almeida –15 de marzo de 2015.

dosperegrinos

                La primera vez que coincidí con él, fue en uno de esos humildes albergues del camino en los que te das cuenta nada más traspasar sus puertas que allí se respira felicidad,

esa que han ido dejando la mayoría de los peregrinos que han pasado por allí y dejan parte de esa energía positiva que llevan con ellos cuando están realizando su camino.

                Alfredo, era una persona feliz, se notaba nada más verlo y transmitía esa paz que muchos perseguimos a lo largo de nuestra vida, pero que solo algunos tienen la fortuna de encontrar.

                Es un hombre que irradia vitalidad, una vitalidad contagiosa, enseguida te sentías embriagado por ella y tratabas de ponerte a su altura, era esa magia que podemos encontrar cada vez en menos lugares, pero que en el momento que la ves tratas de asimilarla y comienzas a comportarte de la misma forma.

                Alfredo, era una persona muy querida en el ambiente peregrino, colaboraba con los albergues más humildes prestando lo más importante que tenía, su tiempo y con él ofrecía también su conocimiento, ese que había adquirido a lo largo de una vida de trabajo.

                Tuve la fortuna de coincidir en más ocasiones con él y como me había impactado de una forma muy grata, traté de interesarme por su vida y cómo había llegado al camino, siempre es algo que me interesa saber de algunos peregrinos y en este caso me interesaba todavía un poco más.

                Una persona que le conocía bien, un día me contó su historia, esa que a él apenas le gustaba narrar porque formaba parte de ese pasado que aunque no quería olvidar ya que de él había aprendido todo, tampoco se sentía muy cómodo recordándolo.

                Era una persona que se había hecho a sí mismo, había comenzado a trabajar muy joven y su habilidad y sobre todo las ganas de aprender, siempre le hicieron destacar en los trabajos que había tenido ocupando puestos de cierta responsabilidad.

                Todo ello le estaba permitiendo disponer de una situación acomodada con la que su familia viviera muy bien, cuanto más tenia, mejor era la situación que podía ofrecer a los suyos y fue entrando en una espiral en la que tenía que superarse cada día, no solo en lo personal, sino también en su situación laboral.

                Se encontraba al frente de una empresa de la que dependían casi medio centenar de empleados y su trabajo en ella le hizo ser líder en su sector, pero las exigencias del mercado le llevaban a plantearse cada año nuevos retos y en algunas ocasiones corriendo riesgos importantes que le ocasionaban situaciones de tensión y estrés, pero estaba acostumbrado a ellas y las afrontaba con esa energía y buen hacer que tanto le había caracterizado.

                En ocasiones las cosas no discurren como uno propone y en ocasiones hay factores externos que pueden incidir de una forma muy negativa en lo que esperamos obtener y también Alfredo y la empresa que dirigía tuvo que afrontar estas adversidades.

                La crisis general que afectó a importantes sectores productivos, también se instaló en la empresa de Alfredo y él que había salido victorioso de otras situaciones parecidas con su empuje y el esfuerzo con el que afrontaba cada situación que era imitado por sus subordinados, en esta ocasión no funciono.

                La situación en la empresa se iba agrandando a pasos agigantados, sabía la medida que debía tomar, pero no quería hacerlo. Reducir drásticamente la plantilla era algo que no entraba en sus planes, no podía admitir que aquellos que le habían ayudado a levantar la empresa se quedaran sin trabajo, por lo que aguantó hasta que no pudo más.

                Debía afrontar la realidad, por no haber tomado medidas que no le gustaban seguramente perdería la empresa. Por primera vez se sentía impotente y el resultado fue ir entrando en un pozo en el que no podía ver el fondo, era como uno de esos túneles horadados en la montaña que parecen no tener fin y donde la oscuridad es absoluta.

                Cayó en una depresión que le impedía ver con claridad, a pesar de las visitas diarias a un psicólogo, no encontraba esa luz que le permitiera salir de aquel túnel en el que se había metido.

                Pero Alfredo, era una buena persona, contaba sobre todo con buenos amigos que en el momento que se enteraron del problema que tenía, le visitaban con frecuencia para tratar de animarlo y mientras lo hacían buscaban la forma de llevarle esa luz que tanto necesitaba.

                Un día, fueron a casa tres amigos de la infancia, de esos con los que se han hecho las primeras pillerías cuando se es adolescente y que con el paso de los años se conservan, porque siempre han estado, no solo en los buenos momentos, sino también en los malos y sobre todo, eran de esos que no hacía falta llamarles ya que ellos sabían cuando debían estar.

