almeida – 02 de marzo de 2016.

Antonio había recorrido en muchas ocasiones el Camino Francés, pero cada vez el ánimo con el que lo iniciaba, se convertía en decepción al llegar a su meta.

Eran muchas las cosas que habían ido cambiando y ya no entendía la peregrinación como ahora la hacían la mayoría de los peregrinos. Esa masificación que había en los albergues y las carreras para ocupar una cama, llegaron en algunos momentos a producir situaciones en las que se encontraba muy incómodo.

Llegó a pensar en varias ocasiones olvidarse del camino, ya poco más podía aportarle, pero se había metido tanto dentro de él, que esa sensación que sentía en su interior, solo podía satisfacerla cuando se encontraba caminando. No resultaba tan sencillo dejar de recibir esa magia que experimentaba cada vez que lo recorría.

Estaba convencido que lo más importante que había en el camino eran los peregrinos ya que son la esencia del mismo y son quienes dan sentido a esta ruta, por eso donde haya un peregrino caminando hacia Compostela, allí se encuentra el camino.

Convencido de ello, comenzó a pensar en nuevas rutas para caminar, buscaría lugares que todavía estuvieran vírgenes. Qué importaba que no hubiera albergues de acogida, así descubriría de nuevo esa magia que se produce al caminar, solo por el deseo de llegar a Santiago y poder decir que estás allí, que lo has conseguido.

En el extremo opuesto a Santiago se encuentra Almería, iría hasta allí y recorrería como peregrino toda la península. No se preocuparía de albergues, ni de prisas y sobre todo se olvidaría de las aglomeraciones. Siempre encontraría un pórtico de una iglesia, un prado verde o un alma caritativa que le ofrecieran acogida para descansar esa jornada y si no era así, sabía que Santi siempre velaba por los peregrinos que iban a su encuentro.

La primera dificultad que se encontró era que al estar en un camino inexistente, no se encontraba señalizado y aunque Antonio sabía por los pueblos que debía pasar, no deseaba hacerlo por el asfalto. Los caminos no disponían de ninguna indicación, por lo que en varias ocasiones tuvo que desandar los kilómetros recorridos cuando se percataba de su error o cuando le decían que se había equivocado de camino.

Las gentes con las que se encontraba, le miraban extrañados ya que le veían como a un ser raro al que no estaban acostumbrados y cuando decía que era un peregrino que se dirigía a Compostela, trataban de decirle que el camino no pasaba por sus pueblos, que estaba equivocado.

En cuanto a descansar cada jornada, siempre había un local del Ayuntamiento donde le daban acogida y si no el cura del pueblo le abría su casa o las instalaciones parroquiales. Pero siempre quedaba el recurso del pórtico de la Iglesia que generalmente se encontraba a cubierto.

Cuando pasaba cerca de algún monasterio o de un convento se desviaba para visitarlo y si se encontraba cerca el final de la jornada, solicitaba acogida en estos lugares y nunca le fue negada esa hospitalidad que solicitaba.

Un día llegó a un monasterio a las cuatro de la tarde, el siguiente pueblo se encontraba a veinte kilómetros por lo que descartó llegar hasta allí. Cuando pidió hospitalidad el monje que le había recibido se emocionó mucho, no recordaba haber acogido a ningún peregrino y este acto para él era muy importante ya que le permitía ofrecer esa hospitalidad de la que tanta gala hicieron sus antepasados y ahora era solicitada en su humilde monasterio.

-Sea bienvenido – le dijo el monje – se encontrará hambriento, mientras se baña le preparo algo de comer.

-Muchas gracias hermano, aunque no quiero ser una molestia – dijo Antonio.

-Un peregrino nunca molesta, es un hombre de Dios y esta es su casa por lo que es bien recibido.

Cuando se hubo aseado, bajó al refectorio donde el monje le había preparado un suculento plato de verdura y una fuente con la fruta que producían los árboles que los monjes atendían en el huerto con mucho mimo y esmero.

-Mientras come, voy a por las llaves del cuarto donde va a descansar.

Media hora después regresó el monje, le estuvo informando de las costumbres que había en el monasterio por si quería acompañarles en la misa, las vísperas o los maitines.

Antonio le dijo que le encantaría asistir a todo lo que pudiera, ya que no todos los días se tenía la oportunidad de llevar una vida monacal y deseaba sentir las experiencias y las sensaciones de la vida diaria de los monjes.

El anciano le pidió que le acompañara y le condujo hasta una de las alas del monasterio que se encontraba muy cerca de la capilla. Entraron en una gran sala, era diferente de las celdas más humildes que había en el monasterio. Se encontraba amueblada, tenía una gran cama de madera de nogal. Todo era muy grande, distinto de como Antonio se imaginaba la humildad que había en el interior de estos recogidos lugares pensados casi siempre para la meditación de los que buscaban en el aislamiento y en la soledad ese vínculo que les unía y les hacía estar más cerca del creador.

-¿Le gusta? – preguntó el monje mientras abría los grandes ventanales y permitía que el aire puro del exterior fuera reemplazando el aire viciado que se encontraba en la sala.

-Sí, mucho – balbuceó Antonio – es muy bonito y muy espacioso.

-Es uno de los lugares más queridos y venerados del monasterio. Aquí – dijo el monje señalando la cama – fue donde reposaron durante muchos años las reliquias del santo hasta que las depositamos para su eterno descanso en el altar mayor. No hemos querido tocar nada desde que sus restos abandonaron este cuarto.

Antonio acompañó a los monjes en las oraciones que quedaban por hacer hasta que a una hora prudencial se retiró a su cuarto a descansar. Le facilitaron una vela con la que se alumbraba mientras recorría el gran pasillo que le separaba de su cuarto.

La llama de la vela reflejaba su imagen ampliándola desmesuradamente por las paredes del gran pasillo por el que caminaba.

Dejó la vela sobre una mesita y extrajo el saco de dormir de su mochila, no deseaba mancillar la cama en la que descansaron los restos del santo, las arrugas de la sabana parecían indicarle la posición en la que se habían encontrado. Buscó el rincón más alejado de la sala donde extendió el saco y se dispuso a dormir, pero no pudo hacerlo, se pasó toda la noche en vela, no quería que el espíritu del monje santo que debía rondar por allí le despertara de sus sueños.

Aquella, fue una noche diferente, jamás hubiera pensado que podría ocurrirle algo así, pero de lo que estaba seguro era que esa noche no la olvidaría el resto de su vida, por mucho que ésta se prolongara.