Muy pocos serían capaces de darle una explicación que pueda resultar lógica para todos los demás, algunos seguramente lo atribuirían a ese efecto que suele producir en muchas ocasiones la fe, sin embargo otros que ahondan un poco más en la lógica de la razón buscarán en las leyes de la física, esa que asegura; que la energía ni se crea ni se destruye solo se transforma, es una teoría en la que han profundizado y debatido los mayores sabios de la física, pero para nosotros, los más modestos, no hacen falta tantas especulaciones ni elucubrar con teoremas y principios de mecánica cuántica para ser capaces de percibir esa energía positiva, de sentir que se encuentra a nuestro alrededor, porque un día fue inundándolo todo y se quedó allí para siempre, en forma de lecciones y de enseñanzas que difícilmente el paso del tiempo puede llegar a borrar, porque se quedan para siempre en el lugar en el que fueron depositadas.

Leticia Rosino, era una niña que cuando llegaba la primavera, siempre soñaba con esos días que pasaría disfrutando de la libertad del campamento al que sus padres la llevaron en Sejas de Sababria. Allí en plena naturaleza daba rienda suelta a todos los juegos que durante los últimos días del colegio, esos en los que hay que darlo todo para que las notas ratifiquen todo el esfuerzo que se ha realizado a lo largo del año no se han podido hacer como una niña tanto desea.

El paraje del Campamento de Sejas de Sababria se encuentra enclavado en plena naturaleza, allí donde se respira el aire más puro y donde la fauna y la flora hacen que la mente de una niña comience a ir creando esos sueños que van forjando el carácter que perdurará a lo largo de toda la vida.

El campamento era una iniciativa que promovía y fomentaba don Francisco Díez, D. Paco, como le conocen todos los niños, un sacerdote de Tábara que sabía lo que los más pequeños necesitaban, era un proyecto que nació del seno de la parroquia y representaba el lugar ideal para esa convivencia tan necesaria entre los más pequeños en la que aprenden esos valores tan importantes en la vida y sobre todo, aprenden como compartir las cosas con los demás.

 Fue pasando el tiempo y Leticia se fue haciendo mayor, pero su vinculación con el Campamento no decayó en ningún momento y cuando ya no podía asistir como una niña más, los que organizaban el campamento vieron en ella esas dotes de los elegidos, de los que saben cómo dirigir y sobre todo, de inculcar a los demás los valores que ellos poseen y se hizo monitora para dedicar una parte de sus vacaciones a los demás.

Pasó varios años en el Campamento enseñando a los más pequeños esos valores que son tan importantes en nuestra vida y mientras lo hacía, casi sin darse cuenta, o quién sabe si consciente de ello, fue dejando en este lugar esa energía positiva que llevamos dentro, esos valores que con el paso del tiempo llegan a ser un ejemplo para los demás, aunque estos no hayan conocido nunca a quien los fue dejando, pero seguro que les han hablado de ellos y muchos de los niños y niñas que han pasado por este campamento, seguro que como Leticia, sueñan que cuando sean mayores querrán seguir el ejemplo que ella fue dejando, porque en el ambiente se va percibiendo que es bueno.

Leticia se hizo mayor y fue dejando parte de su compromiso con el Campamento, aunque nunca se desvinculó del todo y si alguna vez se la necesitaba para lo que fuera, ella siempre estaba dispuesta a acudir a la llamada que don Paco le hacía, cuando necesitaba de ese don especial que Leticia poseía para inculcar a los más pequeños los valores que se tratan de potenciar en el Campamento.

Cada verano, cerca de un cuarto centenar de jóvenes acuden a los campamentos de Sejas de Sanabria, lo hacen en dos turnos de unos 125 niños en cada uno de ellos y para la mayoría representa ese premio al esfuerzo de todo un año, porque como Leticia, también los más pequeños se desfogan de las normas y la disciplina que tienen mientras dura el curso, porque aunque en los Campamentos una de las normas de convivencia es la disciplina y el respeto a los demás y al medio ambiente, pero resulta una disciplina más llevadera.

Los monitores como Leticia, enseñan a los niños a disfrutar de la flora tan especial y diferente que hay en este pequeño paraíso del noroeste zamorano y también de la abundante fauna que la naturaleza puede mostrarnos en cada uno de los recodos de los lugares por los que diariamente van disfrutando de todas las actividades que para ellos se programan.

El año pasado, el primero sin tener a Leticia con nosotros, el sacerdote y los participantes en el campamento, quisieron hacer un homenaje a la monitora que tanto había dejado en aquel lugar y tuvieron un recuerdo muy especial para Leticia.

Este año, también se ha querido que el recuerdo de Leticia se encuentre presente en los campamentos, que todos puedan sentir y hasta palpar esa energía que fue dejando en cada uno de los rincones de un lugar muy especial para ella, y el día 4 de agosto se ha celebrado una multitudinaria eucaristía en la que no faltó nadie y donde Leticia estuvo más presente que nunca, porque se encontraba en cada momento en la mente y en el corazón de cada uno de los asistentes.

Finalizada la misa, el sacerdote junto a Inma, la madre de Lety, descubrió  una placa que se había confeccionado para que además de la esencia y la energía de Leticia, su recuerdo se encuentre siempre en aquel lugar, pensando sobre todo en los que han de venir que no llegaron a conocerla y de esa forma se interesarán por conocer la vida y trabajo de quien tanto se preocupó por los demás, porque aunque se haya ido, aunque nos la hayan arrebatado vilmente, siempre nos quedará todo lo que ella nos dejó, que eso permanecerá para siempre.

Reflexiones de D. Paco al final de la Misa:

Voy a seguir creyendo,

Aun cuando la gente

Pierda La esperanza.

Voy a seguir dando amor,

aunque otros siembren odio.

Voy a seguir construyendo,

aún cuando otros destruyan.

Voy a seguir hablando de Paz,

aún en medio de una guerra.

Voy a seguir iluminando,

aun en medio de La oscuridad.

Y seguiré sembrando,

aunque otros pisen La cosecha.

Y seguiré gritando,

aún cuando otros callen.

Y dibujaré sonrisas,

en rostros con lágrimas.

Y transmitiré alivio,

cuando vea dolor.

Y regalaré motivos de alegría,

donde solo haya tristezas.

Invitaré a caminar

al que decidió quedarse.

y levantaré los brazos,

de los que se han rendido.

Porque en medio de la desolación,

siempre habrá un niño que nos mirará

esperando algo de nosotros,

y aun en medio de una tormenta,

por algún lado saldrá el sol.