almeida – 9 de agosto de 2014.

Me gustaba por las tardes sentarme a la puerta de Santuario cuando también se encontraba allí el Maestro. Eran esos momentos en los que cuando lo observabas, daba la impresión que se encontraba en trance,

meditaba sobre lo que la jornada que estaba acercándose a su fin le había proporcionado.

También estoy convencido que en esos momentos muchos recuerdos se estaban removiendo en su mente, eran tantas las cosas que debían estar archivadas allí, que si un día se recogieran todas, formarían una gran biblioteca de experiencia y conocimiento, quizá la mayor que se pueda encontrar en el Camino.

Era una tarde agradable, el sol estaba acercándose a la línea del horizonte y el frescor de la noche comenzaba a percibirse, lo que agradecíamos después de un día muy caluroso.

Cogí una silla y me senté frente a él, fui liando un cigarrillo mientras él, al percibir mi presencia, abrió los ojos como si al sentirme le hubiera hecho volver a la realidad de la consciencia.

Sin decir nada, dirigió su mirada hacía donde el sol se estaba escondiendo, era uno de los momentos del día que más le gustaba disfrutar ya que para él aquel era el instante de la esperanza, el día se moría pero volvería a nacer de nuevo unas ocho horas más tarde.

Ese día había sido especialmente intenso, casi la mayoría de los peregrinos que habían llegado lo fueron haciendo de uno en uno y el Maestro, pacientemente, a cada uno, les fue dando los consejos con los que obsequiaba a todos los peregrinos, especialmente como tenían que hacer su camino, sin prisas y disfrutando de cada uno de los instantes que pasaban sobre él.

A veces pensaba que aquella labor de concienciación resultaba baldía, ya que parecía como predicar en el desierto, porque en ningún sitio se tomaban tantas molestias y una vez que salieran de allí, nadie más se lo volvería a decir y los peregrinos se olvidarían de lo que pacientemente el Maestro les había enseñado. Volverían a los madrugones y a las prisas para ser los primeros en llegar y coger una litera en la que dormir.

En esos momentos de calma de cada tarde me gustaba hablar con el Maestro y preguntarle aquellas dudas que a lo largo de cada día me iban surgiendo.

—¿No ha pensado alguna vez que la tarea que hace cada día con los peregrinos, la mayor parte de ella, cae en saco roto? —le pegunté.

—Muchas veces —me dijo —pero en Santuario tenemos la obligación de hacerlo con todos y solo con que cada día o cada semana haya uno que nos haga caso, ya me doy por satisfecho.

—Pero, eso puede llegar en un momento a ser decepcionante si no se ven los resultados.

—Nosotros plantamos la semilla, pero para que germine, son necesarias muchas cosas. Que sea sembrada en una buena tierra, que se riegue, que no haya heladas, en fin, muchas más cosas. El resultado final depende de tantos factores que no se puede predecir, pero nosotros hemos hecho lo más importante porque si la semilla no está en contacto con la tierra nunca germinara.

Comenzó entonces a contarme una historia, era con ejemplos como él pensaba que las cosas se comprendían mejor y le agradaba con frecuencia poner estos ejemplos.

Me habló de un peregrino que en una ocasión pasaba haciendo su camino por un pequeño pueblo y llamó su atención un escaparate de madera vieja que era el menos atractivo de los que había en aquella calle.

Se fijó en lo que había expuesto en él y vio una docena de pequeños frascos que daba la impresión que contenían una fragancia muy concentrada, pero no ponía nada que pudiera identificar lo que contenían.

De forma inconsciente, empujó la puerta y oyó el tintineo de una campanilla que había sobre el dintel. Dentro no había nadie, estaba ante una gran sala que contenía enormes ánforas transparentes que parecían vacías y estaban cerradas con un gran corcho lacrado.

En una de ellas vio un cartel rotulado en el que ponía amor, en otra felicidad, en otra alegría, en otra paz, en otra fortuna, en otra bondad y así hasta un total de doce ánforas que el peregrino pudo ver en la gran sala.

Cuando trataba de mirar en el interior de uno de estos recipientes, escuchó como chirriaba una puerta que se abría, se encontraba al fondo de la sala y por ella accedió un anciano. Vestía una especie de hábito marrón que se encontraba muy raído y desgastado por el uso. El venerable anciano tenía un pelo y una barba muy largos, eran blancos como la plata, en la penumbra de la sala se fue acercando hacia donde se encontraba inmóvil el peregrino.

—Buenos días —dijo este.

—¿En qué puedo servirle? —preguntó el anciano.

—No lo sé —dijo el peregrino —he visto el escaparate y algo me ha impulsado a entrar.

—Aquí solo acceden aquellos que sus pasos les guían hasta el interior, los demás, la mayoría, siguen de largo —dijo el anciano.

—Lo que pone en los carteles, ¿es lo que contiene cada ánfora? —preguntó el peregrino.

—Así es —respondió el anciano —están las esencias concentradas y guardadas en su interior.

—¿Y se venden? —volvió a preguntar el joven.

—No —dijo el venerable —son cosas que no se pueden vender porque no tienen precio, pero yo las regalo a quién lo desea.

—¿Y me puedo llevar todo lo que quiera? —preguntó el peregrino.

—Todo lo que desees —afirmó el anciano —por mucha cantidad que se extraiga, se van regenerando ellos solos y al día siguiente el contenido de cada ánfora vuelve a ser el mismo.

—Pues me va a dar cincuenta kilos de alegría, cien de felicidad, cien de fortuna, doscientos de amor y cien más de cada una de las otras ánforas. Llamaré para que vengan a recogerlas y me las lleven a casa, así cuando regrese del Camino, el resto de mi vida seré dichoso ya que dispongo de todos los ingredientes para ser enormemente feliz.

—No hace falta que envíe a recogerlo —dijo el anciano —espere un momento.

El venerable se dio la media vuelta y desapareció por la misma puerta por la que había entrado a la sala. Al cabo de diez minutos regresó y en sus manos traía una pequeña cajita anudada con un lazo encarnado y se la entregó al peregrino; que incrédulo estiró su mano y la cogió.

—Pero, esto no puede ser, es una broma, yo le he pedido cientos de kilos de cada cosa y usted me trae una pequeña cajita que no puede acoger todo lo que le he encargado.

—Esto —dijo el anciano —es la semilla. Tú solo debes encargarte que germine y tendrás todos los kilos de cada una de las cosas que has pedido. Solo tienes que saber cómo debes cultivarla para que vaya dando sus frutos.

El peregrino salió de nuevo a la calle y pensativo, se alejó por ella siguiendo su camino.

—Lo mismo que en aquella tienda —continuó el Maestro —yo, cada día, a cada peregrino que llega a Santuario, le hago entrega de esa semilla, pero será él quien debe cultivarla para ver su fruto.