almeida – 21 de marzo de 2015.

cisnes

Hay algunas cosas que escuchamos en un momento de nuestra vida, que se llegan a quedar grabadas como si hubieran sido cinceladas por un escultor y difícilmente se consiguen olvidar con el paso del tiempo.

                No es frecuente que asimile las cosas que otros me cuentan sin haberlas experimentado personalmente, creo que los prejuicios que en ocasiones hacemos de las personas y de las cosas, están mediatizados por las circunstancias que las produjeron, pero siempre hay algunos detalles que inevitablemente los adoptamos como si los hubiéramos vivido y llegamos casi a hacerlos nuestros.

                Recuerdo siempre algunas cosas que se quedaron grabadas en mi mente cuando hice el cursillo de hospitaleros. Cuando llegué allí, pensaba que después de varios caminos poco era lo que podía aprender, quizá por ese motivo fue por el que esas cosas nuevas que fui escuchando, se quedaron en mi subconsciente, aunque inicialmente no me diera cuenta de ello.

                Un buen peregrino y hospitalero que nos estaba contando algunas de las experiencias que había tenido en sus estancias como hospitalero, aseguró en una de las tertulias que teníamos, que personalmente consideraba que el peor colectivo que había acogido como hospitalero eran los sacerdotes. Generalmente, sentían que el Camino les pertenecía un poco más que a los demás peregrinos y cuando llegaban a los albergues eran casi siempre más exigentes que el resto de los peregrinos que sabían comportarse con mucha más humildad.

                Confieso, que esa afirmación dio lugar a un acalorado debate por gran parte de los asistentes, quizá por ese motivo se quedara en mi interior y me predispuso de una forma injusta a cuando llegara algún representante de este colectivo al albergue en el que me encontraba.

                He de confesar que con el paso del tiempo, no opino lo mismo que este buen hospitalero y la experiencia me dice, una vez más, que no es bueno generalizar y sobre todo, no es bueno hacer propias las experiencias que han tenido los demás sin ver las circunstancias en las que se han producido.

                Desde entonces, en los diferentes albergues en los que he prestado mi colaboración, he tenido la oportunidad de acoger a muchos sacerdotes, supongo que habrán pasado más de los que recuerdo, pero algunos desean pasar desapercibidos y como en los datos no se pide la profesión, los que no dicen nada, son unos peregrinos más que se confunden con el resto de los que se encuentran en el albergue.

                De la mayoría, guardo buenos recuerdos, porque siempre han buscado la forma de celebrar diariamente sus ritos y a pesar de su procedencia (Argentina, Polonia, Korea, Francia,…) y de los diferentes idiomas en los que celebraban la eucaristía, lo hacían discretamente, buscando sitios recogidos o esas horas en las que no entorpecieran el desarrollo de las actividades del albergue y a mí, personalmente me ha gustado poder presenciarlas siempre que era posible para enriquecerme con lo que estaban haciendo y sobre todo para comprobar que los prejuicios que tenía, no estaban suficientemente fundados.

                En una ocasión que me encontraba en uno de esos albergues poco concurridos del camino, llegó un día un sacerdote que era diferente a cuantos había acogido anteriormente. Se trataba de un pastor anglicano procedente de Sud África, que estaba haciendo el camino con su mujer.

                Cuando me enteré de quien era el peregrino que acogía, me interesé por él y por su camino y en esas largas horas que hay siempre en los albergues, traté de mantener una conversación con él, lo cual no fue fácil porque el buen hombre no hablaba ni una sola palabra en mi idioma y su mujer tampoco, pero en estas ocasiones, como suelo afirmar frecuentemente, Santi, siempre provee.

                En esa ocasión me encontraba con una hospitalera que era quien se encargaba siempre de estos casos difíciles, eso suelo afirmar cada vez que llega alguien con el que me separa la barrera idiomática y fue ella la que hizo de improvisada intérprete y traductora entre peregrino y hospitalero.

