almeida – 18 de abril de 2014.

Desde que comenzaron a caminar al otro lado de los Pirineos, los cuatro amigos no se habían separado casi ni un solo instante. Siempre caminaban juntos, cuando alguien se retrasaba los demás le esperaban y reiniciaban juntos la marcha. Luego, cuando llegaban a su destino de esa jornada, hacían planes para ver donde pasaban la tarde y también juntos recorrían cada uno de los rincones del pueblo o de la ciudad.

De los cuatro, solo Andrea era quien había recorrido antes el Camino y fue quien convenció al resto de hacer esta ruta cuando les dieran las vacaciones. Luca fue el último que dio su conformidad ya que ese verano pensaba trabajar para obtener algo de dinero que le permitiera pasar con holgura el siguiente curso; pero Andrea era muy persuasivo y no pudo, no supo, o no quiso decirle que no.

Habían salido desde una pequeña ciudad al sur de Italia y se desplazaron hasta Donibane Garazi en el coche de Andrea, que de los cuatro era el que disponía de una mejor posición económica.

Luca enseguida fue captando algunas esencias del Camino que los demás no conseguían percibir. Cuando se sentaban a cenar en el albergue al que habían llegado, él les hablaba de cosas que los demás no comprendían, en algún momento llegaron a bromear con las cosas que decía, pero siempre en estas discusiones reinaba el buen ambiente y la armonía que había en el grupo.

Llevaban caminando poco más de una semana, ese día Luca no se encontraba muy bien, por lo que advirtió a sus amigos que la jornada la haría a su ritmo, sin prisas, no debían esperarle y se encontrarían en la población que habían elegido como final de etapa.

Superar la jornada no fue fácil para Luca, algo le había sentado mal el día anterior y durante toda la noche sintió escalofríos y no pudo descansar bien. Ahora los músculos no respondían como otros días y por primera vez pensó en abandonar, pero se resistía a ello ya que no deseaba perderse esta aventura y menos la compañía de sus amigos.

Estuvo tentado en varias ocasiones de coger el autobús para superar los kilómetros que le separaban del lugar en el que se debía producir el encuentro, pero las dos veces que estuvo bajo la marquesina, algo le impulsó a seguir caminando.

Su ritmo descendió notablemente, cuando sus amigos llegaron a su destino, le llamaron por teléfono para ver como se encontraba, pero a él todavía le quedaban dos o tres horas más de sufrimiento antes de llegar.

Por fin llegó al pueblo, se encontraba muy cansado y en lugar de dirigirse al albergue donde le esperaban sus amigos, algo le impulso a ver la iglesia del pueblo. Normalmente estas visitas las solían hacer por la tarde los cuatro juntos, pero en esta ocasión cambió los hábitos diarios; si le hubieran preguntado por que lo había hecho, no hubiera sabido dar ninguna explicación lógica.

El templo era sencillo y sobrio, un retablo medieval presidía todo el frontal de la iglesia y en un lateral vio una talla, que le pareció magnifica, de Santiago. Estaba con su hábito de peregrino y tenía una sonrisa algo inquietante pero hermosa.

Se sentó en los primeros bancos de la Iglesia y una vez que se desprendió de su mochila, parecía encontrarse muy relajado, sentía una paz interior que le había hecho olvidarse de las penurias de la jornada.

Aún no sabe cuanto tiempo pasó en aquel lugar, por unos momentos perdió la noción de todo lo que le rodeaba, solo miraba obsesionado aquella preciosa talla en la que el maestro que la concibió supo plasmar algo más que lo que le habían enseñado en el taller.

Quizá cayera en un ligero sueño, no lo recordaba, el caso es que percibió una voz que le decía que debía seguir adelante. Abrió los ojos, pero se encontraba solo en el templo, no podía ser, aquello no le estaba pasando, pero era tan real que no podía dudar de lo que sus sentidos le estaban indicando.

Pensó que le había costado mucho llegar hasta allí y que en muchos momentos creyó que no lo conseguiría, no tenía sentido hacer ahora una hora más de camino en las condiciones que se encontraba.

Fue en ese momento cuando pensó en su estado físico, las molestias habían desaparecido, los músculos de sus piernas se encontraban como todos los días cuando comenzaba a caminar, estaban relajados y sin ninguna muestra de cansancio en ellos.

Hizo caso a la voz interior y cuando salió de la iglesia, en lugar de buscar el albergue donde le esperaban sus amigos, buscó las flechas amarillas que le indicaban por donde seguía el camino. No sabía cuantos kilómetros le quedaban para llegar al siguiente sitio donde le dieran cobijo, de eso se encargaba todos los días Andrea, él era quien planificaba cada jornada, pero no importaba, no podía quedarse con la duda de lo que hubiera ocurrido si no hubiese hecho caso a esa voz interior.

Llegó a Santuario muy tarde, apenas estaba cansado, no daba crédito a aquella recuperación tan extraña y sobre todo incomprensible. Según me iba contando lo que le había acontecido, esperaba que mi reacción fuera de extrañeza, pero quizás fue él quien se extrañó que fuera asintiendo a cada una de las cosas que me iba diciendo.

Cuando terminó de hablar, le comenté que esos eran algunos de los misterios que tenía este camino, son cosas que no se pueden explicar y solo a quién le ocurren puede encontrar esa respuesta que le dé un sentido a estas situaciones.

Como la mayoría de los peregrinos, esa noche Luca subió a la pequeña capilla en la que se meditaba sobre lo que había deparado esa jornada y también algunos rezaban cada uno por lo que llevaba en su interior.

Esa noche el maestro, en la meditación, habló de las señales que nos envía el Camino, como debemos ir con la suficiente calma para poder observarlas ya que si vamos como la mayoría, muy rápidos, es posible que las dejemos atrás y pasen desapercibidas.

Observé durante todo el tiempo que estuvimos en la capilla a Luca, parecía absorto de todo lo que se estaba haciendo, estaba tan concentrado en sus pensamientos que daba la impresión que se encontraba en otra dimensión, pero su rostro transmitía una sensación de paz y de felicidad que no tenía cuando llegó.

A la mañana siguiente, Luca fue uno de los últimos en bajar al comedor a desayunar, lo hizo con mucha calma, como si no quisiera abandonar Santuario. Me ayudó a recoger las cosas que se habían utilizado durante el desayuno y dos o tres horas después que el último peregrino se hubiera marchado, subió hasta el cuarto donde había dejado sus cosas y bajo con su mochila.

Creo que las señales de las que hablaba el maestro, fueron las que escuché ayer; y me decían que debía seguir este camino, pero solo. He llamado a mis amigos y les he dicho que necesito ir solo, sé que a ellos los voy a tener cerca, pero necesito saber porque yo debo seguir otro camino diferente.

Le abracé deseándole que encontrara esas respuestas, le dije que las llevaba dentro de él, solo tenía que estar atento para escucharlas y vi como se iba alejando. Antes de doblar la esquina se giró y me guiñó un ojo, era un gesto de complicidad que algún día, también yo, descubriré lo que me quiso decir con el.