almeida – 18 de abril de 2014

Cuando los peregrinos llegan a Santuario, algunos, lo hacen en muy malas condiciones. Si el día ha sido lluvioso, entran por la puerta ateridos de frío, y les ofrecemos algo caliente para que puedan reanimarse. En cambio, en los días calurosos, cuando les ayudamos a despojarse de sus mochilas, notamos como el sudor se extiende por sus espaldas empapando la camiseta que llevan puesta y hasta los pantalones están húmedos.

Después de obsequiarles con una sonrisa, un vaso de agua fresca es el mejor bálsamo que pueden recibir y mientras se sientan para recuperar el aliento, van secándose el sudor que va brotando por cada uno de los poros de su piel.

Después de recorrer más de veinte kilómetros con la pesada mochila a sus espaldas, llegan demacrados, algunos casi desfallecidos y gran parte deshidratados. Se suele decir que la cara es el espejo del alma y cuando observamos aquellos rostros, vemos un alma feliz por lo que están haciendo; pero muy fatigada por el esfuerzo realizado.

Cuando cogemos sus mochilas para llevarlas hasta el cuarto que van a ocupar ese día, algunos se resisten a que lo hagamos, pero la mayoría agradecen nuestro gesto ya que las fuerzas han encendido la luz de reserva.

Como peregrinos sabemos que una ducha de agua caliente es el mejor bálsamo que pueden aplicar a sus cuerpos. El agua y el jabón van desprendiendo de la piel no solo la suciedad, sino también el cansancio que se ha ido escapando del cuerpo y se ha quedado adherido a ella.

Es entonces cuando surge la transformación, cuando salen de la ducha y se ponen ropa limpia, sus rostros no son los mismos de los peregrinos que llegaron una hora antes, ahora se les ve radiantes, están eufóricos porque han conseguido un objetivo más en su camino.

Hay ocasiones en las que algún peregrino con quien hemos mantenido una larga conversación cuando llegaron mientras descansaban, ahora pasean por cualquiera de los rincones de Santuario, o por el jardín, y nos resultan casi seres desconocidos, son personas nuevas, no son aquellos que llegaron unas horas antes.

Esa es también una de las magias del Camino, hay momentos en los que pensamos que no podemos más, que ya es imposible seguir adelante, y las fuerzas, no sabemos de dónde salen; pero acaban apareciendo. Entonces nos damos cuenta que los limites del cuerpo humano son desconocidos ya que nunca los hemos forzado hasta tales extremos y, con sorpresa, vemos como responden de una forma admirable.

Algunas veces el dolor producido por los calambres que tenemos en las piernas llegan a producirnos unos pinchazos agudos que nos hacen ver claramente la situación en la que nos encontramos; y creemos saber que al día siguiente va a ser imposible que podamos continuar el camino ya que apenas podemos apoyar los pies en el suelo, pero cuando descansamos y nos despertamos, una fuerza milagrosa se ha llevado todos los males y apenas sentimos las molestias que teníamos cuando nos metimos en la cama.

Esa es una de las importantes transformaciones que se producen en el Camino, y a quienes nos ha ocurrido, por más que la buscamos, no encontramos una explicación a lo que nos ha ocurrido.