almeida – 04 de julio de 2014.

Hay ocasiones en los que algún peregrino afirma que ha recibido una señal, que es lo que le ha puesto en el Camino y espera ese momento en que la señal sea perceptible para saber qué era lo que el destino había deparado para él, ya que estaba seguro que en el momento que la viera, sabría que eso era lo que estaba buscando.

Piero jamás había oído hablar del Camino de Santiago hasta que uno de sus amigos lo recorrió en una ocasión; siempre que estaban juntos le hablaba de todo lo que había vivido en el Camino y como este le había cambiado, sobre todo en la forma de valorar las cosas.

Hubo un momento que llegó a hacerse insoportable, ya que no tenía otro tema de conversación y en ocasiones llegaba hasta aburrirle. Había días en los que mentía poniendo cualquier excusa para no estar con él, porque sabía el tema de conversación que iban a tener y él prefería hablar de los resultados del equipo de fútbol de su ciudad o de las chicas con las que habían estado el fin de semana.

Pero Piero era una persona muy supersticiosa que no creía en las casualidades, sabía que todo ocurría por algún motivo y cuando le pasaba algo que se salía de lo normal, trataba de buscarle una explicación.

Trabajaba en el aeropuerto de su ciudad y un día, cuando menos se lo esperaba, cayó en sus manos una estampa con la imagen de Santiago. Aquello lo interpretó como una señal y de nuevo volvió a quedar con su amigo, pero en esta ocasión era Piero quien le pedía que le hablara de ese Camino del que antes no quería saber nada.

Poco a poco fue empapándose con las historias que su amigo le contaba, en ocasiones le daba la impresión de que exageraba en exceso, aunque disfrutaba mucho escuchándole.

Su amigo le comentó que estaba planificado con varios amigos regresar en las vacaciones al Camino, irían en junio, cuando la mayoría estaban de vacaciones y le invitaron a que fuera con ellos.

Pensó que era otra de las señales a las que tenía que hacer caso y cambió la fecha en la que tenía previsto coger las vacaciones para ir con sus amigos y saber si las señales que estaba recibiendo tenían alguna explicación.

En total eran cuatro amigos los que comenzaron a caminar y enseguida Piero sintió algo especial en ese Camino, estaba percibiendo las mismas cosas que su amigo le contaba y que a él le parecían exageraciones, comprobaba que eran realidad y no se arrepentía de haber tomado la decisión de ir con sus amigos.

Cada día recorrían las etapas que él, que ya tenía experiencia, decía a los demás, nunca cuestionaban el plan que tenían fijado, a veces caminaban juntos y había otras ocasiones en las que se separaban, pues cada uno necesitaba esos momentos en los que deseaba la intimidad que necesitaban para pensar o para estar con otras personas.

Un día, Piero se detuvo para sacar unas fotografías en un paisaje que le estaba resultando diferente y mientas buscaba los mejores ángulos de enfoque, pasó una peregrina que al observar lo que estaba haciendo también se detuvo para descansar y conversar con el peregrino.

Margaret era una pelirroja irlandesa que enseguida captó la atención de Piero, no sabía si fue por el trasluz al que la vio por primera vez o por la sonrisa que le mostró, pero el caso es que cautivo al joven peregrino.

Cuando reiniciaron el Camino, fueron contándose en muy poco tiempo la vida de cada uno y los motivos por los que se habían puesto en camino, para los dos era la primera vez que se encontraban allí y ambos habían ido por una razón, aunque no sabían porque y esperaban que el Camino les diera la respuesta que estaban buscando.

Ese día Piero no tuvo ninguna prisa por alcanzar a sus amigos, prefería ir tranquilamente con Margaret ya que se encontraba muy a gusto con ella y además iban a llegar al mismo sitio.

Después de coger su sitio en el albergue, Piero fue con Margaret a comer y pasaron el resto del día juntos, cada vez los dos se encontraban más a gusto el uno al lado del otro y los demás les sobraban ya que deseaban esa intimidad que los dos necesitaban.

La jornada siguiente la comenzaron juntos, cuando Piero y sus amigos estaban dispuestos a partir, la joven ya se encontraba preparada y aunque salió del albergue con el grupo de italianos, enseguida Piero y Margaret se fueron quedando descolgados para llevar el ritmo que le estaban marcando sus piernas y, sobre todo, el que les decían sus corazones.

También ese día tenían previsto llegar hasta el mismo lugar, o eso era lo que dijo Margaret, ya que Piero se estaba ajustando a lo que su amigo tenía establecido en su programa.

Incomprensiblemente, cuando llegaron al sitio donde finalizaba su etapa, Piero le dijo a Margaret que el iba a seguir hasta el siguiente pueblo, había algo que le decía que tenía que hacerlo de esa forma. La joven no entendía aquel cambio y mantuvo la decisión que había adoptado, se quedaría allí y al día siguiente se verían de nuevo si el Camino así lo quería.

Piero llegó a Santuario un tanto desolado, había tenido el impulso de seguir dejando en el pueblo anterior a sus amigos y a Margaret y no sabía porque lo había hecho, me comentó que se encontraba un tanto incómodo y bastante mal porque, cuando podía haber estado muy bien acompañado, se encontraba completamente solo.

Traté de animarle diciéndole que el Camino era el que solía llevar a cada uno a aquel lugar en qué tenía que estar y si se encontraba allí, sería por algún motivo especial pues yo estaba convencido de que todos los que llegaban a Santuario, que eran menos que los que se quedaban en los pueblos de los alrededores, lo hacían por alguna razón especial.

Cuando se hubo duchado, muy contento vino hasta donde yo me encontraba y me dijo que había recibido una llamada de Margaret, le decía que igual seguía caminando para llegar también a Santuario, pero no le aseguraba nada, dependía de alguien con quien había quedado en aquel pueblo.

Aquella incertidumbre que Piero tenía le mantenía nervioso en el jardín de Santuario, deseaba tanto ver aparecer por el camino a la que estaba seguro que era la razón de que él se encontrara allí, que la angustia parecía que le tenía agarrotado.

Cuando vio a lo lejos aparecer a Margaret, observé como su cara había cambiado por completo, se le veía radiante y feliz, me miraba nervioso y no hacía falta que me dijera nada ya que él comprendía que yo sabía lo que estaba sintiendo.

Ayudó a Margaret a registrarse y a buscar un sitio en el amplio cuarto, como habían ocupado los lugares cercanos al que Piero había elegido, se cambió para estar al lado de su sueño que acababa de aparecer.

Se pasaron toda la tarde sentados en un banco en el jardín y cuando se levantaron, ya iban cogidos de la mano y no las soltaron hasta que se fueron a acostar. Imaginé que esa noche no tuvo agarrada la mano de Margaret porque sus brazos se encontraban abrazando su cuerpo.

Por la mañana, antes de marcharse, Piero me dijo que por fin había encontrado esa señal que estaba buscando y sería con ella con quien caminaría hasta llegar a Santiago, porque estaba seguro que el Camino a su lado le iba a proporcionar todas las respuestas que había estado buscando.

Vi como se alejaban y en sus manos habían cambiado el bordón por la mano del otro.