almeida – 18 de abril de 2014,

No cabe duda, que llevar la casa a cuestas, en ocasiones es muy complicado, sobre todo cuando estamos acostumbrados a tener a nuestra mano todo cuando necesitamos y solo es necesario ir hasta el lugar que le hemos asignado.

Pero, cuando te encuentras fuera de casa durante varias semanas, todo el orden que mantienes se ve trastocado y no digamos, si tienes que llevar todas tus cosas en una pequeña mochila. Si no asignas desde el principio el lugar en el que debe estar cada cosa, puede resultar desesperante buscar algo porque cada vez que lo haces debes remover todo lo que se encuentra dentro de la mochila.

Hay peregrinos excesivamente desordenados y resulta siempre muy curioso verles buscar algo, porque para encontrarlo, primero deben vaciar la mochila por completo, curiosamente siempre lo que se busca es lo último que aparece.

Llegaron al Albergue de Tábara dos peregrinos jóvenes, era su primer camino y sobre todo para uno de ellos, todo estaba resultando nuevo y en ocasiones un poco complicado porque todavía no se había acostumbrado a saber donde se encontraba cada una de las cosas que llevaba.

Nada más llegar al albergue, para encontrar su credencial, con paciencia fue sacando cada cosa de la mochila dejándola en el suelo y como no podía ser de otra forma, la credencial fue lo último que le apareció.

Después de la ducha, le vimos removiendo la litera que se le había asignado y viendo lo desesperado que se encontraba, le preguntamos que era lo que estaba buscando y nos dijo que le habían desaparecido los calcetines que tenía que cambiarse.

No es normal que en un albergue desaparezcan cosas, aunque a veces puede ocurrir, pero lo que nadie va a coger de otra persona, son los calcetines o la ropa interior, por lo que le dijimos que buscara bien ya que tenían que estar en algún lado.

Pero la búsqueda de los calcetines resultó un misterio, porque no aparecían por ningún lado a pesar de remover casi todo el albergue.

Le ofrecimos unos que se había dejado el día anterior un peregrino que se parecía bastante a él. Estaban casi nuevos y además eran de su medida, por lo que los aceptó hasta que encontrara un sitio en el que comprar otros nuevos.

A la mañana siguiente, cuando ya se disponía a comenzar una nueva jornada, fue a ponerse una prenda de abrigo para hacer frente al relente de la mañana y tampoco le aparecía. Él aseguraba que lo había dejado encima de la litera y de nuevo comenzamos a remover todo sin éxito. Algunos de los peregrinos fueron sacando las cosas que habían guardado en sus mochilas, pero la prenda no aparecía ni estaba en la mochila de nadie.

Aquello resultaba casi un misterio y dimos por perdida de forma inexplicable aquella prenda, porque donde el joven aseguraba haberla dejado, por más que miramos no se encontraba.

Como todas las mañanas, mientras los peregrinos hacían los últimos preparativos antes de salir, fui preparando las cosas para hacer la limpieza y al coger la fregona, en el perchero de la ducha, allí se encontraba su prenda. Dejé lo que estaba haciendo y fui a entregársela y en ese momento vi que los calcetines, también se encontraban en el cubo de la fregona.

El peregrino se marchó muy contento, porque desde que llevaba caminando no había encontrado ningún lugar en el que se ofreciera acogida a la antigua usanza y antes de salir, nos dijo que volvería al albergue, le estaba gustando tanto lo que estaba haciendo que regresaría acompañado de su novia para que ella también experimentara las sensaciones que ofrecía el Camino.

Le comenté que volviera cuando lo deseara, pero viendo lo que le había estado ocurriendo desde que llegó, era mejor que lo hiciera sin su novia, más que nada, para evitar que también la dejara extraviada en cualquier lugar del Camino.