almeida – 11 de diciembre de 2014.

Todo lo que hacemos por primera vez, cuando se ha­ce con mucha ilusión, siempre se recuerda de una forma especial porque la sensación de obtenerlo nos permite sentir como esas mariposas que a veces llevamos en el estómago, comienzan a revolotear ofreciéndonos una sensación de vértigo que resulta siempre muy agradable.

Ese primer beso que una vez conseguimos robar a los labios que eran la esencia de nuestra vida, ese primer roce cuando sentimos que la cálida mano del ser amado se cru­zaba como de forma involuntaria con la nuestra, el primer abrazo que hacía que nuestro corazón martilleara de una forma incontrolable o la primera vez que nos sentimos solo uno con el amor de nuestra vida, siempre ha sido una sen­sación muy especial, más bien mágica en la que sentíamos que caíamos por un precipicio sin importarnos lo que hay en el fondo del mismo.

Creo que muchos peregrinos hemos sentido esta misma sensación de vértigo cuando nos disponíamos a realizar nuestro primer camino y en muchos momentos de ese ca­mino percibíamos que, de nuevo, las mariposas volvían a revolotear de alegría.

Curiosamente el camino es algo mágico y diferente ya que, por muchas veces que nos propongamos afrontarlo, nunca lo sentiremos como la primera vez. Cada camino es diferente y las sensaciones y los recuerdos nunca serán comparables al anterior. Esa sensación de hormigueo o revolotear de las mariposas en nuestro estómago no va a desaparecer nunca por muchas veces que nos dispongamos a recorrerlo.