almeida – 20 de abril de 2014.

El día no presagiaba nada bueno, las negras nubes que venían del oeste amenazaban con una de esas tormentas de verano que cuando descargan todo el contenido que llevan en su interior lo hacen con una fuerza descontrolada.

Como preveía, un fuerte trueno anunció la tormenta que en unos segundos hizo que toda la calle quedara cubierta de agua, el asfalto había desaparecido y lo que antes era una calle o un camino parecía ahora un caudaloso río.

Quizá fuera el ruido que produjo el trueno, el caso es que no escuché que nadie entrara en el albergue, y cuando me di la vuelta vi a Joan y Montse, que como se suele decir literalmente se habían colado hasta la cocina con bicis y todo, no querían dejarlas en la calle para que se mojaran con la incesante lluvia.

—No vamos a quedarnos, solo queremos resguardarnos de la lluvia —dijo Joan.

—No os preocupéis —les dije —dejar ahí en el pasillo vuestras cosas y pasar a la cocina a tomar un café mientras cesa la lluvia.

Me comentaron que aún tenían por delante muchos kilómetros ese día, querían llegar hasta la ciudad, en realidad, lo que para un peregrino supone una o dos jornadas de camino, ellos podían hacerlo en tres o cuatro horas; y todavía era muy pronto para que los ciclistas dieran por finalizada su jornada.

Mientras tomábamos un café hablamos del camino, sobre todo de su camino y también de lo inoportuna que es la lluvia para los peregrinos porque les moja la ropa, les hace avanzar con más dificultad, en definitiva, todo eran inconvenientes, algo imprevisto para su camino.

Traté de hacerles ver que también caminar bajo la lluvia tenía su atractivo, se percibían unos aromas diferentes, se caminaba más lentamente, apreciando otras cosas que normalmente no vemos y aunque tiene el inconveniente de que se moja la ropa, si ponemos en una balanza las ventajas y los inconvenientes, las primeras son para mí las que salen beneficiadas.

Debí ser poco convincente, o no me supe expresar bien, pues ellos seguían con sus pensamientos y en ningún momento me dio la impresión que lo que yo les acababa de decir hubiera causado en ellos la menor reflexión, aunque tampoco me importó, ya que he llegado a la conclusión de que cada uno disfruta del camino a su manera y quién es nadie para intentar hacer cambiar a los demás sus pareceres.

Cuando la gruesa nube parecía que se alejaba y la lluvia había cesado, se pusieron de nuevo la ropa de agua, cogieron sus máquinas y amablemente se despidieron de mí, agradeciendo las atenciones que habían recibido en aquellos minutos que habíamos estado juntos.

Vi como doblaban la esquina y les perdí de vista justo en el momento que otro trueno, quizá algo más fuerte que el anterior anunció la presencia de otra nube que en segundos comenzó a descargar la humedad que contenía.

Apenas pasaron unos instantes cuando Joan y Montse estaban de nuevo en la puerta del albergue. Sin decir nada abrí por completo la puerta para que pudieran dejar sus bicis en el pasillo y les invité a que se sentaran en el sofá mientras pasaba esta nueva nube.

Traté de hacerles ver lo importante que era hacer su camino con calma, sin prisas; pero ninguno de los dos parecía querer cambiar la planificación que tenían hecha, Joan sacó de su mochila la ruta trazada y me la mostró, añadiendo que hasta el momento se habían ajustado a ella y pensaban seguir de la misma forma hasta llegar a Fisterra.

No quise insistir con mi forma de ver su camino, quién era yo para hacer que cambiaran sus planes, ya se darían cuenta que hay otra forma de hacer el Camino. Pensé en las primeras veces que yo estaba en la misma situación que ellos y hacía lo mismo, o sea, que desistí ya que al final a todos nos acaba llegando esa reflexión sobre lo que estamos haciendo.

Les dejé solos en el cuarto mientras iba atendiendo las necesidades de algunos peregrinos que acababan de llegar. Cuando de nuevo cesó la lluvia, se acercaron hasta donde me encontraba para despedirse una vez más.

