almeida – 24 de mayo de 2014.

Cada vez que mi amigo Txema se encontraba en el Camino, experimentaba una transformación, sentía como todos sus sentidos se agudizaban y tenía esa sensibilidad especial que le permitía captar cada una de esas sensaciones con las que el Camino nos obsequia y que para la mayoría de los peregrinos pasan de una forma desapercibida.

Camina siempre sin prisas, suele afirmar que las prisas solo las tienen los malos toreros y aquellos que van huyendo. A él le gusta saborear cada rincón del Camino, le gusta sentarse sobre esa piedra o ese tronco que ha sido colocado en ese lugar para que él se siente y disfrute con lo que la naturaleza le está ofreciendo, esos regalos que el Camino le tiene reservados.

Según contempla la grandiosidad de lo que hay a su vista, su oído se agudiza. La armonía del discurrir del agua por el riachuelo le sugiere unas notas musicales, el canto de los gorrioncillos va añadiendo la letra y quizás un lamento o un suspiro de algún peregrino es ese contrapunto que tan bien viene a la partitura que se está componiendo en su mente.

Mientras aspira el humo del cigarrillo que acaba de encender y va apurando el tabaco que ha liado en el papel, va dando forma a todo lo que se va acumulando en su mente y después de sorber un buchito de agua, saca del bolsillo de su pantalón una libreta cuadriculada y va plasmando sobre ella con unos garabatos lo que más tarde se convertirá en una canción, cuando se encuentre más tranquilo, cogerá el hilo conductor de la historia que está archivada en su cabeza y la ira pasando al pentagrama para deleitar a todos los que disfrutamos escuchándola.

En unos pocos minutos, que otros quizás hubieran desaprovechado, Txema acababa de dar forma a una hermosa canción. Se siente contento, es un poco más rico que antes de sentarse sobre la piedra, porque para él la riqueza no consiste en la posesión de más cosas, sino en ese enriquecimiento personal que va teniendo cada vez que sabe aprovechar lo que el Camino y la naturaleza han puesto a su alcance y él ha sabido como enriquecerse con ello.

Son muchas las paradas que a lo largo de cada jornada Txema realiza. Por eso, cuando termina cada día, cuando está tumbado en la cama antes de caer en los brazos de Morfeo, va pasando por su mente a cámara lenta lo que ese día el Camino le ha proporcionado y se siente muy satisfecho de como lo ha aprovechado.

Cada camino que realiza, la mente de Txema no cesa en ningún momento de asimilar sensaciones y vivencias que luego sabe contarlas como nadie, porque sus historias tienen esa melodía que los antiguos juglares supieron como nadie interpretar para que las mentes menos privilegiadas pudieran comprender lo que el artista trataba de contar. Él es uno de los juglares modernos que sabe contarnos historias maravillosas que nos hablan del Camino, de sus misterios, de sus gentes, en definitiva, de esa magia que solo podemos encontrar en este sendero que con el paso de los años se va engrandeciendo por toda la energía que sobre él van dejando aquellas personas que lo recorren.

Cuando Txema descansa en uno de los albergues del Camino, resulta una delicia escuchar como cuenta las cosas que le han sucedido y cuando en el albergue hay una guitarra, entonces, como si se tratara de una voz celestial, va describiendo de forma maestra estas historias, porque como los Ángeles, su voz sueña con ese sentimiento que él ha sabido transmitir a cada una de sus canciones.

A veces he imaginado que en Santuario hay una guitarra, para que cuando vaya por allí Txema, la haga sonar y su magia se mezcle con la de aquel lugar, porque cuando ambas se juntan, da la sensación que te trasladas a esa nube desde donde todo se observa de una forma muy especial.

Cuando yo me encontraba en Santuario, un día tuve la fortuna de contar con la compañía de Txema, para él sería impensable pasar por allí sin detenerse un día para cargarse con esa energía que Santuario desprende y sabe impregnar a los buenos peregrinos que perciben la esencia que emana de ese lugar.

Cuando llegó el momento de la reflexión y de la oración en la pequeña capilla, Txema cogió la guitarra entre sus manos. Allí, sentado en el suelo de madera de la capilla de Santuario, me daba la impresión que la abrazaba y la acariciaba con dulzura, como si se tratara del cuerpo de una hermosa mujer.

Alternativamente a los actos que se realizaban en Santuario, Txema fue extrayendo notas de la madera según rasgaba las cuerdas de la guitarra y su voz comenzó a sonar contándonos esas historias que había vivido en el Camino.

Fueron esos momentos en los que la magia alcanzó su máxima expresión y los peregrinos que allí nos encontrábamos, no queríamos que aquel momento tan especial de su camino se terminara nunca, ya que sería ese instante que siempre vendría a nuestra mente cada vez que recordáramos ese camino, esa sería la instantánea que se había guardado en nuestra retina cada vez que escucháramos la palabra magia.