                Las motivaciones que algunas personas tienen para hacer el Camino suele ser la pregunta que con más frecuencia suelo hacer siempre a la mayoría de los peregrinos, me interesa especialmente saber los motivos que le han llevado hasta allí, porque de sus respuestas, siempre salen algunos motivos que nunca mejor dicho, suelen ser muy peregrinos.

                Edward, que así era como se llamaba el peregrino, me dijo que había llegado a un momento de su vida en el que se hacía muchas preguntas a las que no encontraba respuestas, él, que estaba acostumbrado a responder a las preguntas y a las dudas que sus fieles le hacían, ahora era incapaz de responder a las cosas que cada vez con más frecuencia estaban pasando por su cabeza.

                Debía estar entre los cincuenta y sesenta años, según confesaba es una edad muy difícil, porque cuentas con la experiencia suficiente para conocer la mayoría de las respuestas a las dudas que frecuentemente van surgiendo, pero se estaba obsesionado con algo a lo que no le encontraba respuesta, comenzaba a dudar si después de treinta años con su mujer, todavía se necesitaban como siempre habían dependido el uno del otro.

                Esta duda comenzó a surgirle en el momento que sus hijos habían abandonado el hogar. Mientras eran pequeños, los dos se encargaron de su educación y era ese lazo que les mantenía muy unidos, ellos se habían convertido en lo más importante de sus vidas y les habían dedicado la mayor parte de las horas de cada día.

                Pero el vacío que habían dejado con su marcha, comenzó a sembrar esta duda en su cabeza y un día no pudo por menos y se lo confesó a Isabel y se dio cuenta que ella tenía la misma sensación por lo que se propusieron averiguarlo, pero, ¿Cómo podían llegar a esa respuesta que tanto necesitaban y buscaban?

                El destino, que siempre actúa en estas ocasiones aunque no nos demos cuenta de ello, puso en sus manos la respuesta. Un día, mientras se encontraban viendo la televisión vieron un reportaje sobre el Camino de Santiago y cuando éste término, los dos se miraron y se dieron cuenta que si debían encontrar esa respuesta que se estaban haciendo, aquel lugar sería donde ésta se encontraba esperándoles.

                No hizo falta que le preguntara si la habían encontrado, porque Edward estaba acostumbrado a contar cosas, era un orador excelente y lo hacía con tanto detalle que sabía crear el suspense necesario para luego ir desgranando minuciosamente lo que su interlocutor esperaba encontrar.

                Cuando llevaban más de una semana de camino, no habían encontrado lo que estaban buscando. Todos los días antes de acostarse, mantenían unos minutos de reflexión y meditación alejados del resto de los peregrinos con los que diariamente estaban coincidiendo. En esos momentos, abrían sus corazones y se sinceraban el uno con el otro, pero la respuesta seguía sin llegar a cada uno, estaba casi como cuando comenzaron este Camino.

                Estaban ya llegando a tierras gallegas, la última parte de su peregrinación y un día, surgió una importante divergencia entre los dos. El camino les ofrecía dos opciones, la primera, era la que seguían casi todos los peregrinos y bordeaba un río a través de un paraje que antiguamente estaba infestado de vehículos, pero ahora se había convertido en un sendero tranquilo y apacible desde que habían desviado el intenso tráfico por una autovía de nueva construcción. Ese era el camino que quería seguir Isabel porque se encontraba muy a gusto con algunos peregrinos que caminaban con ellos con los que habían entablado una buena amistad que iban a seguir por este sendero.

                En cambio, Edward era partidario de seguir la otra variante, la más antigua que había caído en desuso por su excesiva dureza. Pensaba que si estaban buscando algo diferente, no lo iban a encontrar si caminaban con el resto de los peregrinos, por eso debían seguir la ruta menos transitada.

                Isabel cedió a los deseos de su marido, aunque lo hizo con desgana, desde que Edward le había propuesto este cambio, se había interesado por esta variante y todos le desancosejaron que fueran por allí y así trató de hacérselo ver a su marido pero  los intentos por hacerle cambiar de opinión fueron en vano.

