almeida – 20 de mayo de 2014.

Difícilmente, el Camino deja de sorprendernos, posee esa magia que lo convierte en algo distinto a cuanto podamos conocer y los peregrinos que lo recorren van experimentando a cada paso que avanzan nuevas sensaciones y sobre todo nuevas experiencias que les ayudan a crecer como personas, porque esas vivencias, son las que van enriqueciendo a las personas que tienen la suerte de experimentarlas.

Pero también los hospitaleros nos vamos nutriendo de esas vivencias que nos van contando los que cada día llegan al albergue en el que nos encontramos y hacen que el trabajo que estamos realizando para buscar su comodidad, resulte tan fácil y sobre todo tan gratificante.

Llegaron hasta el albergue de Tábara una pareja de peregrinos de esos que te das cuenta enseguida que son diferentes a los demás. No sabes que los hace diferentes en ese primer contacto que tienes con ellos, pero según se va estableciendo una relación con el paso de las horas y vas conociéndoles un poco mejor, ratificas esa primera impresión que te han causado.

Se encontraban ya cerca de los setenta años y a pesar que estaban dando por finalizada su jornada, caminaban como si la estuvieran comenzando, iban caminando el uno al lado del otro y de esa forma entraron en el albergue.

Cuando me mostraron sus credenciales, pude comprobar que eran los primeros peregrinos que acogía en el albergue procedentes de Israel y la curiosidad comenzó hizo que quisiera saber algo más de aquella pareja, sobre todo, si como la mayoría de su país profesaban una religión diferente y si era así, deseaba conocer cual era el motivo por el que estaba recorriendo un camino de peregrinación cristiana.

Cuando ya se vencieron esas reticencias iniciales a los desconocidos fui conociendo su historia y sobre todo los motivos por los que se encontraban allí.

Samuel me comentó que años atrás, en uno de los muchos viajes que hacían juntos, su destino era España. Habían recorrido los principales lugares turísticos del país y cuando estaban visitando la catedral de Burgos le llamó poderosamente la atención ver constantemente personas con mochilas a sus espaldas y a pesar del cansancio que se percibía en sus cuerpos por el sudor que exhalaban, había una sensación de serenidad y de paz en las miradas de aquellas personas que le cautivo.

Continuaron sus vacaciones en Galicia y allí la cantidad de personas que habían captado su atención, fueron incrementándose de una forma extraordinaria, por lo que se interesó porque estaban recorriendo el país caminando en lugar de buscar otros medios de desplazamiento más cómodos.

Le fueron transmitiendo las sensaciones que sentían mientras caminaban hacia el poniente y todo cuanto estaba escuchando fue haciendo que viera aquellas personas como seres especiales, pero sobre todo, aquellas miradas limpias y llenas de paz, fue lo que más cautivo a Samuel.

De vuelta en su país, no podía quitarse de la cabeza las expresiones de aquellos rostros y fue interesándose e informándose más sobre el Camino de Santiago y un día, le propuso a Hanna recorrerlo juntos para ver si en el ocaso de sus vidas podían sentir las mismas sensaciones que observaron en aquellos peregrinos que vieron.

Pero Hanna no tenía el mismo entusiasmo que Samuel, ella pensaba que las personas que habían visto y con las que habían hablado, eran todas cristianas y estaban recorriendo un Camino de peregrinación en el que lo importante era la fe que los movía. Ellos eran judíos y jamás llegarían a sentir las mismas sensaciones que los cristianos.

Pero Samuel, a pesar de la negativa de Hanna, seguía adelante con su idea y decidió recorrer el Camino en solitario, aunque nunca estuvo solo. Desde el primer momento que puso sus pies en Roncesvalles, se encontró caminando con un grupo de personas que cada día que pasaba le resultaban más especiales, a pesar de ser de culturas y sobre todo de religiones diferentes.

Fueron tantas las sensaciones y sobre todo las emociones que tuvo en aquel Camino, que cuando llegó a Tel Aviv donde vivía, intentó transmitir a Hanna cada una de las vivencias que había tenido y mientras lo hacía, mostraba aquel brillo en los ojos que el año anterior había observado en los peregrinos con los que había conversado.

Hanna se sentía feliz de cuanto le estaba contando su marido, pero seguía siendo reacia a hacer esta peregrinación a pesar de la insistencia de Samuel. Como ocurría en su círculo más próximo, no comprendía como un judío, hacía una peregrinación a lugares santos de otra religión.

No se trataba de un rechazo motivado por las creencias religiosas, porque tanto Samuel como Hanna, profesaban el judaísmo, pero no lo hacían de una forma ortodoxa, eran tolerantes con las demás religiones porque les había tocado convivir con ellas y contaban con personas conocidas que eran cristianas o musulmanas, pero Hanna seguía pensando que había algo mas que el simple hecho de caminar y era la fe que guiaba a quienes lo hacían.

Al año siguiente, Samuel no quería quedarse sin sentir las sensaciones que había experimentado un año antes y regresó de nuevo solo a recorrer el Camino. Deseaba ratificar si lo que le había ocurrido el año anterior era fruto de la novedad o había algo más. También Hanna confiaba en que la euforia que tenía su marido por esta nueva aventura, le hiciera disminuir el entusiasmo con el que cada vez hablaba del Camino.

De nuevo, las sensaciones volvieron a ser especiales, seguramente, ese segundo Camino lo disfrutó tanto o más que el primero, porque se fue dando cuenta que a pesar que estaba haciendo el mismo recorrido que el año anterior, pasando por los mismos sitios y caminando con personas similares, nada era igual, todo estaba siendo diferente y aquella sensación, le cautivó todavía más que la primera vez.

Escuchándole nuevamente, Hanna, se dio cuenta que lo que Samuel le estaba tratando de transmitir no era fruto de una ilusión pasajera, había en el fondo de cada una de las palabras que le decía, un contenido que seguía sin comprender, pero ahora se estaba convenciendo que también ella quería sentirlo. Conocía muy bien a Samuel y sabía que todo cuanto le decía era fruto de un razonamiento meditado.

Al año siguiente, fueron juntos al Camino. Samuel la iba llevando a aquellos lugares que habían sido especiales para él y Hanna pudo sentir las mismas sensaciones que tantas veces le había contado Samuel.

En ese momento del relato, Hanna interrumpió a su marido y me confesó que había algo muy especial que Samuel no le había transmitido de sus dos caminos anteriores, pero ella estaba sintiendo y cuando se lo confesó a su marido, este le dijo que también él estaba experimentando esa nueva sensación.

Llevaban juntos mucho tiempo, desde que se conocieron en su juventud, no se habían separado nunca. Se querían, pero el amor que sentían el uno por el otro había ido evolucionando, ya no era lo mismo que cuando dependían el uno del otro, ahora se necesitaban, pero había pasiones que hacía mucho tiempo habían desaparecido de sus vidas.

Sin embargo, recorriendo este camino estaban comprobando que de nuevo, sus corazones volvían a latir al unísono y eso les hacía enormemente felices porque estaban recuperando esa vitalidad que habían tenido en su juventud que ya la creían pérdida.

A ese primer Camino, le fueron siguiendo otros y ya habían recorrido la vía de las estrellas en cuatro ocasiones y estaban convencidos que todavía les quedaban muchos años por delante para seguir experimentando esas nuevas sensaciones que cada Camino les estaba aportando.