almeida – 25 de mayo de 2014.

Llegó sudoroso, apenas tuvo tiempo de dar las buenas tardes, cuando ya se estaba levantando para marcharse.

Germán, a pesar del pañuelo anudado que llevaba sobre su cabeza, no conseguía retener las gotas de sudor que se habían ido formando en cada uno de los poros de su cuero cabelludo y estaba completamente empapado. Le ofrecimos un vaso de agua fresca y cuando lo bebió, se sirvió de la jarra dos o tres más, había perdido mucho líquido y estaba a punto de deshidratarse.

Mientras descansaba unos minutos, se desabrochó su bota derecha y cuando se retiró el calcetín, dejó a la vista una hermosa ampolla que se estaba formando en la planta de su pie.

El Maestro le sugirió que se lavara el pie en el baño, le iba a poner algo para proteger aquella ampolla, pero Germán le dijo que no disponía de tiempo para hacerse ninguna cura, lo haría tranquilamente cuando terminara su jornada. Todavía le quedaban por lo menos dos horas de camino y quería llegar al lugar que se había marcado como final de etapa.

El Maestro, que odiaba las prisas, también detestaba hablar con más rapidez que la que su mente le permitía hacerlo, disfrutaba diciendo palabras suaves que conseguían apaciguar y calmar a aquellos que más prisa llevaban.

Las palabras del Maestro surtieron su efecto en Germán, que aceptó hacer lo que le decía y fue a lavarse los pies y pacientemente dejó que las diestras manos del maestro fueran restañando las lesiones que tenía.

—Si sigues así, será el Camino el que te aparte de él —dijo —en esas condiciones, la ampolla se habría ido haciendo más grande hasta que llegara a molestarte y dolerte y cuando esto te hubiera ocurrido, para evitar el dolor, hubieras ido apoyándote mal, con lo que te hubieras ido lesionando y tendrías que dejar el Camino porque no podrías continuar.

—Tenía previsto haberme curado cuando hubiera terminado.

—Es que seguramente no habrías terminado donde tú querías, es el Camino el que te dice donde has de hacerlo —dijo el Maestro.

—Hubiera llegado —aseguró Germán —y entonces dispondría del tiempo para hacerlo.

—¿Por qué caminas tan rápido?, así no vas a disfrutar del Camino —comentó el Maestro.

—Es que no dispongo de tiempo suficiente y quiero llegar a Santiago, por eso hago etapas de cuarenta kilómetros —dijo Germán.

—Pues que triste —se lamentó el Maestro —tú no estás haciendo el Camino, estás haciendo una competición.

—Lo sé —afirmó Germán —pero necesito llegar y solo dispongo de quince días más.

—Pues si cuentas con quince días, disfruta de ellos, no te importe a dónde llegues. Puedes continuar el año próximo desde donde hayas llegado, porque el Camino no se va a mover de donde está y estoy seguro que nadie se lo va a llevar de aquí, verás como el año próximo lo vuelves a encontrar donde lo has dejado.

Las palabras del Maestro parece que fueron haciendo el efecto que él deseaba, el peregrino ya no tenía tanta prisa por marcharse, ahora estaba disfrutando con la conversación que las prisas le habían impedido mantener y compartiendo lo que sentía cada día; y daba la sensación que le agradaba hacerlo.

Le comentamos que en aquellas condiciones, como le había asegurado el Maestro que tenía mucha experiencia, acabaría por romperse, no estaba en condiciones de llevar un ritmo tan alto y hacer las distancias tan largas que recorría cada día.

Era mejor que los siguientes días redujera las distancias para que su forma física fuera mejorando, entonces ya podía pensar en afrontar las distancias tan largas que ahora estaba haciendo.

Pero no merecía la pena hacer el Camino de esa forma ya que no le daría tiempo para ver las cosas, los lugares y las personas que el camino había puesto para que disfrutara de ellos, era mejor recrearse con cada instante, así recordaría siempre con agrado este Camino en lugar de ser solo un vago recuerdo al cabo del tiempo.

Germán se sentía muy a gusto con la conversación, en su fuero interno sabía que teníamos razón en todo cuanto le estábamos diciendo y en un momento de la conversación interrumpió y dijo:

—Tenéis toda la razón, yo lo sabía, sabía que era así, aunque no quería admitirlo y voy a actuar con sensatez, me quedó aquí, por hoy no voy a seguir más y mañana ya veremos.

Cuando se hubo duchado y estaba con ropa limpia y seca, Germán parecía otro peregrino, estaba desconocido. Para celebrarlo llenamos un porrón con vino y fuimos dando largos tragos mientras continuábamos la conversación.

Germán resultó ser una persona muy correcta y sobre todo muy sensata, todo lo contrario que la impresión que nos había transmitido cuando llegó.

Daba gusto verle por el jardín intercambiando conversación con los demás peregrinos, le observábamos y vimos como en todo momento sonreía y hasta gastaba bromas, estaba disfrutando como no lo había hecho en los diez días que llevaba de camino, según nos aseguró más tarde.

Nos confesó que estaba sorprendido de lo bien que se encontraba en aquel lugar y estaba seguro que el destino era quien le había permitido llegar hasta allí, ya que en ningún momento tenía previsto haberse detenido en el pueblo y menos desviarse como lo hizo doscientos metros del Camino.

Le aseguramos que como había dicho antes el Maestro, era el Camino el que dictaba sus normas y llevaba a cada peregrino donde el quería y le hacía detenerse también donde él lo deseaba.

Germán estaba encantado de que el Camino hubiera decidido por él, ahora estaría más atento a las señales que le enviara el Camino y haría caso de ellas.

Por la noche, durante la cena comunitaria que elaboraron los peregrinos y en los minutos que pasó en la capilla, Germán se impregnó de la magia que allí se respiraba y cuando estábamos fumando un cigarrillo a la puerta de Santuario nos confesó:

—Las horas que he pasado aquí han sido suficientes para comprender que hay otra forma de hacer el Camino y me he dado cuenta que lo estaba haciendo mal.

Por la mañana, no fue de los primeros en bajar a desayunar y cuando lo hizo, se sentó en la mesa y fue tomando con mucha calma lo que habíamos preparado para él.

Repitió un nuevo vaso de café con leche, cuando yo me senté en la mesa me sirvió uno a mí y los dos fuimos tomándolo mientras comentábamos lo hermosa que era la etapa que tenía por delante, era uno de esos días para disfrutar de la naturaleza.

Fueron marchándose los peregrinos y Germán, que había tomado las palabras del Maestro al pie de la letra, no daba la sensación que quisiera marcharse hasta que mi compañero hospitalero le dijo:

—Venga, que tienes que marcharte que, ya no queda nadie aquí, ayer casi no podíamos retenerte y ahora tenemos que echarte.

Germán se rió, tampoco él podía creerse como lugares como Santuario pueden cambiar de una forma tan radical el comportamiento de algunos peregrinos.