almeida – 18 de septiembre de 2014.

Después de una semana de Camino, se había ido formando ese grupo de media docena de peregrinos que al finalizar cada jornada se buscaban

para compartir esos momentos en los que tantas cosas se comparten con los que se encuentran contigo. Los momentos difíciles de la jornada, el duro repecho que han tenido que superar o el excesivo calor que hacía cuando el sol se encuentra en lo más alto y aprieta con fuerza. Aunque también había momentos de felicidad que eran los más recordados y los más celebrados; ese remanso del río, esa vista inigualable o una conversación con el pastor que cuidaba su rebaño al lado del Camino.

 

Las sensaciones estaban siendo distintas porque cada cual las recibía a su manera y como no caminaban juntos, a cada uno le llegaban de una forma diferente.

Salían siempre juntos del albergue y en los primeros metros caminaban conversando animadamente. Todos, menos Antonio, que salía siempre media hora antes que los demás y el grupo respetaba esa costumbre aunque no la comprendían hasta que un día, el resto también adelantó su salida y fueron caminando un buen rato detrás de él.

Antonio, llevaba en su mano derecha un rosario y durante media hora iba rozando las cuentas del rosario mientras su mirada parecía perdida y sus labios rítmicamente murmuraban algo que ninguno pudo comprender.

Siendo consciente de la curiosidad que había sembrado entre sus compañeros de Camino por su comportamiento tan extraño, una tarde, decidió abrir su corazón y compartir la pena con la que estaba recorriendo este camino que siempre había soñado que sería muy diferente.

Cada mañana durante media hora buscaba la compañía de su hijo, era con quien había soñado siempre hacer este Camino, pero con 32 años se había matado en un accidente y ese sueño también se vio cercenado en el asfalto de la carretera.

Pero Antonio le había prometido a su hijo que un día recorrerían juntos el Camino y desde que se vio separado del ser más querido, se propuso recorrerlo él solo, aunque no se encontraría nunca solo porque sabía que la presencia de su hijo le acompañaría en todo momento.

Fue viendo como sus planes debieron posponerse, primero fue por tener que hacerse cargo de su nieto que le ocupaba todo el día y no deseaba dejar la responsabilidad que había adquirido a nadie y cuando parecía que todo se había solucionado porque el niño ya podía quedarse con unos familiares, en una de las revisiones periódicas, le detectaron una leucemia que truncó de nuevo sus planes.

Después de someterse a un duro tratamiento, el cáncer en la sangre fue remitiendo hasta que consiguió erradicarlo por completo y superadas estas adversidades, por fin pudo comenzar ese proyecto que había quedado larvado durante tanto tiempo.

Alguien del grupo, se atrevió a preguntar si realmente sentía que su hijo le acompañaba en el Camino que estaba haciendo. Antonio le miró fijamente a los ojos y sin dudarlo le dijo que cada mañana, desde que abandonaba el albergue, sentía a su lado la presencia de su hijo, ningún día había estado solo mientras caminaba y en algunas ocasiones sentía en su interior los consejos que le daba porque realizaba cosas contrarias a su pensamiento y al reflexionar sobre ellas estaba convencido que le habían sido reveladas por quien conocía las respuestas.

Nadie volvió a preguntar a Antonio por esa media hora en la que cada jornada se convertía en algo muy especial para él y dejaron que siguiera caminando con quien más deseaba hacerlo.