almeida – 19 de septiembre de 2014.

Algunas personas, se convierten en esa parte del Camino que solo unos pocos comprenden, están siempre donde se les necesita y únicamente aparecen cuando saben que son necesarios. Son esos anónimos sin los que el Camino habría perdido una parte de esa esencia que lo ha convertido en lo que es.

No es necesario decir donde se encuentran porque pueden estar en cualquier lugar del Camino, yo he tenido la suerte de poder compartir unos minutos con ellos en muchos sitios de todos los caminos y he de confesar que me he enriquecido personalmente con cada uno de estos encuentros.

Su humildad, no les permite ver que lo que hacen es importante porque para ellos es algo normal, pero los peregrinos a quienes alivian en ese momento tan necesario, nunca les olvidarán, se quedarán en ese recuerdo que pasado el tiempo conserven de ese Camino.

La historia que a continuación describo pudo ocurrir en cualquier lugar de cualquier Camino, pero en esta ocasión fue en ese lugar mágico de Caparra, junto al arco cuadriforme bajo el que pasan los peregrinos y en los meses de calor, algunos buscan esa sombra que les alivie de las inclemencias con las que el tiempo acompaña a los peregrinos en esos parajes tan solitarios y extremos de Extremadura.

Ella, sabía a la hora que todos los días pasaban los peregrinos por aquel lugar, algunos deambulaban exhaustos por la deshidratación que se estaba produciendo en sus cuerpos por la falta de agua que en los últimos kilómetros no habían podido ingerir por no tener ningún lugar en donde conseguirla.

Pero, allí estaba ella, ese ángel del Camino que suele aparecer en los momentos más desesperados y siempre tenía unas botellas de agua que los sedientos peregrinos tragaban sin apenas saborear.

Ese día, a diferencia de los anteriores no había apenas peregrinos en el Camino, pero ella sabía que siempre llegaba alguien y los más necesitados eran los que accedían más tarde, por eso, esperó, no tenía prisa.

Percibió entre la bruma que producía a esas horas el calor, la silueta a lo lejos de una persona, según iba avanzando se dio cuenta que era una mujer que venía caminando sola y salió a su encuentro y cuando se encontró frente a ella, extendió su mano ofreciendo la botella;

-¿Necesita agua?

-¡Gracias! – dijo la recién llegada mientras sus ojos se bañaban en lágrimas por aquel gesto de generosidad que la desconocida le había obsequiado.

Cuando sació su sed, se sentaron en una de las viejas piedras del arco y mientras daba pequeños sorbos entre un agradecimiento y otro, fue abriendo su corazón a ese ángel que estaba allí por alguna razón y compartió esa historia que llevan algunos peregrinos que en ocasiones como ésta, llega a ser terrible para quien tiene que soportarla.

La peregrina realizaba aquella peregrinación por su hijo y estaba resultando muy dura para ella que no estaba acostumbrada a recorrer distancias tan largas y a hacer esfuerzos que a veces la dejaban sin aliento, pero sabía que tenía que seguir adelante, era preciso terminar aquella penitencia porque así se lo había dicho a su hijo y aquella promesa se había convertido en la última esperanza.

Su hijo siempre le había hablado con mucha pasión del Camino y había hecho mil planes para recorrerlo que se fueron truncando uno tras otro hasta que llegó ese momento en el que comenzó a ser consciente que era un sueño que no podría ver nunca realizado porque le habían detectado una enfermedad terminal y se estaba muriendo.

Fue entonces cuando la madre le propuso que ella haría el Camino que tanto había soñado, lo haría por él y sería ella la que convertiría en realidad ese sueño.

Pero estaba resultando mucho más duro de lo que se había imaginado y muchos días la incertidumbre se adueñaba de ella pensando que sería incapaz de cumplir esa promesa que le había hecho a su hijo como le estaba ocurriendo minutos antes de que ella apareciera cuando se encontraba a punto de abandonarlo todo porque se hallaba exhausta y sin fuerzas ni ánimos para seguir adelante.

Pero es en esos difíciles momentos cuando los peregrinos aseguran que Santi siempre provee y en esta ocasión puso en su camino ese ángel que le ofreció lo que en ese momento necesitaba para levantar el ánimo y seguir adelante.

Bajo las milenarias piedras de Caparra, los dos ángeles se abrazaron conscientes que aquel encuentro no había sido casual, los dos lo necesitaban y siempre lo recordarían porque son esos momentos especiales en el Camino que no se olvidan y hacen que la magia siga sin perderse.