almeida – 22 de mayo de 2016.

Cada año el auge que experimenta el camino es espectacular. Los crecimientos son continuos,

pero qué poco tienen que ver muchos de los peregrinos que nos encontramos hoy sobre esta senda que nació con una misión muy concreta con aquellos que lo recorrían hace tan solo unas décadas atrás.

            Desde que realicé mi primer camino, he tratado de no juzgar nunca a aquellos que lo recorren sea cual sea su motivación, la forma en la que lo hagan o la planificación que lleven cada día. ¿Quién soy yo para juzgar a los demás?, si ni siquiera sé juzgarme a mí mismo. Una vez se me ocurrió cuestionar a un peregrino que estaba en el mismo albergue y enseguida comprobé que había metido la pata ya que no supe apreciar que tenía los pies planos y desde ese día me prometí que nunca más volvería a cuestionar a nadie.

            Desde entonces he procurado ser fiel a mi promesa y cuando he caminado como peregrino, siempre he tratado de ver las cosas buenas de quien caminaba a mi lado y cuando he estado de hospitalero también lo he hecho, siempre que se cumplieran las normas del albergue en el que me encontraba.

            Pero hay situaciones que a veces resultan un tanto irregulares y sobre todo cuando tienes la obligación de acoger a los que llegan al albergue en el que te encuentras. Tienes que ser en ocasiones tajante con aquellos que ya se han saltado algunas normas, sobre todo cuando actúan perjudicando a los demás.

            Me encontraba en uno de los muchos albergues que jalonan el camino de la costa. Éste se ha convertido en los últimos años en uno de los que más auge está teniendo y la media de edad de quienes lo recorren suele ser más baja que en el resto de los caminos.

            El lugar en el que me encontraba solía ser final de etapa. Los peregrinos que habían comenzado a caminar esa jornada, recorrían veintitrés kilómetros y quienes se encontraban cansados por la dureza de la orografía paraban cuatro kilómetros antes. Aquellos que aún se sentían con fuerzas, hacían nueve kilómetros más y llegaban hasta el siguiente pueblo, pero la mayoría tenían planificado parar en el lugar en el que yo me encontraba.

            Era un albergue humilde, contaba con treinta y dos camas y como estábamos en temporada de vacaciones, la mayoría de los días se llenaba y teníamos que ubicar a algunos peregrinos en el suelo ya que no estaba dispuesto a dejar a nadie en la calle durmiendo a cielo abierto.

            Un día me avisaron que en la población de la que salían los peregrinos para llegar a mi albergue, se había detenido un grupo de catorce jóvenes, por lo que al día siguiente les recibiría yo.

            Esa mañana estuve pendiente de su llegada por si venían con coche de apoyo o habían realizado el recorrido en autobús. Pero fue pasando el día y no vi rastro del grupo, por lo que me imaginé que la etapa había resultado muy dura para ellos y se habían detenido en el albergue que había cuatro kilómetros antes y que al día siguiente pasarían de largo.

            La siguiente jornada, una hora antes de abrir el albergue, ya había una fila de veinte mochilas esperando y cuando fui a avisar a los peregrinos que en quince minutos abríamos, quince mochilas más estaban sin orden alguno, se encontraban agolpadas a la puerta del albergue y junto a ellas el grupo de quinceañeros a su lado.

            La situación era un tanto complicada, antes que abriéramos el albergue, ya se encontraba completo, pero cada joven venía con su mochila y no había ninguna señal de coche o furgoneta de apoyo. No obstante, quise asegurarme y pregunté a uno de los jóvenes:

            -¿Venís con coche de apoyo?

            -No – respondió – venimos caminando.

            -Pero teníais que haber llegado ayer.

            -Pues hemos llegado hoy – respondió una joven del grupo.

            -Si habéis llegado hoy, significa que solo habéis hecho una etapa de cuatro o cinco kilómetros – dije.

            -Sí, es lo que hemos caminado – respondió uno de los jóvenes – pero venimos andando con la mochila.

            -Pues si habéis recorrido esa distancia, os aconsejo que caminéis nueve kilómetros más hasta el siguiente albergue y si no, dormiréis en el suelo, no ocupareis una cama que necesitará un peregrino que haya recorrido cinco veces más distancia que vosotros – les dije- las camas son para los peregrinos.

            -Pero nosotros también somos peregrinos – protestó uno de los jóvenes.

            -Sí – dije – pero sois otro tipo de peregrinos, vais haciendo turismo barato por el camino y no es justo que ocupéis una cama que otros, mucho más cansados que vosotros van a necesitar, porque ellos se la habrán ganado.

            A regañadientes, extendieron sus esterillas y los sacos de dormir sobre el lugar que les había asignado y aunque ese día se quedaron tres o cuatro camas sin ocupar, las guardé hasta última hora por si llegaba alguien muy rezagado y pudiera necesitarlas.

            Durante toda la tarde y por la mañana, los jóvenes salían y entraban juntos en el albergue. Estuve observando sus reacciones y los gestos que hacían y no hubo ninguno que se acercara a más de un metro de la hucha de los donativos.

            Desgraciadamente, cada vez abundan más este tipo de los llamados turigrinos, unos peregrinos diferentes de los que llamarles con el mismo adjetivo que los que recorren el camino con esfuerzo y motivación, puede resultar incluso ofensivo para estos.