almeida – 20 de agosto de 2014.

No recuerdo muy bien a cuenta de qué fue, cuando en una ocasión nos encontrábamos hablando de las etapas en las que era posible hacer el Camino, quizá discutíamos sobre las trece que se indican en el Codex Calixtinus, ya que aunque los peregrinos fueran subidos encima de animales, estos generalmente no hacen muchos más kilómetros que una persona, a pesar que hagan etapas relativamente largas.

El Maestro, que no se encontraba en la discusión, cuando pasó a nuestro lado afirmó que las etapas del Camino eran cuatro, las mismas que los puntos cardinales, las mismas que las estaciones del año y también, por qué no, las mismas que los evangelistas.

—Cómo que cuatro —dije yo —eso es una broma o es un chiste.

Se sentó junto a nosotros y nos dijo que el peregrino, durante su camino, pasa por cuatro etapas, las cuales están muy diferenciadas unas de otras y cualquier peregrino que haya recorrido entero el Camino, en alguna ocasión, las habrá sabido apreciar.

La primera de las etapas era la que él denominaba nula, es esa parte del Camino en la que todavía el peregrino no se encuentra asentado, parece que está descolocado y no sabe en qué parte del Camino debe ponerse ni con quiénes debe caminar, ya que todavía no conoce suficientemente bien a los que van caminando a su lado.

Son esos primeros días en los cuales los recuerdos se van confundiendo y muchas veces hasta llegan a pasar desapercibidas.

La segunda etapa es la del dolor. Se van produciendo las primeras lesiones y los kilómetros se van haciendo cada vez más ostensibles. El peso de la mochila, las ampollas que comienzan a surgir y en ocasiones otras lesiones de más importancia, van produciendo ese sufrimiento que debe soportar el peregrino para seguir avanzando.

Es quizá una de las etapas más duras que hay que afrontar durante todo el Camino ya que va forjando a ese peregrino que se va curtiendo en esta dura parte del Camino.

La tercera etapa es la de la duda, todavía el Camino no ha mostrado al peregrino su verdadero rostro, de forma inevitable van surgiendo esas dudas de si se podrá llegar y, también en muchas ocasiones, el peregrino llega a preguntarse qué hace él en ese Camino padeciendo, cuando podía estar en su casa descansando y sin pasar ninguna de las necesidades y de las privaciones que está teniendo en este lugar.

Y la cuarta etapa es la de la euforia, ese momento en el que el peregrino se va dando cuenta que la meta se encuentra cada vez más cerca y ya es consciente que puede conseguirlo. A veces es la más peligrosa, ya que a muchos les hace confiarse en exceso, creen que lo pueden todo, no se dan cuenta que es en ese momento cuando las fuerzas comienzan a escasear y cuando es más fácil que se produzca alguna lesión importante.

A lo largo de estas cuatro etapas, el peregrino se va descubriendo a sí mismo, el Camino le ha ido enseñando a mirar en su interior y cuando vemos lo que hay, en ocasiones no nos gusta lo que encontramos dentro.

Nos cuesta reconocer lo que acabamos de descubrir ya que vemos a tres seres diferentes que al final son los que forman la persona que somos.

Por una parte vemos a esa persona que es la que otros ven, es como nos mostramos ante los demás y generalmente así nos suelen reconocer.

También vemos a la persona que realmente somos, porque no hay nadie que se conozca mejor que uno mismo y es en ese momento cuando nos vemos de esa manera.

Y por último, nos vemos como nos gustaría ser, como siempre hemos deseado, ese ser perfecto que se destaca sobre los demás.

Todo lo que vamos viendo en nuestro interior hace que seamos como ese puzzle en el que hasta la parte más pequeña y fea del mismo resulta necesaria ya que de lo contrario sería imperfecta.

Comenzamos a ser conscientes que formamos un ser perfectamente contaminado, pero esa perfección que vemos en nuestro interior, formada por multitud de imperfecciones, es la que nos hace diferentes a los demás.

El Camino es para el ser humano ese lugar donde realmente llega a descubrirse ya que siempre se ha visto de una manera diferente a como realmente es y cuando tiene la paciencia de ir conociéndose se va dando cuenta de cómo es en realidad, es un conjunto de las tres visiones que se pueden tener de una persona.

Algo similar nos ocurre cuando escuchamos nuestra voz, ya tenemos asimilado su sonido y la sabemos diferenciar de las demás, pero cuando nos grabamos la voz y la reproducimos, nos damos cuenta que suena de una forma diferente.

Aquella visión de las cuatro etapas que formaban el Camino, he de confesar que nunca había pensado en ella, pero los razonamientos que iba aportando el Maestro me llevaron a cualquiera de los caminos que había realizado y me di cuenta que yo también había experimentado lo mismo, aunque a la hora de transmitir estas sensaciones, seguramente lo habría hecho de una forma muy diferente.