En esta ocasión no salí a la puerta a despedirlos, lo hice en el pasillo, algo me decía que volverían porque las nubes que venían del oeste presagiaban más lluvia; y por la poca experiencia que tenía en aquel lugar, no daba la impresión que fuera a cesar en toda la jornada.

Como esperaba, no transcurrieron dos minutos cuando de nuevo, con cara de fastidio, les vi aparecer en la puerta del albergue.

—Esta visto que no vamos a poder salir de aquí —dijo Joan —cada vez que lo intentamos se pone a llover, por lo cual hemos decidido quedarnos, si no vamos a estar todo el día entrando y saliendo.

—Bueno, no te lo quise decir antes, pero generalmente, cuando nosotros planificamos el camino, es el Camino el que nos va diciendo lo que podemos hacer a través de una tendinitis, una nube, una lesión. Son tantas cosas las que se ven estando aquí, que ya pocas nos llegan a extrañar —les dije.

—¿Tú crees que es una señal para que nos quedemos aquí? —dijo Montse.

—No importa lo que yo crea —comenté —quienes tenéis que creerlo sois vosotros.

Guardaron las bicis en un lugar que estuvieran protegidas de la lluvia y les acomodé en dos sitios que había libres. Ya no les presté más atención, pero con el rabillo del ojo iba observando como se integraban con los demás peregrinos y participaban con ellos en las labores que se hacían en el albergue.

Me pareció que durante la preparación de la cena se mostraron muy relajados y muy alegres, también en la cena estuvieron muy dicharacheros y bromearon con los que se encontraban a su lado.

Cuando se terminó la cena, como hacíamos todas las noches, invité a todos los que lo desearan a subir a la pequeña capilla que había en la planta superior de Santuario. Era el momento en el que los peregrinos reflexionaban sobre lo que había significado la jornada que estaba tocando a su fin y también sobre lo que el Camino estaba representando para la mayoría.

Cuando llegó el momento de leer los deseos que otros peregrinos habían dejado en forma de nota; Montse, al leer el suyo, no pudo contener la emoción, vi como sus ojos se estaban volviendo vidriosos y al sentir el contacto de la mano de Joan rompió a llorar.

Ni siquiera los abrazos de Joan podían consolarla, las emociones contenidas se habían desbordado y esperamos a que se consolara dejando salir de su interior todo lo que llevaba guardado.

Cuando los peregrinos fueron abandonando la pequeña capilla, me quedé para cerrar la puerta y, antes de salir, Montse me estaba esperando.

—Tenías razón —me dijo —desde que comencé el Camino he buscado en todos los lugares por los que he pasado esa iglesia especial, la que me ayudara a comprender ciertas cosas que están enturbiando mi mente y he tenido que encontrar la respuesta en este pequeño lugar, leyendo la nota que me ha correspondido, con la que me he identificado plenamente.

—Creo —le dije —que el camino ya te ha aportado algo positivo y a lo largo del mismo, estoy seguro, irás encontrando más señales como esta, solo tienes que saber verlas y cuando se va con mucha prisa solemos dejarlas atrás.

Por la mañana, Joan y Montse fueron de los últimos en bajar a desayunar, lo hicieron con mucha calma y parecía que no tenían prisa por salir de Santuario, incluso me ayudaron a recoger las cosas que se habían utilizado para el desayuno.

Mientras estábamos fregando los vasos y los cubiertos, le pregunté a Joan.

—¿Hoy hasta donde tenéis pensado llegar?

—No lo sé —me dijo señalando el cubo que recogía la basura que se originaba en Santuario.

Miré en el cubo de la basura y reconocí los papeles que me había enseñado el día anterior con la planificación que estaban siguiendo de su camino.

Cuando les abracé para despedirnos, Montse acercó su boca a mi oído y me susurro:

—Gracias, en unas pocas horas que hemos pasado aquí, hemos captado esas cosas que algunos nos decían que había en el Camino, ahora que sabemos cómo podemos encontrarlas, iremos sin prisa para que, como nos has dicho, no se nos pasen por alto.

Cuando me quedé solo, me senté en la puerta del albergue y aspirando el humo del cigarrillo, pensaba que a veces las sorpresas que nos depara el camino surgen de donde menos esperamos, pero debemos estar abiertos a ellas porque siempre acaban surgiendo.