almeida – 05 de julio de 2014.

Después de estar en muchos albergues de peregrinos, una de las cosas que siempre dejaba para el final era la limpieza de los baños. Seguramente me resultaba el momento más complicado de cada día ya que después de ser utilizado por tantos peregrinos no era precisamente el sitio más presentable de los albergues. Creo que a la mayoría de los hospitaleros esta tarea resulta la menos apetecible de hacer cada día.

Procuraba cubrir el expediente de la forma más honrosa posible y cuando daba por concluida esta parte del trabajo diario del albergue, respiraba algo más aliviado con todo lo que ese día me iba a ofrecer, quedaba la parte más grata: recibir a los peregrinos, ayudarles en las cosas que necesitaran, aclarar sus dudas y compartir con ellos; era siempre la parte más agradable de cada día.

Carlitos me solía decir que cuando iba a comer a un restaurante que no conocía, antes de preguntar si había mesa, solía entrar al cuarto de baño y en función de la limpieza que allí encontrara, se quedaba o no, para él ese era el test que le decía la limpieza que iba a tener en el resto de las instalaciones, incluida la cocina.

Siempre que hacía la limpieza de los baños venía este comentario de mi compañero a mi mente y me esforzaba un poco más acordándome de Carlitos, si los peregrinos cuando entraran en el baño, no solo veían limpieza sino que también la olían, seguro que sabían que la higiene de aquel lugar era algo que se cuidaba de una forma muy especial.

Pero, cuando llegué a Santuario, mi concepto de la limpieza cambió de una forma radical. Fue suficiente ver al Maestro como la realizaba, para comprender que todo lo aprendido hasta entonces no valía para casi nada.

Para el Maestro, como para la mayoría de los hospitaleros, la limpieza era lo más importante que debía hacerse cada día, pero cuando vi como la hacía él, me pareció que jamás podría conseguir hacerlo de aquella manera.

Primero comenzaba con las duchas, humedecía una bayeta en una mezcla de agua y leía y la iba restregando por las baldosas, con una incidencia especial en las juntas y en las partes más bajas, que era donde según él se acumulaba toda la suciedad; luego se arrodillaba y restregaba con más fuerza y rapidez el plato de la ducha y cuando ya nada frenaba el movimiento de la bayeta, con la alcachofa de la ducha aclaraba a conciencia todos los azulejos.

Luego seguía por los inodoros, con la mano desnuda volvía a introducir la bayeta en el agua con leía y la pasaba primero por el exterior y luego a conciencia limpiaba el interior, cuando finalizaba, cogía la escobilla y el vaso en el que esta se guarda y repetía la operación.

Dejaba para el final los lavabos, donde también la limpieza la hacía en profundidad. La humildad con la que realizaba toda la limpieza de los baños, me daba la sensación que para él aquello no representaba ningún sacrificio, más bien, disfrutaba mientras lo iba haciendo.

Según le observaba, sabía que yo sería incapaz de poder imitarle y mucho menos dejar aquello tan limpio y reluciente como él lo dejaba.

Decidí, mientras él terminaba los baños, pasar la fregona al resto de las estancias de Santuario y cuando me observaba, comentó:

—No hay que dejar ninguna lentejita.

No comprendí lo que me quería decir hasta que me fije bien, al trasluz quedaban pequeños círculos o finas líneas en las que la fregona no había conseguido pasar por encima y, a contraluz, destacaban de una forma muy visible.

Después de pasar por Santuario, intento que cada día la limpieza de los baños se asemeje más a la que vi hacer al Maestro, también lo suelo hacer con las manos desnudas y me agrada aspirar luego el olor a lejía que se ha quedado en la piel de mis dedos ya que me produce una sensación de limpieza y desinfección que me resulta hasta agradable.

Ahora, cada vez que voy a cualquier albergue, creo que lo primero que hago cada día es la limpieza de los baños y cuando la termino, siempre acerco mi mano a la nariz para percibir ese aroma a limpio que se queda entre mis dedos, también aspiro el olor de los baños, huelen a limpio y pienso en los peregrinos que van a llegar y si como Carlitos entran al baño, seguro que querrán quedarse allí, ya que la limpieza se respira desde el momento que se traspasa la puerta.

También, cuando termino de pasar la fregona que es lo último que siempre realizo, voy comenzando desde la ventana o desde la puerta y voy mirando al trasluz para que no quede ninguna de las lentejitas del Maestro.