almeida – 31 de octubre de 2014.

Jorge era un hombre feliz. A sus cuarenta años la vida le sonreía. En su vida profesional era una persona de éxito envidiado por sus colegas de profesión y en el aspecto per­sonal era muy feliz junto a su compañera Elena con quien convivía desde hacía casi diez años en una pequeña pobla­ción de la Costa Cantábrica. Únicamente echaban en falta un retoño que correteara por la casa, pero ese era su si­guiente objetivo. Ya lo habían hablado y estaban de acuerdo en que era el momento de ver cumplido también ese sueño.

Como todos los miércoles desde hacía varios años, a las doce se reunía con tres amigos de la infancia para jugar un partido de frontenis. Era su válvula de escape que le ayuda­ba a soltar la agresividad que acumulaba durante la semana y le permitía mantener una forma física envidiable.

Ese día falló algunos tantos muy claros. Sus amigos bromeaban censurándole los excesos de noches anteriores, pero Jorge notaba un agarrotamiento que ya había detecta­do días atrás, pero ahora se manifestaba de forma ostensi­ble.

No quiso comer como era costumbre después de cada partido. Se fue directamente a ver a un amigo que regenta­ba una clínica privada. Tras exponer los síntomas que tenía, fue sometido a un minucioso chequeo (análisis, placas, re­sonancia…). No dejaron ninguna parte de su cuerpo sin so­meterla a un minucioso análisis.

Tras varios días de angustiosa espera, llegó el día fijado para ver los resultados. Jorge le pidió a su amigo que si ha­bía detectado algo malo, se lo dijera sin andarse con rodeos. El gesto del médico no hacía presagiar nada bueno. Al final con toda la suavidad y el tacto que en estas circunstancias la experiencia le había enseñado, le dijo que padecía una en­fermedad llamada Esclerosis Lateral Amiotrófica, una rara dolencia degenerativa que va agarrotando los músculos del cuerpo, hasta que los órganos vitales se ven afectados y el resultado final es irreversible.

En poco tiempo comenzaría a acelerarse su desarrollo, dejando a quien la padece en una situación de dependencia completa y no se conocía ningún tratamiento que frenara su desarrollo.

Aquello fue un mazazo para Jorge. ¿Cómo le daría la noticia a su querida Elena? Aún le preocupaban más sus padres, que vivían en el otro extremo del país y debido a su avanzada edad probablemente no podrían superarlo.

Decidió darles la noticia personalmente desplazándose hasta Sevilla, pero en lugar de hacer el viaje en avión desde el norte, lo haría hasta Madrid, allí cogería el tren de alta velocidad. Esa velocidad con la que avanzaba la enfermedad que le estaba matando.

Ocupó su asiento en el AVE y a su lado se sentó una jo­ven que parecía haberse escapado de una comuna hippie de los años sesenta. Vestía muy informal, aunque su rostro era radiante y transmitía esa serenidad que a Jorge le fal­taba.

La primera hora de viaje, Jorge la pasó ojeando unas revistas que había adquirido en el kiosco de la estación, pe­ro estaba ausente. Su mente estaba centrada en la terrible noticia que le habían dado y que no le permitía pensar en otra cosa.

La joven le preguntó si iba como ella hasta Sevilla. Jorge de forma mecánica asintió con la cabeza y sin pensar balbuceó preguntándole que de dónde venía. A la joven se le iluminaron los ojos y con una voz mezcla de orgullo y satisfacción, le dijo que era peregrina y regresaba de Finisterre. Había realizado un camino de ensueño que había cambiado su vida, le estaba haciendo ver las cosas de otra forma, valorando los pequeños detalles a los que antes no les daba importancia.

En el resto del viaje, la joven, a veces de forma atrope­llada, le contaba las mil vivencias que había tenido en el mes que había estado en el camino. Jorge la miraba no dando crédito a todo lo que escuchaba y lo más sorprenden­te era que se había pasado varias horas sin que en un solo instante su mente se viera angustiada por el terrible secreto que guardaba.

Cuando se despidió de la joven en la estación de Santa Justa, notó que su angustia había desaparecido. Aquel ca­mino mágico plagado de estrellas tenía que recorrerlo antes de que fuera demasiado tarde y si conseguía que algo de la felicidad que la joven irradiaba penetrara en su alma, segu­ro que el resto de los días que le quedaban de vida los lleva­ría con otra fortaleza.

Cuando regresó a casa se reunió con Elena y su amigo el médico para exponerles su proyecto. Estaba decidido a en­contrar esa vitalidad que la joven le había transmitido. La postura de sus interlocutores, contraria al proyecto y las advertencias del especialista sobre los contratiempos que podía tener, no le hicieron variar un ápice de su decisión.

