almeida – 15de abril de 2016.

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He de confesar, no sin cierto rubor, que con el paso de los años he ido alterando esos ritos que como peregrino me impuse la primera vez que llegué a Santiago. Quizá me haya vuelto un poco más materialista y sobre todo mucho más práctico.

            Cuando llegaba a Santiago, las primeras costumbres, casi de forma inconsciente y como si fueran un ritual las iba haciendo de forma repetitiva. Lo primero era contemplar desde la plaza del Obradoiro la majestuosa fachada de la Catedral. Allí solía pasar casi media hora, lo hacía sin ninguna prisa, con la misma lentitud con la que había ido caminando.

            Luego me acercaba hasta la plaza de las Platerías y subía a la oficina del peregrino en la casa del Dean, tras obtener el papel que certificaba mi peregrinación, daba una vuelta completa al templo para ir contemplando los detalles de siempre y detenerme cuando observaba alguno nuevo.

            A las doce entraba con mi mochila en el interior de la Catedral para sentarme en un rincón apartado y mientras se celebraba la misa dedicada a los que habíamos llegado, cerraba los ojos para ir reviviendo mi camino, miles de imágenes desfilaban por mi mente y hasta conseguía ver como afloraban esos sentimientos que tuve mientras caminaba.

            Cuando el incienso del botafumeiro inundaba con su aroma todo el recinto, me acercaba hasta la cripta y saludaba al santo agradeciéndole que me hubiera permitido ir una vez más hasta su casa y al abrazarme a su espalda trataba de transmitirle muchas cosas con ese abrazo. Luego me dirigía hacia el lado contrario de la cruz que forma la base del templo para que mis dedos sintieran de nuevo esa vida que transmitía el árbol pétreo y tras intentar que el maestro me transmitiera su sabiduría, me iba a contemplar su obra. Allí nunca supe el tiempo que llegué a pasar, ya que en ocasiones me dio la impresión de haberme trasladado varios siglos.

            Finalmente, me perdía por el laberinto de calles del casco antiguo de la ciudad celebrando en algunas tascas haber conseguido una vez más mi objetivo.

            Con el paso del tiempo, quizá me he vuelto más cómodo y las costumbres han ido variando, aunque también estas nuevas costumbres las he llegado a convertir en hábitos que sigo escrupulosamente cada vez que me encuentro allí.

            Lo primero que hago es ir al albergue más cercano al lugar por el que pasa el camino y después de reservar una litera, me ducho y me cambio de ropa, dejo la que llevaba sudada de la jornada y me pongo ropa seca y limpia y sin el peso de la mochila, antes de las once estoy de nuevo en la calle.

            Entonces voy hasta un bodegón-pulpería y me obsequio con una buena ración de pulpo y una jarra de ribeiro, es mi brindis por el éxito.

            Ya no voy a buscar la Compostela, la llevo dentro de mí, porque nadie puede certificar lo que he hecho, eso es personal e intransferible y solo yo puedo dar fe de ello.

            A las doce, me siento en mí rincón apartado de la Catedral para revivir de nuevo mi camino y voy disfrutando con cada una de las imágenes que pasan por mi mente, es mi álbum personal e intransferible.

            No me acerco hasta la cripta, a veces hay demasiada gente y prefiero dedicar esos minutos a ir saludando a todos y cada uno de los personajes que me devuelven el saludo desde lo más alto de la gloria y de nuevo vuelvo a mi bodegón. Ahora acompaño el pulpo con unos pimientos y lacón y antes de tomar un café da pota y unas copas de orujo, las jarras de ribeiro van cayendo una tras otra hasta que van haciendo ese efecto que me ayudará a dormir una buena siesta.

            He de reconocer que mis prioridades han ido cambiando y cuando estoy a punto de llegar a Santiago, en ocasiones es el bodegón lo primero que me viene a la mente.