almeida – 6 de agosto de 2015.

            Decía el poeta que “a pesar de los pesares, la vida es bella” y quién mejor que un arquitecto del lenguaje para buscar las palabras que mejor sepan definir algunos sentimientos.

            Para Eva, estas palabras tenían todo el sentido del mundo, porque eran las que habían dado sentido a su vida en un momento muy determinado, lo que nunca se había imaginado era que tuviera que repetírselas a alguien en alguna ocasión.

            Pero también eso es el Camino, las lecciones que nos va dando son para que nos sirvan en un momento de nuestra vida y puedan ser también útiles para los demás y siempre llega ese momento en el que nos damos cuenta de lo que puede llegar a servir la experiencia que hemos ido acumulando.

            Aquella tarde que Eva se encontró en la puerta de su casa a la anciana vecina casi nonagenaria, que habitualmente vivía con su hija en el campo y acababa de tener con ella una discusión muy seria, realmente, no pensaba quitarse la vida como decía entre lágrimas y nervios, lo que deseaba era ser escuchada, solamente eso, que alguien tuviera ese tiempo que ella precisaba y ya nadie le prestaba.

            Eva conocía las frecuentes broncas que madre e hija solían tener porque eran dos caracteres muy similares y cuando chocaban saltaban chispas entre las dos y ninguna de ellas quería dar su brazo a torcer ante la otra.

            Pero Eva, aunque no era consciente de ello sabía perfectamente cómo debía actuar en aquellas situaciones y para que la mujer se tranquilizara, la invitó a pasar a su casa y mientras preparaba una infusión, dejó que la anciana fuera desahogándose porque cunando una pena se comparte con alguien va perdiendo buena parte de la energía que ha ido acumulando.

            La anciana despotricaba contra su hija y aseguraba que ya a su edad era una persona incomprendida a la que no le quedaba nada por hacer en esta vida y lo único que podía hacer ya era quitarse la vida.

            Esta afirmación hizo que Eva dejara lo que estaba haciendo y la mirara fijamente a los ojos y en ese momento la mujer como si se diera cuenta de lo que acababa de decir pregunto:

            -¿Crees que me condenaré si me quito la vida?

            -Eternamente – aseguró Eva sin pensarlo –solo quien nos da la vida, sabe cuando llega el momento en el que debe quitárnosla y si interferimos en ese destino estaremos condenados para siempre.

            Aquellas palabras firmes y rotundas hicieron que la anciana se fuera tranquilizando y Eva dejó que continuara hablando, sabía que era la única forma de conseguir ese sosiego que tanto necesitaba y que aquella mujer, lo único que necesitaba era alguien que supiera escuchar todo lo que iba acumulando en su interior, aunque no lo llegara a comprender, pero en este caso, Eva sí entendía todo lo que la mujer le estaba diciendo.

            Fue una de esas horas en las que te sientes bien porque te das cuenta lo importante que es saber escuchar y sobre todo, compartir esos problemas que aunque parezcan insignificantes para quien los está sufriendo son los más importantes que hay en ese momento.

            Cuando vio que la mujer ya se había serenado, se ofreció para que volviera en el momento que lo necesitara, pero durante un tiempo, hasta que se fueran acumulando más situaciones como las que acababa de arrojar de su mente, ya no lo iba a necesitar y cuando la vio calmada la acompañó hasta la puerta de su casa.

            Cuando Eva se quedó sola, algunos recuerdos no muy lejanos comenzaron a aflorar a su mente, eran esos momentos que tratas de olvidar, pero de vez en cuando acuden para que puedas darte cuenta de lo importante que puede llegar a ser la ilusión por vivir.

            También Eva había pasado por esos momentos de desesperación en los que vas adentrándote en un túnel en el que cada vez que das un paso penetras más en la oscuridad hasta que ésta te absorbe por completo y vas dando vueltas sin sentido y llega ese momento en el que pierdes la orientación y no sabes si estas avanzando hacia la oscuridad o tratas de salir de ella.

            Pero llegan a ser tan grandes los problemas que te agobian en esos momentos que solo deseas que se terminen cuanto antes y crees que la mejor solución es seguir huyendo hacia ese abismo del que no hay marcha atrás y una vez que te sumerjas en él se acabara todo y por fin podrás descansar para siempre.

            Es una solución cobarde, pero son esos instantes en los que no tienes el suficiente valor para enfrentarte a ellos y dejas que sean ellos los que lleguen a controlar tu mente y actúen en lugar de hacerlo tú.

            Afortunadamente hasta en la desesperación más absoluta, siempre hay un estado de lucidez y esa luz tenue que percibimos al final del túnel nos hace aferrarnos a ella y vamos avanzando en su dirección hasta que conseguimos dejar atrás la oscuridad absoluta y nos aferramos a esa luz que puede llegar a iluminarlo todo, entonces nos damos cuenta de lo que podemos dejar en el camino y eso nos da la fuerza necesaria para comenzar de nuevo a luchar, porque la vida es una lucha constante para que los sueños que vamos cumpliendo consigan mantener esa esperanza que nos mantiene vivos.

            Cuando afrontamos esos problemas y conseguimos dominarlos, vamos haciendo que los miedos que nos agarrotaban comiencen a ser controlados y es en ese momento cuando sabemos que hemos conseguido vencer y nos aferramos a la belleza que representa la vida a pesar de los pesares como aseguraba el poeta.

            Entonces es cuando nos damos cuenta de las cosas que la vida todavía tiene reservadas para nosotros y no podemos perdernos todas las maravillas que nos quedan por disfrutar y que solo cuando las vivimos somos conscientes de la razón por la que estamos en este mundo.

            Eva se sentía a gusto después de lo que había compartido con aquella mujer, pero sobre todo, se encontraba feliz de poder seguir viviendo y disfrutando cada instante de todo lo que se habría perdido si en aquellos momentos de debilidad no hubiera luchado como lo hizo y desde aquel momento saboreaba y disfrutaba de cada uno de esos instantes en los que algo o alguien se cruzaba en su destino, porque estaba convencida que debía hacerlo de aquella manera para no volver a sumergirse en aquel abismo que ahora le parecía tan lejano.

            Sabía que debía continuar hasta que llegara esa parada en la que le tocara bajar y que esperaba que todavía quedara muy lejos de donde se encontraba, aunque no le preocupaba mucho el lugar en el que estuviera aquella estación porque hasta que llegara a ella había muchas otras en las que disfrutaría de una forma intensa de todo lo que sabía que estaba reservado para ella.