almeida – 14 de mayo de 2014.

Siempre resultaba una sorpresa cada vez que por la noche, en la pequeña capilla, distribuíamos entre los peregrinos los deseos, que habían dejado quienes les precedían, para que fueran leídos y compartidos por quienes se encontraban allí ese día.

Generalmente, podían aludir a cualquier problema personal, a cualquier deseo de mejoría o, simplemente, a que el Camino les ayudara a encontrar esa respuesta que estaban buscando y eran conscientes que, si un día llegaban a encontrarla, solo lo podían hacer en el Camino.

No solían ser muchas las notas que se leían en castellano ya que la mayoría de los días predominaban los peregrinos extranjeros, pero ese día contábamos con cinco peregrinos de la península, por lo que decidí anotar los deseos que se iban a leer.

Uno pedía por su padre, estaba haciendo el Camino para tratar de ayudarle, deseaba que su adicción a la bebida fuera desapareciendo porque quería volver a verle de nuevo como un día le conoció y haría todo lo que fuera necesario para que su deseo pudiera cumplirse.

Otro deseo estaba firmado por una pareja, estaban peregrinando en agradecimiento por ese hijo que les había sido concedido. Aunque todavía no le conocían, se trataba de un niño huérfano africano y esperaban poder abrazarlo muy pronto y que les quisiera como ellos ya le querían a él.

Una de las peticiones resultaba algo más divertida y, cada vez que era leída, hacia que los peregrinos que comprendían lo que ponía sonrieran e incluso llegaban a reírse por lo que decía.

En la nota, pedía por su mujer, porque le siguiera queriendo como lo hacía hasta ahora, también pedía por su novia que, según él, era muy atractiva y también una petición especial por su amante para que le comprendiera y no le censurara cada vez que se veían.

Había un papel que conmovía a la mayoría ya que lo había escrito un peregrino que tenía una enfermedad incurable y era consciente que se estaba acercando su fin.

Era una nota muy serena, quién la escribía, tenía asumido su destino, lo afrontaba con la serenidad y la calma, que solo aquellos que tienen su conciencia tranquila y están en paz con Dios y sus semejantes, pueden hacerlo.

La última nota que se leyó, estaba escrita por un abuelo. Pedía en su nota por su nieta, para que pudiera superar el cáncer que le habían detectado. Él se ofrecía en su lugar y pedía que todos los males se le pasaran a él, para que su nieta, que tenía toda la vida por delante, pudiera disfrutar de ella porque era buena y se lo merecía.

Todas las notas, escritas en todos los idiomas, conformaban una babel de deseos, que se encerraban en la pequeña urna en la que se guardaban todos los sentimientos que cada día recorren el Camino.

Quien observe el paso de los peregrinos, la primera vez que contemplen aquel desfile de peregrinos, deben pensar que cada uno de esos peregrinos representa un deseo y un sentimiento, que de forma anónima, va recorriendo este Camino con su carga y su peso silencioso; que es personal e intransferible.

Decidí anotar algunos deseos, que aunque no se hubieran leído, se encontraban también en la urna:

Yo no soy religioso, pero hay algo en el Camino que, conforme pasan los días, eres más persona. Yo que me considero una buena persona, sé que lo soy más que en la vida cotidiana… Ojala podamos estar con este espíritu durante toda la vida, tendríamos un mundo mejor”.

 

“Tengo una vida bastante cómoda, pero no soy feliz. Pido encontrar esa paz interior que no veo en muchas personas.

El Camino saca lo mejor de mí, aquí si me escucho bien y quisiera trasladar esas ganas de vivir al resto de mi vida”.

 

“El Camino es una escuela y esto es lo que voy a aplicar en la vida. Todo lo que aquí estoy aprendiendo”.

 

“No vine al camino a pedir nada. La curiosidad fue la que hizo que fuera descubriendo vidas e historias para reflexionar sobre mi futuro.

Sabed de verdad que no es un camino, es una estela de pasos y sueños”.

 

“Señor, hago este camino para que me perdones, me perdone y sepa perdonar, para encontrar mi lugar y quizá olvidar quien fui y entender quien soy”.

¡Ultreia et Susseia!”

Pero, de todas las notas, hubo una que me llamó la atención por su sencillez, yo diría que hasta me impresionó. Fue la que decía lo siguiente:

“Señor, si no creo en ti… porque me acompañas y me guías durante mi camino…”

 

En apenas dos líneas, dejaba bien expresado todo lo que el Camino estaba significando para quién la escribió y también los cambios que estaba experimentando.