almeida – 14 de junio de 2014.

En el Camino, cuando menos lo esperamos, surge ese instante mágico que lo cambia todo y hace que esos momentos vividos, los recordemos durante mucho tiempo.

Lucas, fue el último de los peregrinos en llegar al albergue. Bueno, lo de peregrino es un decir, porque no se parecía en nada a los que le habían precedido. En lugar de destacar la mochila que llevan a su espalda los peregrinos, él llevaba una guitarra y todas sus pertenencias las portaba en una pequeña bolsa que colgaba sobre uno de sus hombros.

Pero no me cabía ninguna duda que era un peregrino, distinto, pero peregrino, porque todo el que tiene ese afán de avanzar, de no quedarse anquilosado en un sitio, su espíritu es el de un peregrino que necesita estar en constante movimiento y conocer lugares nuevos y diferentes cada jornada.

Lo primero que pidió humildemente fue acogida, no disponía de nada material, por lo que no iba a poder colaborar en los gastos que ocasionara, pero estaba destinado a llegar hasta este lugar. Porque aquí lo importante es el peregrino y en el albergue miramos primero a los ojos de quien llega en lugar de mirar su cartera como hacen en otros sitios y eso le hizo sentirse cómodo.

Pero Lucas, tenía otros valores que ninguno de los que estábamos en el albergue disponíamos. Su arte para transmitir sensaciones haciendo vibrar las cuerdas de su guitarra, era un don que deseaba compartirlo con los demás y solicitó permiso para deleitarnos con el, después de la cena comunitaria.

Era un buen conversador y casi sin darse cuenta, nos estaba contando como había sido su vida. Una vida en la que había conocido el éxito y también la miseria que en ocasiones algunos van conociendo en las diferentes fases de su vida.

Procedía de una familia muy humilde del sur. Su padre era esquilador y apenas ganaba lo suficiente para sacar adelante la prole que tenía, por lo que sus hermanos debieron desde muy pequeños buscarse la vida.

Desde que tuvo uso de razón, lo veía todo negro. El burro que tenían en su casa era negro, las minas que estaban en el pueblo eran negras, las montañas que veía cada día, eran negras y hasta el cielo siempre lo recordaba negro, por lo que su futuro siempre lo veía negro.

Para colmo, Lucas era muy torpe en cuantas cosas hacía. El cura de su pueblo que le tenía gran aprecio, vio en este niño algo que los demás no veían y le inscribió en una banda de música que se había formado en la iglesia. Pero no encontraban para él ese instrumento adecuado ya que los instrumentos de cuerda los rompía y cuando le pasaron a la sección de viento también rompía cuanto caía en sus manos y el cura le puso a tocar las campanas, aunque con la incertidumbre de que un día también pudiera llegar a romperlas.

Pero el oído de Lucas, era bueno y se apreciaba ese don de genialidad que algunos tienen y el buen sacerdote supo verlo y buscó la forma de que Lucas, pudiera estudiar música lejos de aquel pueblo en el que no había futuro para él.

Le consiguieron una beca, primero en la ciudad y como destacaba sobre los demás, buscaron un sitio en el que pudiera desarrollar ese genio que tenía dentro y le enviaron a Suiza donde estudió en buenos conservatorios y se formó como un músico notable.

Se decidió por la guitarra española, para Lucas cuando la sentía entre sus manos era como si abrazara el cuerpo de una mujer y eso le gustaba porque sacaba lo mejor que había dentro de él, consiguiendo que las notas fueran limpias y brillantes.

Comenzó a alternar con los mejores y él les acompañaba en los conciertos que se daban en los lugares de más éxito, porque su arte era apreciado y cuando por fin regresó a su pueblo, con todo lo que había aprendido, el cura orgulloso de lo que había conseguido le aconsejó que abandonara aquel lugar porque era demasiado bueno para estar allí.

La vida de Lucas, fue conociendo los mejores años en los que todo parecía sonreírle, no solo a nivel profesional sino también a nivel personal y nada presagiaba que esa forma de vida pudiera cambiar en algún momento.

Pero, el arte y el talento, no siempre son apreciados como un bien para el desarrollo de las personas y en muchas ocasiones cuando los que dirigen la sociedad tienen que recortar gastos para ajustar los presupuestos, no piensan en los bienes materiales y cercenan eso que no es tangible, aunque para el intelecto sea una de las riquezas más importantes que se les puede aportar.

Fue entonces cuando llegó el declive. A pesar de contar con una plaza en uno de los conservatorios, los recortes no le habían permitido ocuparla nunca y la miseria se fue adueñando de su situación hasta verse desposeído de casi todo lo que tenía, excepto de su talento.

Cuando las cosas comienzan a ir mal, parece que se juntan todos los astros para que nada escape de esta vorágine y también en el aspecto personal y sentimental fue perdiéndolo todo, hasta encontrarse en la más absoluta miseria teniendo que aceptar la caridad de las personas para poder seguir adelante.

Pero, hasta en la oscuridad más absoluta, siempre aparece un rayo de luz y Lucas también pudo verlo en un momento de su vida. Fue unos meses antes, cuando en la otra punta del país, conoció a una mujer que supo apreciar el talento que tenía y alguna cosa más y le propuso compartirlas con ella.

Lucas, no tenía nada que ofrecer y desanimado por su situación abandonó ese lugar yendo lejos, lo más lejos posible, para ver si la distancia permitía hacer olvidar esos sentimientos que estaban germinando y no deseaba verlos crecer sin un futuro para ellos.

Los sentimientos, generalmente, no saben nada de distancias y la semilla había arraigado con fuerza, porque se había plantado en un lugar fértil y decidió volver para comprobar si la vida, le tenía reservadas nuevas alegrías, aunque no estaba convencido de ello. Por eso fue haciendo y deshaciendo el camino que iba recorriendo, como si esperara que el tiempo fuera fortaleciendo esas incipientes raíces, hasta que puso una fecha a aquel encuentro para no volver a echarse para atrás.

Era una de esas historias conmovedoras que se comparten en el Camino y que quienes la escuchamos lo hacemos con algo de emoción contenida porque llega a hacer vibrar esas fibras sensibles que cada uno tenemos en nuestro interior.

Cuando Lucas terminó de contarnos su historia, abrazó con cariño su guitarra y después de comprobar que las cuerdas se encontraban en el tono adecuado, fue haciéndolas sonar y la melodía fue inundando el albergue con esa magia que solo algunos llevan dentro.

Las obras de los grandes; de Rodrigo, de Falla, de Granados, fueron alternándose con algunas composiciones personales en las que los poemas de Lorca, de Alberti, de Machado, ponían ese toque de emoción a lo que iba diciendo la guitarra.

Fue uno de esos momentos que los peregrinos que pudieron disfrutarlo, aseguraban que no olvidarían durante mucho tiempo y creo que los que vengan por detrás también la sentirán, porque lo bueno de la magia es que no se pierde, se va acumulando en esos lugares en los que ha sido esparcida.