almeida – 24 de mayo de 2014.

Eva observaba cada rincón de Santuario mirando detenidamente cada símbolo que allí se encontraba, trataba de buscarle su significado, no solo

porque había sido puesto en aquel lugar, también quería saber quién lo había colocado y sobre todo lo que quería destacar colocándolo de aquella forma que lo había hecho.

 

Yo la miraba en silencio y tratando de que ella no se diera cuenta que estaba siendo observada, comprendía que esos momentos son muy íntimos y sobre todo personales. Era mejor esperar ese momento, que estaba seguro que llegaría, donde Eva me preguntara cualquier cosa y entonces, si era su deseo, satisfaría con creces su curiosidad.

Cuando subimos por la noche a la pequeña capilla, Eva observaba cada uno de los rincones de aquel lugar especial de Santuario, hasta se subió en uno de los pequeños asientos para ver con detalle algo que un peregrino había dejado entre las vigas de madera que sostenían el techo.

Esa noche, durante el momento de la reflexión de cada jornada, les hablé a los peregrinos de lo sencilla que a veces es la magia y lo genial que pueden resultar las cosas más simples. Les puse un ejemplo de como en una ocasión, un hombre sencillo pero genial tuvo la gran idea, de con solo una brocha y un bote de pintura amarilla, marcar una senda que luego seguirían millones de personas por un camino que era desconocido para ellos. Resultaba un caso único, que había surgido de una sencilla idea.

Cuando terminó el momento íntimo de los peregrinos, Eva esperó a que salieran todos de la capilla y me preguntó por la sencilla cruz de madera hecha con dos palos que sobresalía en aquel lugar.

Le dije que lo desconocía, aunque me imaginaba que había sido cosa del Maestro ponerla allí, un hombre también sencillo, como el que yo les había hablado, ya que el Maestro fue siempre su discípulo. Pero como aquel, con dos simples y sencillos palos, que seguramente había encontrado en algún lugar del Camino, había formado algo que podía llenar todo un cuarto. Allí había cosas más elaboradas, hasta una talla en piedra de un santo que era tan grande como la cruz, sin embargo, era la sencilla cruz la que causaba la admiración de la mayoría de los peregrinos, porque muchas veces las cosas más hermosas son siempre las cosas más sencillas en las que gran parte de nosotros no pensamos.

Me dijo que estaba de acuerdo conmigo, desde que comenzó su camino estaba prestando mucha atención a los símbolos que se encontraba y el Camino se encontraba cargado de simbología.

Cuando se encontraba un cruceiro, se sentaba en su base y trataba de captar en su mente todo lo que estaba observando, luego, antes de marcharse, cogía una piedra del suelo y la depositaba en aquel lugar del cruceiro donde ella pensaba que debía estar.

Al pasar junto a un hito, esos montones de piedras que los peregrinos van apilando en un equilibrio que a veces da una sensación de vértigo, también lo observaba con calma, trataba de saber por qué había ido tomando la forma en la que ella lo veía y se imaginaba a los peregrinos que habían ido dejando allí su aportación. También ella, sin romper el equilibrio, depositaba su piedra, que daba la impresión que de un momento a otro sería como esa gota que consigue colmar el vaso y acaba por derramarlo todo.

Era consciente que ella también debía dejar sus señales en el Camino y cuando llegaba a un cruce de caminos, que podía conducir a error a los peregrinos que venían por detrás porque las señales estaban mal puestas o eran poco visibles, ella cogía unos palos o unas piedras y hacía con ellas una flecha, indicando cual era el camino correcto y cuando no tenía a mano esos elementos, con su bordón marcaba una flecha en el suelo para guiar a los peregrinos.

Donde más angustia pasó fue en un tramo del Camino que había después de la ciudad de Logroño. A la derecha del Camino hay una valla metálica que delimita el espacio de la autopista. En la valla, los peregrinos, durante los últimos años, han ido dejando una cruz de madera. Eva supo de inmediato que también tenía que dejar allí su señal y fue confeccionando con dos maderas y una fina hierba alargada una pequeña pero bonita cruz de madera.

Fue buscando un lugar libre para dejar allí su cruz, pero toda la valla se encontraba ocupada, no había ningún espacio libre. Continúo caminando, pero seguía sin encontrar ese sitio en la valla. Llegó a angustiarse ya que pensaba que no podría dejar allí su señal y eso la estaba produciendo una angustia desconocida, pensaba que si no lo conseguía su paso por allí no habría tenido ningún sentido.

Cuando llevaba recorridos doscientos metros, desde que confeccionó su cruz, encontró un espacio libre en medio de la valla, parecía que estaba allí reservado para su cruz y con delicadeza la fue sujetando para que el viento o la lluvia no la movieran de donde ella la había dejado.

Retrocedió dos pasos poniéndose en el medio del Camino y la contempló, estuvo mirándola varios minutos y sintió como se emocionaba por momentos.

La comenté que me parecía que disponía de una sensibilidad especial y tenía ante sí un  largo camino que la iba a deparar muchos momentos de emoción como aquel.

Ella disfrutaría plenamente del camino que estaba realizando y cuando llegara a su meta y recordara todos los instantes que había vivido, de nuevo reviviría ese camino que ahora estaba disfrutando.