almeida – 31 de julio de 2014.

Recuerdo una ocasión en que nos encontrábamos preparados para asistir a la oración en la pequeña capilla después de cenar, cuando oímos a la entrada de Santuario que alguien llamaba a la puerta. Al levantarme y salir al pasillo, vi que se trataba de un peregrino que llegaba en esos momentos, a las nueve de la noche, casi diez horas después de que lo hubiera hecho el primer peregrino que llegó ese día.

—Este —dijo el Maestro —es uno de los peregrinos añejos, como los que a mí me gustan, de los que saben disfrutar del Camino.

Le dije al peregrino que íbamos a celebrar la oración y que si lo deseaba podíamos retrasarla algunos minutos mientras él cenaba, pero me respondió que no debíamos cambiar el programa que ya teníamos establecido, él asistiría a la oración con el resto de los peregrinos y después se ducharía y cenaría.

Con mucho respeto participó en los momentos especiales que cada noche se viven en el lugar más especial y mágico de Santuario. Una vez que terminamos ya me puse a su entera disposición para satisfacerle en todo cuanto necesitara.

Al sellar su credencial, vi que había recorrido algo más del tramo del Camino que el resto de los peregrinos que habíamos acogido ese día; pero no mucho más, por eso me extrañaba que llegara tan tarde, porque desde que me encontraba en aquel lugar, nadie había llegado tan tarde para dar por finalizada su jornada.

El peregrino me comentó que todos los días se levantaba cuando ya lo habían hecho los demás que se encontraban en el albergue, además de no gustarle madrugar, odiaba esas prisas que a veces parece que surgen cada mañana para ver quién es el primero que va abriendo camino.

Luego, cuando se pone a caminar, lo hace con una parsimonia excesiva, como si tratara de meditar cada una de las zancadas que da antes de apoyar el pie en el suelo. Mientras va caminando, hay muchas cosas que llaman su atención, un árbol diferente, el recorrido que va abriendo el riachuelo en su desplazamiento hacia las partes más bajas, un ave de presa que se va dejando mecer por el viento mientras busca el alimento que ese día necesita para él o para llevárselo a los polluelos que están esperándole en el nido.

También disfruta cuando se encuentra alguna persona trabajando en el campo, con la que se detiene a conversar y en ocasiones ha estado hablando con alguien hasta dos horas, pues le resultaba muy interesante todo lo que le cuentan.

Cuando van llegando las horas de más calor, trata de buscar un sitio confortable a la sombra de un árbol o en las orillas del río, se detiene a comer algo y luego duerme una larga siesta, que es para él uno de los mejores momentos de cada día.

Cuando el sol comienza a perder parte de su fuerza, se pone de nuevo a caminar, nunca tiene prisa por llegar al destino que marquen sus pies o le tenga asignado ese día el Camino, sabe que siempre va a encontrar un lugar en donde poder descansar ya que si no lo hace en un sitio cubierto, siempre tiene la posibilidad de hacerlo en algún prado o en una zona resguardada, contemplando el manto de estrellas que le va a cubrir esa noche.

Enseguida me di cuenta que estaba ante uno de esos peregrinos que saben como disfrutar del Camino y recordé las palabras de uno de los mayores hospitaleros que hay en esta ruta de las estrellas, para quien la última de las bienaventuranzas era para el peregrino y decía lo siguiente: “Bienaventurado aquel peregrino que cuando llega al albergue no encuentra una litera libre; porque él será el único que esa jornada habrá disfrutado plenamente del camino”

Una vez que le conduje hasta la colchoneta en la que podía descansar esa noche, le dije que mientras él se duchaba le iba preparando la cena y se la dejaba en la mesa del comedor para que cenara tranquilamente.

Salí a la puerta de Santuario y le pregunté al Maestro que era lo que había querido decir cuando manifestó lo de los peregrinos añejos, ya que era la primera vez que lo escuchaba y había llamado mi atención.

Me dijo que cuando el comenzó a hacer el Camino, en la época que apenas se encontraba peregrinos, quienes caminaban lo hacían de esa manera, como el peregrino que acababa de llegar, disfrutando plenamente de todo lo que el Camino les podía proporcionar y sabiendo como tenían que disfrutar en cada momento de lo mejor de cada instante de ese día.

Una de las cosas que para él se había perdido y que le resultaba especialmente hermosa, era ir caminando por la tarde cuando el sol trata de ocultarse. Al caminar siempre en dirección a poniente, vas viendo esos momentos especiales y mágicos con los que cada jornada la naturaleza va obsequiando a quienes lo quieren observar, pero esa costumbre se va perdiendo ya que los peregrinos, como se pasan toda la tarde en el lugar donde han dado por finalizada su jornada, no son concientes de este espectáculo de la naturaleza.

Para el Maestro era su forma de hacer el Camino y como todavía recordaba disfrutar recorriéndolo, sin las prisas que ahora llevan la mayoría de los peregrinos que ya llevan planificado cada uno de los momentos de la jornada que tienen por delante, en lugar de dejarse guiar por el corazón e ir caminando hasta donde los pasos le van conduciendo y detenerse en aquellos lugares en los que el Camino indica que debe detenerse.

Percibí esa noche cierta alegría en el semblante del Maestro, me imagino que para él resultó toda una satisfacción comprobar que todavía la esencia del Camino no se había perdido del todo; ya que aún podía ver a algunos peregrinos añejos como él, que todavía disfrutaban diluyéndose en el Camino.