almeida – 7 de marzo de 2015.

José María, es uno de esos párrocos de pueblo de los que ya quedan muy pocos, en parte por la falta de vocación que hay en esta profesión, pero principalmente por el entusiasmo con el que hace su trabajo.

                Es un cura joven, comparado con los que había en la provincia, la mayoría podía considerarle como su hijo si hubieran podido tener descendencia y algunos incluso le veían como a un nieto.

                Cuando salió del seminario, le asignaron uno de esos pueblos pequeños de Castilla. Era un lugar que apenas contaba con cien habitantes, pero a pesar de los pocos feligreses con los que contaba, José María, enseguida supo buscar la forma en la que todos los vecinos participaran en cuantas cosas proponía revitalizando aquel lugar en el que se había perdido la ilusión.

                La falta de relevo generacional hizo que en aquellos pueblos en los que el sacerdote se veía imposibilitado a seguir ejerciendo su doctrina o cuando fallecía un párroco, las iglesias se fueran cerrando o como ocurrió en esta ocasión se iba asignando al sacerdote más cercano el lugar que había quedado vacante para seguir atendiendo espiritualmente a los pocos feligreses que iban quedando en estos pueblos.

                De esta forma, José María se llegó a juntar con siete parroquias en las que tenía que realizar su trabajo para que no quedaran desatendidas.

                Aquello no representaba ningún problema para José María, era una persona muy activa ya que en los nuevos pueblos que le iban asignando fue poniendo en práctica todos los proyectos que estaban en su cabeza y enseguida se fue viendo una evolución muy positiva ya que quienes habían dejado de participar en las actividades que proponían los viejos curas, ahora colaboraban o se sentían obligados a colaborar en lo que José María les proponía.

                Fue organizando su tiempo y vio que le daba tiempo para todo, según comentaba en ocasiones el día es muy largo y si se organiza bien, se pueden hacer muchas cosas.

                Cada mañana se levantaba al amanecer y en su cabeza ya estaba toda la planificación de ese día. Celebraba una misa diaria en cada pueblo y por la tarde uno o dos rosarios, también cuando era época de catequesis, distribuía a los pocos niños que iban a recibir la primera comunión de tal forma que todos estuvieran suficientemente preparados cuando llegara el momento.

                Además se hacía cargo del albergue de peregrinos, de las actividades que programaba con los vecinos, incluso las excepciones, como eran los entierros o alguna boda tenían cabida en la programación que se había marcado.

                El único día que sentía que no llegaba a todo, era los domingos, ya que ningún pueblo quería privarse de la misa dominical y él tampoco deseaba que esos feligreses que iban creciendo cada año, se vieran decepcionados si suprimía alguna de ellas.

                Cada domingo, era una maratón, comenzaba a las ocho de la mañana y cada misa duraba media hora, disponía de un cuarto de hora para llegar al siguiente pueblo lo que suponía que cada tres cuartos de hora repitiera la operación que tenía que hacer siete veces todos los domingos y finalizaba a las dos y media, salvo los días que tenía que hacer alguna cosa excepcional como una boda planificada con tiempo, entonces pasaba dos misas para la tarde.

                Siempre andaba a la carrera y era frecuente que se dejara en algunos pueblos cosas olvidadas que necesitaba en el siguiente, pero era una persona de recursos y siempre lo solucionaba de una forma o de otra.

                Un día, cuando terminó la última de las misas, al recoger sus cosas para regresar a casa con la intención de comer y descansar, se dio cuenta que se había dejado la chaqueta con todas las cosas que en ella llevaba en uno de los pueblos, no recordaba en cual era por lo que decidió ir a comer y ya la recogería por la tarde.

                Cuando cogió su coche para volver a su lugar de residencia, en la carretera vio un control de la guardia civil, no era frecuente a esas horas, pero en uno de los pueblos se encontraban en fiestas y para evitar siniestros, en estas ocasiones se intensificaban los controles.

                José María, no reconoció a ninguno de los dos guardias que le daban el alto, eran dos jóvenes que habían sido destinados esa semana a la comandancia de la zona y por lo que pudo ver, hacían su labor con un celo excepcional.

                Aparcó el vehículo en el arcén y bajó la ventanilla saludando a uno de los agentes que se acercó a su lado. Éste debió percibir el olor a vino que se mezclaba con las palabras y le hizo salir del coche.

                -Baje usted del coche – dijo muy serio el agente – vamos a hacerle el control de alcoholemia.

                Al ponerle el medidor, el joven guardia tras explicarle cómo funcionaba aquel artilugio, le entregó una boquilla de un solo uso y le dijo que soplara. Después de soplar con fuerza, el marcador se puso en 1,25, superaba cinco veces el nivel permitido.

                -Ha bebido usted – le dijo.

                -Siete cálices de vino exactamente, soy cura y vengo de celebrar siete misas.

                -La documentación por favor – dijo sin inmutarse el guardia.

                En ese momento, José María, se dio cuenta que la cartera con la documentación la había dejado en la chaqueta que se había quedado en alguna de las parroquias.

                -Le puedo dejar la documentación del coche, pero la mía la he dejado en la chaqueta que se ha quedado en alguna de las iglesias.

                -Lo siento – respondió impasible el agente – tengo que sancionarle e inmovilizar el vehículo y como no podemos certificar quien es usted le llevaremos a la comisaría hasta que nos aporte la documentación.

                José María, no se lo podía creer, le explicó cuál era su trabajo, quien era, las personas que podían dar referencias suyas, solamente con ir a uno de los pueblos le dirían quien era. Pero el agente, seguía sin creer nada de lo que el infractor le estaba diciendo y después de dejar el vehículo bien estacionado le metieron en el coche policial y se lo llevaron al cuartel que se encontraba en uno de los pueblos grandes de la comarca.

                Cuando llegaron al cuartel, al bajar del coche, José María fue viendo a otros agentes que le resultaban conocidos y éstos, enseguida certificaron de quien se trataba la persona que llevaban detenida y se rieron del suceso que acababa de ocurrir.

                Desde ese momento, cada vez que celebra una misa, procura escanciar en la copa más cantidad de agua que de vino para no volver a pasar el mal trago que tuvo que pasar aquel día hasta que se aclaró todo lo que había acontecido.