de salir desde su casa como inicialmente había previsto o hacerlo desde Roncesvalles como pensó más tarde, haría algo grande, su mujer se lo merecía, comenzaría desde Roma y llegaría caminando hasta Santiago.

                Fue haciendo todos los preparativos necesarios y por fin, llego el ansiado día y cuando firmó los papeles de la jubilación, cargó la mochila a su espalda y se fue hasta Roma, el lugar donde iba a iniciar aquella aventura tan especial.

                Después de recibir la bendición del Santo Padre, comenzó a caminar siempre en dirección a poniente. No llevaba ninguna planificación hecha, porque caminaba sin prisa, no había nada ni nadie que le esperara y podía estar todo el tiempo que fuera necesario hasta finalizar su peregrinación.

                En algunos lugares, conociendo la peregrinación tan especial y larga que estaba realizando, los medios de comunicación locales se interesaron por él y le hicieron alguna entrevista y más tarde fueron los medios provinciales, de tal forma que llegó un momento que su fama le iba precediendo, en algunos lugares, ya estaban al corriente de su paso.

                Fue en un pequeño pueblo de Italia donde una señora salió a su encuentro y le colgó al cuello una medalla que pertenecía a su hija que se encontraba muy enferma, la buena mujer le pidió que cuando llegara a Santiago, dejara la medalla de su hija lo más cerca del Apóstol para que éste intercediera en la curación de su niña.

                Este hecho fue recogido por algún medio de comunicación y desde ese momento, por los sitios que pasaba, le estaban esperando con idénticos presentes de algunos familiares. Le colgaban cadenas, medallas, anillos, cualquier cosa que pudiera llevar hasta los pies del apóstol.

                Al principio, se sentía raro, una persona sencilla y humilde como era él, haciendo aquella ostentación, pero con el paso del tiempo, se había ido acostumbrando porque además sabía que de esa forma muchos le identificaban como el peregrino que estaba haciendo el camino desde Roma

                -¡Pues vaya capital que llevas encima! – dijo Juan.

                -En estos momentos, no tengo nada, ni para tomarme un café, toda la apariencia que llevo encima, solo es prestada y haré lo que cada buena persona me fue pidiendo cuando me lo confió, lo dejare lo más cerca que sea posible del Santo, hablaré con los responsables de la Catedral para que ellos se hagan cargo de todo y lo custodien como yo lo he hecho hasta este momento.

                -Bueno – dijo Juan – si no tienes ni para un café, ése corre de mi cuenta, te invito a uno.

                Cuando se fueron a levantar, uno de los jóvenes se dio cuenta que la vieira que llevaba colgada de la mochila se había desprendido y se había perdido, lo que entristeció mucho al joven ya que la llevaba con mucha ilusión desde que había comenzado el camino y su pérdida le resultaba irreparable.

                Buscaron entre todas las mochilas y las cosas que había en el cuarto, incluso algunos salieron a ver si podía haberse caído en los últimos metros antes de llegar al albergue, pero todos los intentos fueron en vano porque la vieira no apareció por ningún lado.

                Viendo Ramón la contrariedad de aquel joven y como se había entristecido por una pérdida que para él era muy importante, se acercó a su mochila y descolgó la vieira que él llevaba y acercándose hasta el joven extendió su mano y le dijo:

                -Toma la mía, para mí también es muy importante porque me ha acompañado durante varios meses y además está bendecida por el Papa, ahora es para ti.

                Aquel día, cuando los jóvenes se reunieron con Juan para comentar las experiencias de esa jornada, éste comenzó diciéndoles que a veces la primera impresión que podemos tener de las personas, puede llevarnos a prejuzgar a las mismas de una forma errónea como les había ocurrido a todos con aquel peregrino.