                Cuando comenzaron la fuerte subida que tenían por delante, parecía que ésta no se iba a terminar nunca, no se veía el final y cuando parecía que se encontraban en lo más alto, un nuevo horizonte aparecía ante sus ojos y siempre que trataban de contemplarlo por completo, debían mirar hacia arriba.

                Aquel esfuerzo era excesivo para Edward, pero éste no quiso en ningún momento dar ninguna muestra de debilidad porque sería reconocer su error, por eso trató de sacar fuerzas de donde casi no las tenía para seguir adelante.

                También se agravó su situación con una dificultad añadida, hacía un día muy caluroso y fue necesario que se hidrataran con más frecuencia que lo hacían normalmente, por lo que agotaron enseguida las reservas de agua que tenían. En un momento determinado Isabel tuvo que darle a su marido parte de las suyas cuando vio que este sudaba constantemente y necesitaba reponer líquidos con mucha frecuencia.

                Cuando ya llegaron a la parte más alta, ahora tenían por delante un fuerte descenso, no era muy largo, pero sí muy intenso y Edward había perdido parte de los reflejos de los que habitualmente hacía gala, por lo que no se percató de una raíz que había en el suelo enredando uno de sus pies en ella lo que provocó una caída en la que fue rodando varios metros.

                Isabel no pudo por menos que reírse de aquella situación que en parte era cómica, no había visto nunca a su marido en aquella poco honorable situación y le hizo una gracia que no pudo contener la risa, pero cuando vio que su marido no se movía se precipitó hacia donde se encontraba y solo se tranquilizó cuando éste le dijo que se encontraba bien, pero al tratar de incorporarse, vio que se había torcido un tobillo, el dolor que sentía al asentar el pie fue muy intenso, no podía caminar y lo que era peor, pensaba que se había roto el pie.

                Isabel le quitó la mochila y tras liberarle de la bota, le vendo la zona afectada esperando que el dolor se pasara y pudieran reanudar la marcha, pero Edward no daba muestras de recuperarse y cada vez que intentaba apoyar el pie en el suelo, sentía un dolor muy intenso que le aconsejaba no hacerlo.

                La situación era un tanto desesperada, se encontraban en pleno monte, en una zona por la que no pasaba apenas nadie y estaban inmovilizados sin saber lo que debían hacer.

                En esos momentos en los que Edward esperaba escuchar los justos reproches que Isabel le iba a hacer por la situación que había provocado su deseo de ir por aquella ruta, solo escuchó palabras de ánimo y de consuelo y sobre todo, vio la fuerte disposición de Isabel para salir de aquella situación desesperada en la que se encontraban.

                Isabel propuso a Edward que debían seguir adelante, pero no podían hacerlo en las condiciones que estaban como lo habían hecho hasta ese momento. Dejarían allí sus mochilas, por aquel lugar no pasaba nadie y tampoco importaba si se las llevaban, al fin y al cabo, solo eran cosas materiales.

                Edward, se apoyaría en Isabel e irían caminando hasta encontrar algún lugar habitado donde podrían socorrerles. Buscaron un palo que le servía de muleta y fueron descendiendo lentamente hasta que una hora después vieron una casa que se encontraba en las faldas de aquel monte donde encontraron esa ayuda que tanto necesitaban.

                Allí les proporcionaron hielo que pudieron poner en la zona afectada que estaba comenzando a hincharse y el dueño de la casa acompañó a Isabel a recoger las mochilas mientras Edward era atendido por la dueña de la casa que le estaba ofreciendo un exquisito desayuno mientras ellos regresaban.

                El hielo hizo su efecto y calmó el intenso dolor que sentía en su tobillo por lo que Edward propuso seguir caminando, pero quienes les habían socorrido, que conocían estos percances, le dijeron que era mejor que lo viera un médico por si había lesiones importantes y les llevó con su coche hasta un cuarto de socorro que se encontraba en un pueblo del camino que seguían la mayoría de los peregrinos.

                En aquel momento, Edward se dio cuenta que todavía necesitaba a Isabel, ella le había demostrado que no podían vivir el uno sin el otro porque todavía la vida les tenía reservadas situaciones como la que acababan de experimentar en las que se seguirían necesitando el uno al otro.