almeida – 6 de junio de 2014.

Generalmente, la mejor compañía que uno puede encontrar en el Camino, como acertadamente dice el juglar de los foros Maldonado, son tus soledades. Pero a pesar de que es uno de los consejos que más se suelen repetir en los diferentes foros y por peregrinos con cierta experiencia, muchos, no conciben recorrer el camino si no es acompañado.

Desgraciadamente, son muchos los amigos que comienzan juntos a caminar y también son muchas las decepciones que uno se encuentra cuando finaliza su camino, porque aquella amistad y lealtad que se suponía tener se acaba rompiendo.

La convivencia siempre es muy difícil y complicada y en el Camino, una de las cosas que lo hacen distinto es compartir casi todo con el que camina a nuestro lado y es en esas ocasiones cuando surge ese lado oscuro del egoísmo de quien creíamos una persona leal.

Una de las cosas que nos proporciona el Camino, son esos momentos de soledad en los que nuestra mente tiene ese poso necesario para enseñarnos a conocernos un poco mejor, pero no todos lo consiguen y en ocasiones, algunos se siguen comportando con el mismo egoísmo que lo hacen habitualmente lo que desentona entre los que caminan a tu lado y van haciendo que para ellos el Camino sea diferente y poco a poco los va apartando.

Son muchas las experiencias que he compartido de las decepciones que algunos se han llevado con las personas que menos se lo esperaban. Amistades longevas que se han cercenado antes de finalizar el Camino y la más reciente que un peregrino ha compartido conmigo fue hace unos días cuando este tema surgió en la conversación que los peregrinos mantenían durante la cena.

Cuando Ernesto decidió recorrer el Camino, un amigo de toda la vida se animó a acompañarle a pesar que Ernesto siempre había deseado hacerlo solo, quería y necesitaba esa soledad que no tenía en su vida diaria, pero no supo ni pudo negarse a la petición que su amigo le hacía.

Enseguida se dio cuenta que su amigo no iba a hacer el Camino como un peregrino, estaba compitiendo con él y comenzaba a comportarse de una manera egoísta como nunca había ocurrido desde que se conocían.

Pero Ernesto, se volvió a equivocar, en lugar de haber hecho lo más sensato que era caminar cada uno al ritmo que sus necesidades les marcaban, siguió a su lado hasta que llegó ese momento en el que no pudo más y explotó.

Las consecuencias fueron mayores de lo previsto porque aquella ruptura, no solo cercenó la amistad que los dos tenían, también se extendió a la familia y a los amigos comunes que los dos tenían, creando una situación muy desagradable en la pequeña localidad en la que vivían en la que todos se conocían.

Desde entonces, Ernesto que se considera un peregrino, ha vuelto en varias ocasiones al Camino y el que consideraba su amigo, no ha vuelto más. Pero la lección que aprendió de ese nefasto Camino, fue que la mejor compañía, como muchas veces había escuchado, son las soledades que todos buscamos en el Camino.