almeida – 19 de abril de 2014

Cuando llegó al albergue, era un peregrino más. Aunque según iba pasando el tiempo, su comportamiento con los demás, le hacía diferente. Observaba todo como si fuera la primera vez que veía cada cosa y colaboraba en cuantas cosas podía y sobre todo parecía que mentalmente tomaba nota de cuantas cosas nuevas estaba aprendiendo.

Disfrutaba con la acogida que se le había ofrecido en el albergue de Tábara. Desde que había comenzado su camino en Sevilla, buscaba lugares como este que le permitieran seguir aprendiendo, para eso había comenzado este Camino, para conocer lo que había escuchado en alguna ocasión de la acogida del Camino y ponerlo en marcha en su proyecto que ahora representaba algo muy importante en su vida.

A la mañana siguiente, esperó a que todos se hubieran marchado. A él le gustaba comenzar cada jornada del Camino sin prisas y como en más de una ocasión aseguró, cada jornada era siempre el último que abandonaba el albergue.

Cuando nos quedamos solos, serví una nueva taza de café y dejé que el peregrino hablara, estaba deseoso de compartir su proyecto porque según afirmaba, en el albergue había encontrado una hospitalidad y una acogida en la que se compartía lo que había y eso era lo que él estaba buscando.

Se consideraba una persona afortunada a la que la vida le había proporcionado todo cuanto podía necesitar, pero un día se dio cuenta que no todos tenían la misma fortuna que él disfrutaba y decidió compartir parte de lo que tenía con los más desfavorecidos.

En el entorno en el que diariamente se movía, fue viendo a personas que carecían de lo básico para vivir (vestido, alimento y sobre todo cariño) y se volcó en aportar su granito de arena para que los desheredados de la sociedad pudieran cubrir al menos las necesidades básicas.

Era un gran aficionado a la bicicleta y todos los días daba grandes paseos. Era su forma de desplazarse de un sitio a otro y sobre todo de ir a ver a todos los desfavorecidos de su ciudad de los cuales fue haciendo un censo en el que anotaba las carencias que cada uno tenía y al menos una vez a la semana trataba dentro de sus medios de cubrirlas.

Para llevar esa ayuda de emergencia, dotó a su bici de unas alforjas en las que introducía las cosas que ese día iba a repartir y así surgió la “alforja solidaria” que era como se fue conociendo por Gran Canaria a esta acción solidaria que estaba llevando a todos los rincones de la isla.

Las buenas ideas, generalmente no caen en saco roto y pronto contó con ayuda de otra persona de la isla que fue aportando además del entusiasmo por el proyecto, el dinero que se necesitaba para esos casos de más urgencia.

Había extendido su idea solidaria por toda la isla y su siguiente paso era trasladarla por el mundo, que fuera imitada por más personas que como él, buscaban la felicidad de los demás. Pero necesitaba aprender muchas cosas y pensó que el Camino era ese lugar en el que las experiencias de otros pueden serle de gran ayuda para su proyecto y no lo pensó dos veces, se fue hasta Sevilla y comenzó a recorrer la vía de la Plata para enlazar en Granja de Moreruela con el Camino Sanabrés y una vez que llegara a Santiago, recorrería el Camino Francés para llegar al norte de Francia.

Este itinerario iba a ser el lugar perfecto para adquirir esos conocimientos y esa experiencia que le faltaba para aplicar a su proyecto. El Camino, se ha mantenido vivo durante tantos siglos porque la hospitalidad que en el se vive, le hace distinto y sobre todo especial, es un constante manantial en el que a pesar de los cambios que esta experimentando, todavía se pueden encontrar esos oasis en los que el sentido material de las cosas llega a ser secundario.

Según aseguraba antes de marcharse, había sido para el una suerte llegar hasta el albergue de Tábara en el que la filosofía que estaba buscando para su proyecto era la que se ofrecía a todos los que llegaban y esperaba encontrar algunos sitios mas como este para dar por terminado su aprendizaje y poder ponerlo en practica en su proyecto.