                Los amigos le comentaron que estarían dos semanas fuera o sea que en ese tiempo no le darían guerra y le privarían de su compañía. Uno de ellos les había animado a los otros dos a hacer el Camino de Santiago y probarían a ver qué tal se estaba caminando, le dijeron que para él sería una buena forma de evadirse de lo que le preocupaba, pero la oferta no le intereso en absoluto a Alfredo ya que pensaba que su lugar estaba allí, al frente de la nave y no podía marcharse en aquella situación ni en aquellos momentos.

                Pero la mujer de Alfredo que había estado escuchando la conversación se quedó con la idea que le habían propuesto y ya sabemos cómo son las mujeres cuando se les mete algo en la cabeza.

                Sin decirle nada a Alfredo, hablo con los amigos y se interesó por el plan que tenían y poco a poco fue tejiendo su plan, sabía que convencer a su marido no le iba a costar mucho, por lo que fue adquiriendo todo lo que iba a necesitar y cuando ya lo tuvo habló con Alfredo.

                Le propuso que por lo menos, debía probar, había por delante un puente y serían los días de prueba, en caso que no resultara como ella esperaba, siempre tenía la opción de ir a recogerle con el coche, al fin y al cabo solo era un par de horas de viaje.

                Alfredo, puso algunas reticencias, pero ella que le conocía bien tenía preparadas todas las respuestas y fue atajando cada problema que presentaba y finalizó diciéndole que si no lo intentaba al menos, no era la persona que ella conocía, ya que el Alfredo con el que ella había compartido su vida nunca se hubiera echado para atrás ante un reto y sobre todo no se quedaría con la duda de lo que hubiera pasado de haberlo hecho.

                Aquellas fueron las palabras que convencieron a Alfredo, no podía decir que no ya que nunca lo había hecho y menos cuando era algo que su mujer le proponía o le pedía.

                Nada más poner sus pies en el camino, el primer día la transformación que se produjo en Alfredo fue percibida por sus amigos que llamaron a su mujer, ya que le habían comentado que diariamente la llamarían al menos dos veces para ponerla al corriente de la evolución que estaba teniendo.

                También ella cuando habló por teléfono con su marido, percibió en el timbre de voz un cambio que la ánimo, no era el mismo que tenía cuando había salido de casa.

                Ahora era Alfredo el que no deseaba que aquellas dos semanas terminaran nunca, se había dado cuenta que la felicidad puede llegar de otras formas y la estaba sintiendo con toda la intensidad. Aquella forma de compartir las cosas con los demás y sobre todo el darse cuenta lo poco que se necesita para vivir de una forma feliz. El que lo tenía todo, ahora podía afrontar cada día solo con lo que llevaba en su mochila.

Por primera vez después de muchos años, se sentía completamente feliz, no esa felicidad que antes tenía por disponer de cuanto necesitaba sino porque había visto la forma de alcanzarla con muy poco, realmente le sobraba casi todo. Pero donde más sintió esta sensación, fue en las aportaciones que estaba recibiendo de cada día que estaba caminando, la naturaleza, las personas, el cielo, todo lo veía de una forma muy diferente y sobre todo, cada una de las cosas que sentía, las recibía con una fuerza que no hubiera sido capaz de poder describir a pesar de la locuacidad que siempre le había caracterizado.

Cuando regresó a su casa, era consciente que el camino le había transformado y habló con su mujer para tratar de transmitirle cada una de las sensaciones que había tenido y las que sentía en ese momento.

Decidió poner la mejor solución que en esos momentos podía a su empresa y decidió vivir de otra manera, ahora sabía que en el camino era donde podía encontrar todo lo que necesitaba, era consciente que ya no podía vivir sin sentirlo permanentemente.

Su mujer que siempre había estado con él, también fue al camino, juntos lo recorrían disfrutando de esa nueva felicidad que el destino había puesto en el camino de los dos y cuando se cansaban de caminar, en cualquiera de los albergues más humildes del camino, se les podía ver regalando su tiempo a los peregrinos.

Aunque seguían viviendo en la casa en la que sus hijos se habían criado, ahora gran parte del año estaban en el camino, en cualquiera de ellos y solo regresaban cuando añoraban a sus nietos, a los que estoy convencido que les contarían historias maravillosas de peregrinos.