almeida – 10 de julio de 2016.

            María, estaba pasando por una situación laboral que aunque no era nueva para ella, la estaba conduciendo a un estado incontrolable ya que cada día que pasaba,

veía más oscuro el pozo en el que estaba cayendo y no conseguía ver el fondo, ese que unas semanas antes observaba lleno de agua.

            Había cambiado de lugar de trabajo y lo que inicialmente era un sitio ilusionante donde podía desarrollar todos sus conocimientos, cada vez se le estaba haciendo más cuesta arriba, incluso había días en los que representaba un terrible esfuerzo y un sacrificio ir a su trabajo.

            Se había encontrado con una persona de la que dependía jerárquicamente y lo que en las primeras semanas era un trabajo en equipo que funcionaba a las mil maravillas, cuando su superiora se dio cuenta que María era aceptada, apreciada y querida por el resto de los compañeros y sobre todo cuando comenzó a no acatar algunas imposiciones con las que quería someter a todos los que dependían de ella, fue distanciándose cada vez más hasta que comenzó a ejercer algunas acciones en las que predominaban la soberbia y la prepotencia que estaban presentes en cada una de ellas originando un acoso permanente en María que le fue afectando emocionalmente cada vez más.

            A María le gustaba evadirse siempre que podía y había descubierto que el contacto con el camino era el mejor bálsamo que podía encontrar. Por eso cuando disponía de unos días libres, cogía su mochila y se iba al camino. En el momento que ponía sus pies sobre él, el contacto con la naturaleza la hacía olvidarse de todo y los días que estaba en el camino, le permitían que cargara su cuerpo con esa energía tan necesaria para afrontar la dureza que para ella estaba suponiendo cada una de las jornadas laborales que tenía por delante y que llegaban incluso a angustiarla, algo que nunca antes le había ocurrido porque siempre disfrutaba plenamente con su trabajo.

            Disponía de tres días en los que deseaba evadirse, aunque en esta ocasión no iba a caminar, se acercaría a un albergue de peregrinos y ejercería como hospitalera. Esos tres días estaría recibiendo a los peregrinos tratando de que su estancia en el albergue que se encontraba fuera para los que llegaran allí, lo más cómoda y confortable posible.

            Aunque María se había olvidado momentáneamente de la situación que estaba atravesando, en su rostro se reflejaba esa angustia que estaba sufriendo y trataba de ocultar cuando había peregrinos a su alrededor, pero siempre hay un sexto sentido en algunas personas que saben captar esas cosas que a simple vista pasan desapercibidas para los demás.

            Se encontraba en el albergue un peregrino que tenía una sensibilidad especial y desde que llegó, estuvo observando el comportamiento y las reacciones de la hospitalera.

            -Tu alma no se encuentra relajada – le dijo.

            María, se quedó sorprendida de que aquel extraño que no conocía de nada y con quien apenas había intercambiado unas palabras, pudiera leer su pensamiento o llegar al interior de su alma y se mostró sincera con él.

            -No estoy pasando por mi mejor momento – dijo María.

            -Solo hay que ver los problemas en toda su dimensión, de esa forma podremos afrontarlos mejor y sabremos cómo solucionarlos – dijo el peregrino.

            -Pero cuando te enfrentas a cosas que no dependen de ti, buscar la solución a veces resulta muy complicado ya que ni siquiera acertamos a comprender el problema.

            -Siempre se puede ver, pero hay que dejar libre la mente, que nada la enturbie y entonces comprobaremos que no es tan grande como lo vemos en ese momento – aseguró el peregrino.

            -Pero es que mi problema es muy importante para mí y por más vueltas que le doy no encuentro la solución si quiero mantener mi dignidad – dijo ella dejando escapar una lágrima.

            -Nuestro problema, es siempre personal e intransferible y generalmente es más importante que el de los demás – afirmó el peregrino – pero debes estar segura que siempre hay otros problemas que lo hacen pequeño. Estoy convencido que de la docena de peregrinos que estamos aquí, al menos la mitad que llevan consigo mayores problemas que el tuyo, quizá ellos hayan sabido cómo deben afrontarlos y por eso no se nota tanto la angustia en sus caras.

            -Quizá tengas razón, con algunas personas que he hablado y me cuentan sus motivos para estar en el camino, he observado que comparando mi problema con el suyo, éste carece casi de importancia, pero lo estoy llevando muy mal.

            -Toma – le dijo el peregrino extendiendo su mano – tú, eres peregrina y la medalla que te doy es de la virgen peregrina, seguro que ella te permitirá superar esos difíciles momentos por los que estás pasando y te ayudan a afrontar cada jornada con un ánimo diferente.

            María agradeció el regalo del peregrino y se colgó la medalla en su cuello confiando que le ayudaría a afrontar su problema.

            Desde entonces, cada vez que tenía que enfrentarse a los desplantes y desidias de su superiora, antes de responder o tener cualquier reacción, con su mano izquierda buscaba la medalla que había en su cuello y una vez que la cogía, cerraba su mano apretándola con fuerza.

            Incomprensiblemente, este gesto la estaba ayudando a ser más reflexiva y a no alterarse ante las injusticias que su superiora le estaba produciendo y poco a poco fue descubriendo que estaba afrontando la situación de una forma diferente y su problema por momentos se estaba minimizando hasta que ya no representó la principal inquietud que María tenía cada día.

            Estaba convencida que la Virgen Peregrina la había ayudado a superar esos momentos tan difíciles que estaba soportando y veía su problema en la justa medida que debía contemplarlo lo que le ayudó de forma importante a enfrentarse a él.

            Tenía que estar agradecida a la Virgen por todo el apoyo que le había dado y lo haría de la mejor forma que ella sabía, iría peregrinando hasta el templo en el que la virgen se encontraba.

            Salió caminando desde Tuy y cuando llegó a Pontevedra, se dirigió hasta el templo en el que la talla se veneraba. Era diferente a los que antes había visto, en lugar de tener una planta en forma de cruz como la mayoría de los templos cristianos, ésta, era como una gran vieira de peregrino.

            María, se quedó observando la imagen de la Virgen y cogiendo de nuevo la medalla con su mano izquierda se arrodilló, en silencio, postrada ante la imagen de la Virgen estuvo en silencia hablando con ella que le había dado la fuerza que necesitaba y por eso se encontraba allí, para agradecérselo y para solicitar de nuevo esa fuerza que ahora necesitaba más que nunca para afrontar lo que estaba decidida a hacer para acabar con las injusticias de quien jamás debía contar con poder para ejercerlo de una forma tan irracional e injusta.