almeida – 7 de junio de 2014.

He de reconocer que disfruto escuchando las motivaciones que llevan a muchos peregrinos a recorrer el Camino, en ocasiones resulta casi inverosímil los motivos que llevan a muchas personas a afrontar casi mil kilómetros caminando, pero generalmente, la mayoría tienen una poderosa razón para hacer este esfuerzo.

Nos encontrábamos en la cena comunitaria que se hace en el albergue y en esos momentos distendidos, son las ocasiones en las que además de la cena se comparten muchas confidencias que normalmente los peregrinos se guardan para ellos.

Lorenzo, había pasado ya los cincuenta y se mostraba feliz con el Camino que estaba recorriendo porque según decía, le estaba enseñando a valorar las cosas que más valor tenían en esta vida que generalmente son aquellas en las que apenas hemos reparado por lo sencillas que eran, pero en el Camino aprendemos su verdadero valor.

A pesar que era de los más jóvenes que se encontraban en la mesa, seguramente era el que durante más tiempo había estado madurando este sueño.

Cuando contaba con ocho años, unas vacaciones, sus padres le apuntaron a uno de los campamentos que antiguamente se hacían para los niños y quiso el destino que el lugar donde le enviaran fuera a una de esas poblaciones que se encuentran en uno de los pueblos de Galicia por los que discurre el Camino.

Nunca se borrará de su mente la primera imagen que tuvo de un peregrino. Era extranjero y hablaba en una lengua que el no conocía, pero el peregrino estuvo hablándole durante unos minutos y creyó comprender cada una de las palabras que le estaba diciendo.

Desde ese momento, el resto de los días que estuvo en aquel campamento, en lugar de ir a las excursiones que los monitores proponían a los niños, Lorenzo se iba al lugar en el que había visto a aquel peregrino para ver si se encontraba con más y también le decían las mismas cosas que deseaba escuchar.

Pero eran muy pocos los peregrinos que en aquellos años recorrían el Camino y solo dos días antes de abandonar aquel pueblo, pudo ver a otro solitario, este no se detuvo a hablarle, pero cruzó con él la mirada y pudo ver lo mismo que había percibido en el peregrino anterior.

Vio en aquella persona unos ojos limpios en los que a veces se llegó a imaginar que se reflejaban cada uno de los lugares por los que había pasado y desde ese momento, el siempre había soñado con experimentar las mismas sensaciones que había visto en aquella mirada.

Cuando ya se independizó, una de sus prioridades era colgarse la mochila sobre los hombros y disfrutar caminando como lo hacían los pocos peregrinos que en los días que estuvo en el campamento vio pasar, pero siempre había algo que se interponía en sus planes.

Unos meses antes de pasar por el albergue en el que me encontraba, decidió que su sueño no podía esperar más y dejó todas las cosas que tenía pendientes aparcadas y comenzó a vivir el sueño que durante casi medio siglo se había ido gestando en su interior.

Ahora, el estaba sintiendo lo que aquellos peregrinos le habían transmitido y de forma inexplicable, muchos de los lugares por los que pasaba, no eran completamente desconocidos, creía haberlos visto anteriormente, aunque no recordaba como ni cuando. Quizá fueran esos lugares que pudo ver a través de aquellas miradas.