ESTHER CID ROMERO – 29 de agosto de 2017.

Ya por la noche lo sentí. Un sonido desgarrador, como de madera crujiendo. Parecido al que hacen los cascos de los viejos barcos, que olvidados en los puertos pesqueros, lamentan su suerte y aúllan añorando los amaneceres en alta mar.

Me acosté pensando que eran simplemente las vigas de la buhardilla. Es normal que con tanto calor se dilaten generando ruidos extraños.

A la mañana siguiente lo mismo de siempre. El gallo, el burro, las palomas y los perros. Todos compiten en animados cantos. Me imagino una especie de juego que gana aquel que me despierta. Pobres. No saben que soy un lirón.

Pero al salir a la calle lo escucho de nuevo. El  mismo sonido lastimero. Miro las bisagras de la puerta. Abro y cierro varias veces. Nada. La puerta no es. Avanzo unos pasos por el jardín. El chasquido se produce en una de las esquinas. Al ir caminado noto en las flores algo extraño. Los geranios no tienen color, las petunias alicaídas, las dalias marchitas, el césped agostado.

          ¡Qué demonios ha pasado! – Exclamo en alto – ¡Ayer estaba todo perfecto!

Cómo si de una brújula se tratara, sigo el rumbo que me marca el penetrante chirrido. Parece que proviene de ahí. Me acerco. Le encuentro raro, pálido, distinto. Podría jurar que lo vi angustiado. Sus hojas me miran a los ojos. No me lo creo. El pequeño “encineto” está llorando.

esther fuego2Con la yema de los dedos toco con suavidad su única bellota. Entonces caigo hacia atrás mareada. Giro y giro en una espiral oscura, como un viaje en el tiempo por un túnel infinito y desconocido.

Abro los párpados aturdida.

          Un mal sueño – pienso.

Me incorporo ligeramente y de repente noto el calor. Un calor sofocante, abrasador. Miro a mi alrededor y solo veo animales corriendo despavoridos y árboles en llamas. Unas llamas enormes, incandescentes, mortales. Por los troncos centenarios ruedan lentas, brillantes lágrimas de ámbar resinoso. Y el mismo bramido aterrador, el mismo chasquido de ramas. Un crepitar salvaje que lo está arrasando todo.

Me levanto como puedo. Piso el cadáver chamuscado de un pequeño conejo que pereció a la salida de su madriguera. Mi ropa también se está quemando. Corro como todos. Ciervos, zorros, ratones, escarabajos…

 Ya no veo nada. Sólo humo. Mi cuerpo se abrasa. Duele. Duele muchísimo.

A lo lejos unas voces.

          ¡Mi casa, mi casa, mi casa… mi vida!

          ¡Esa tanqueta, aquí. Vamos, deprisa!

Ya no puedo más. Estoy agotada, débil. La piel en carne viva. Mis compañeros de carrera también han ido cayendo. Sólo quedamos una vieja loba y yo. Nos miramos. Somos como dos fantasmas en el bosque. Negras, llenas de cenizas y de quemaduras, dos brasas candentes perdidas en la profundidad del paraje .En un pacto tácito, como sólo las leyes naturales son capaces de cumplir, sin firmas ni sellos, nos tumbamos una al lado de la otra. A morir juntas. Nos abrazamos.

Mi respiración es cada vez más lenta. Ya veo la siniestra sombra de la guadaña asomar entre la densa humareda. Me voy… pero antes, escucho:

          Avisa al puesto de mando. Hay 4 focos. Es un incendio provocado.

La madera de mi joven encina se contrae de nuevo. Tengo el dedo aún en su bellota. 

Es extraño. No puedo alegrarme de estar viva.

Acaricio ahora sus hojas. Me cuenta cómo los árboles sí son capaces de empatizar con los suyos. Que siente en sí mismos las desgracias de sus hermanos. Que los que hoy han ardido son sus iguales. Me reprocha mi condición humana. Me regaña, me humilla. Y yo no puedo darle una explicación.

                Todo mi cariño a los que han perdido tanto en estos incendios que asolan Zamora. Negocios, formas de ganarse el pan, vidas enteras. De alguna forma, a todos se nos ha quemado algo. Una joya natural, un orgullo, un futuro.

                Y a las autoridades:

                Espero que las lágrimas de mis paisanos encadenen para siempre a los malnacidos responsables de esta barbaridad.

Esther Cid

28 agosto 2017