almeida – 2 de diciembre de 2015.

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Salió del albergue por la mañana, como todos los días acostumbraba, le gustaba que el amanecer le saludara mientras estaba recorriendo el camino. Como caminaba siempre hacia el oeste, cuando percibía que el alba daba paso a un nuevo amanecer, hacía el primer descanso, no porque se encontrara cansado, ya que solo llevaba recorridos un par de kilómetros y eso para él era solo un calentamiento. Pero, le gustaba contemplar el sol con tranquilidad, ver como aparecía por la línea del horizonte y los rayos que desprendía parecían inundarlo todo, eran solo unos minutos hasta que el borde inferior del astro salía por la línea del horizonte.

Como a las tribus antiguas, no dejaba de sorprenderle este espectáculo de la naturaleza, por eso con calma siempre a la misma hora buscaba una piedra grande o un tronco caídos de un árbol y se desprendía de la mochila dejándola a sus pies. Encendía el primer cigarrillo del día para ver el espectáculo, se daba la vuelta y se colocaba mirando al este hasta que de nuevo, veinticuatro horas después volvía a producirse el milagro.

Esa mañana, iba a caminar por uno de los lugares más hermosos de todo el camino, donde la espesura de los montes de Oca lo oculta todo, bueno todo menos el camino y el espectáculo que cada mañana deleitaba su vista.

Pero hoy, era un día diferente, las nubes estaban llorando y se perdería el amanecer. Esa salida del astro rey con la que tantas veces había soñado antes de ponerse en camino, porque para él, ese lugar resultaba tan especial que había soñado que sería muy diferente del de los días anteriores.

Se puso una capa de agua y comenzó a caminar, esa jornada algunas de sus costumbres se vieron alteradas. No buscó la piedra o el tronco en el que sentarse, no encendió su cigarrillo de las mañanas, aunque si se dio la vuelta como hacía todos los días para mirar al este, pero solo veía unas nubes negras que parecían decirle que eran ellas las culpables de que no pudiera ver cumplido su sueño.

El camino se encontraba muy embarrado, la tierra arcillosa, pronto comenzó a adherirse a sus botas como si el barro también quisiera hacer una parte del camino antes de desprenderse y esperar a que otro peregrino pasara por allí y recorrer adherido a sus botas otro tramo del camino.

Fue maldiciendo la mañana que le había tocado ese día, hasta que se fue fijando como las copas de los árboles trataban de recoger las gotas de lluvia antes que estas se abalanzaran sobre el suelo. Los árboles parecían más contentos que de costumbre. La aridez del verano estaba impidiendo su desarrollo y esa agua que recibían resultaba providencial para que continuara su crecimiento. Entonces el peregrino se dio cuenta que el ciclo de la vida estaba ofreciendo su simiente para que la masa boscosa pudiera estar tan esplendida como él la estaba contemplando en esos momentos y continuo caminando.

Dos horas después, la lluvia comenzó a ir remitiendo. A lo lejos ya podía divisar el templo que el santo caminero construyera siglos atrás para que los peregrinos se sintieran protegidos en esa zona tan peligrosa e incierta para ellos.

Cuando llegó a la tapia que rodeaba el santuario, el sol de nuevo estaba radiante, se había situado en lo más alto del cielo y apenas reflejaba su sombra en el suelo, pero al peregrino eso ya no le importaba, porque seguía pensando que se había visto privado de uno de los amaneceres con los que él tanto había soñado.

Cuando se encontró con el anciano sacerdote, al comentar la etapa que había realizado, siguió lamentando no haber disfrutado de ella como a él le hubiera gustado y así se lo dijo al venerable cura.

Este le hizo ver que la naturaleza generalmente es muy sabia y para que los peregrinos puedan verla como lo hacen cuando recorren los montes de Oca, es necesario que la lluvia haga acto de presencia con cierta regularidad, en caso contrario se encontraría todo seco y muerto y no podría ver la belleza que había contemplado durante las tres últimas horas.

Además, había tenido suerte, ese día era la víspera del milagro que se produce cada solsticio en uno de los capiteles del templo y gracias a que la lluvia apareciera, cuando las nubes se hayan quedado secas, han dado paso a un radiante sol, es una buena señal, ya que al día siguiente contarían con un día espléndido y podrían admirar el milagro que solo se produce dos veces al año y para ello es necesario que las nubes sean permisivas y no oculten el sol que es quien produce ese milagro.

Al día siguiente con numerosos fieles y curiosos, el peregrino no se encontraba como todos los días caminando ni pudo ver por el este la salida del sol, pero dentro del templo observó uno de los milagros que solo unos pocos elegidos pueden contemplar en este camino mágico.

Después de admirar el milagro, de nuevo comenzó a caminar, a unos cientos de metros vio un tronco de encina al lado del camino y se sentó sobre él encendiendo su cigarrillo de las mañanas. En esta ocasión no se giró para mirar al este como hacía cada día. Su mirada de fue a unas nubes que había a lo lejos, hacia el noroeste. Pensó que si cambiaban de dirección, quizá el viento las llevase al oeste y si volvían a llorar no se pondría la capa, dejaría que fueran dejando la humedad en su cuerpo y quizá como a los árboles también a él le impregnaran de esa vitalidad que le mantendría para siempre vivo.