Como el destino le había puesto en su camino a la joven sevillana, decidió hacer el mismo itinerario que ella y sa­liendo desde la ciudad del Guadalquivir se dispuso a reco­rrer la Vía de la Plata.

A pesar de su preparación física, ya había perdido parte de su fortaleza. Algunos días en las llanuras extremeñas debía ajustar las jornadas a su precaria condición, incluso alguna jornada la pasó en el albergue tumbado en la litera sin poder comenzar la etapa.

Al llegar a tierras castellanas se encontró con una pere­grina que admiraba los hermosos canalillos de la iglesia del pueblo. Al verla de espaldas le recordó a su querida Elena. Debía contar unos treinta años y su cuerpo, su cabello y sus ojos eran una copia de la compañera que desde casa sufría en silencio la locura que estaba haciendo Jorge, y aunque cuando hablaban por teléfono varias veces al día ella trata­ba de ser fuerte y no transmitir su angustia a través de las ondas, Jorge percibía el sufrimiento que estaba teniendo su compañera.

La peregrina con la que ahora caminaba se llamaba Katherina, era nórdica y desde que a los veinte años puso por primera vez sus pies en el camino, cada año el embrujo del camino le hacía volver a caminar por el sendero de las estrellas, por lo que dominaba perfectamente nuestro idioma.

Cuando llevaban tres días juntos, una eternidad para la convivencia con otro peregrino en la que llegas a conocerle de forma profunda, después de cruzar el Duero, mientras comían un bocadillo en el bar de un pequeño pueblo, Katherina le preguntó por el mal que había percibido a través de su triste mirada. Jorge, que no había contado a nadie su incon­fesable secreto, se derrumbó y con lágrimas en los ojos le comentó la terrible tragedia que llevaba a cuestas desde hacía varios meses. Katherina trató de consolarle, le dijo que conocía su dolencia y sus efectos. Le habló de los sín­tomas que para Jorge cada día eran nuevos. Ante la extra­ñeza de éste, ya que de no tenerla como una compañera de viaje nunca deseada, jamás hubiera conocido esta enferme­dad a pesar de considerarse una persona culta.

Katherina le explicó que su hermana gemela estaba especializada en esta enfermedad y formaba parte de un equipo que estaba investigando sobre ella. En el laboratorio de Estocolmo donde trabajaba, habían logrado detectar la mutación que la causaba y contaban ya con algunos avances que aún no eran públicos a no haber sido contrastados.

Llamaron por teléfono a la hermana de Katherina y concertaron una cita diez días después. Como se encontraban a siete jornadas de Santiago, decidieron terminar el camino y hacer la reserva del vuelo que un día antes de la cita les dejaría en la capital sueca.

El diagnóstico coincidía con el que ya le habían dado a Jorge, pero había una mínima posibilidad de conseguir bloquear el glutamato causante del avance de la degeneración, era un tratamiento largo, sin garantías, y Jorge actuaría de conejillo de indias, pero ante la situación desesperada en la que se encontraba, asumió todos los riesgos que este pudiera conllevar.

Elena estaba todos los días con Jorge. Ahora vivían en casa de Katherina, quien seguía radiante porque en los momentos de alegría tenía con quien hablar del camino, de las sensaciones que en él experimentaban y sobre todo de esa magia que les había cambiado sus vidas.

A los cuatro meses, se produjo el milagro. De los cinco pacientes que estaban siendo sometidos al tratamiento sólo Jorge había conseguido bloquear el avance de la enferme-dad. Se quedó un mes más para ratificar el resultado y una vez confirmado, radiante abrazaba a todos los que habían obrado el milagro y llenaba de besos a Katherina que había sido el medio para lograrlo. Ella resplandecía con un halo misterioso que Jorge percibió en su plenitud y esplendor.

Cuando regresaron a casa Jorge habló con Elena. Lo había pensado mucho y creía que el camino había producido un milagro, no el de su curación, que era causa de la ciencia, sino que fue el medio que le puso al lado de la pere­grina sevillana y en el camino había encontrado un ángel que le puso en contacto con quienes contaban con los me­dios, por lo que debía devolverle al camino lo que éste le había dado, dedicaría su vida al camino y esperaba que ella le acompañara.

Elena al ver la luminosidad y la felicidad del rostro que tenía a su lado, sin decir nada asintió con una dulce sonrisa que posó en los labios que le habían hablado con tanta ternura.

Buscaron una casa que acondicionaron como albergue de peregrinos y desde entonces Jorge y Elena transmiten la felicidad que encierra el espíritu del camino a todos los pe­regrinos que la suerte o el destino hacen que la jornada termine en su albergue y solo a unos pocos elegidos le cuen­tan su historia, aquellos que cuando hablan con Jorge le permiten ver su interior cuando únicamente con la mirada intercambian sus sentimientos.