almeida – 25 de enero de 2015.

soldeadRomán, era un joven de veintisiete años, que en ocasiones aparecía por el albergue y se quedaba varias horas y en otras ocasiones a los pocos minutos de llegar se marchaba,

la mayoría de las veces sin decir ni una sola palabra.

 

Generalmente, no pasaba desapercibido, bien fuera por su animada conversación o por sus prolongados silencios, solía ser el foco de atención de muchos de los que nos encontrábamos en el albergue.

Un día, me interesé por este personaje tan peculiar y me comentaron que era una buena persona que se encontraba perdida en la vida. En ocasiones estaba semanas sin aparecer por el pueblo, le gustaba vivir en el monte y solo en contadas ocasiones se mezclaba con la gente, siempre que le era posible lo evitaba, aunque en algunas ocasiones, por lo extravagante que era, llamaba la atención de los agentes de la policía que le retenían y como el comportamiento de Román cuando se sentía amenazado era distinto a las demás personas, lo encerraban en una celda hasta que comprobaban sus datos y en su ficha policial había una referencia a la persona que debían acudir y ésta iría a buscarle haciéndose responsable de el.

Por la información que más tarde me fue llegando, la infancia de Román, no debió ser muy agradable ya que era hijo de una mujer que ejercía la prostitución y desconocía quien era su padre por lo que nunca sintió ese afecto que desde pequeños nos sirve de referencia y nos hace imitar unos valores que vemos en nuestros mayores, en este caso, eso no había existido nunca.

Un buen día, había aparecido por aquel lugar y como se encontraba a gusto y vio a dos personas que le comprendían, decidió quedarse, pero sin ninguna atadura que lo retuviera, él deseaba sentir esa libertad que le proporcionaba no someterse a ninguna norma establecida.

En el albergue, íbamos a celebrar una fiesta en la que se reunían un buen numero de personas y me advirtieron que controlara lo que Román bebía, ya que el alcohol le producía entrar en un estado en el que difícilmente se sabia la reacción que podía tener.

Desde el momento que llegó, procuré estar pendiente de lo que me habían advertido y las botellas de vino, las fui racionando de una forma un tanto huraña, cuando alguien pedía una copa, le cogía el vaso y se la servia para evitar dejar aquella tentación muy a la vista.

Pero en el momento que el albergue se fue llenando de gente, ya fue imposible llevar este control y las botellas de vino iban y venían de un lado al otro siendo imposible ejercer ningún tipo de vigilancia sobre Román que como sabía que yo le estaba vigilando se fue apartando a los lugares en los que no le podía ver.

No obstante, hice que en la mesa se sentara a mi lado, al menos durante la comida podría ser de nuevo su guardián y controlar lo que estaba bebiendo ya que procuraba que las botellas no estuvieran a su alcance y yo era quien me encargaba de servir a quienes se encontraban cerca.

Observé que apenas comía, insistí llenando su plato pero él seguía hablando sin probar bocado a pesar de mi insistencia, solo quería que le sirviera más vino ya que su vaso estaba vació a diferencia de los demás que estaban en la mesa y cuando conseguía que alguien le sirviera apuraba de un trago su contenido y estiraba el vaso para que se lo llenaran de nuevo.

Trate de hacerle ver lo perjudicial que era para él lo que estaba haciendo y que no adelantaba nada con ello, pero mirándome fijamente me comento:

-¿Sabes?, creo que esta vida es una mierda, todo es una mierda y también los que estáis en ella sois una mierda.

-Creo – le dije – que estás muy equivocado, si miras a tu alrededor, verás que la gente es feliz y que para ellos la vida es algo hermoso, a veces nos juega malas pasadas, pero tenemos que ser lo suficientemente fuertes como para poder superarlas y seguir adelante ya que nos va a ofrecer cosas muy bonitas que aun tenemos que descubrir.

-Eso – dijo mientras apuraba otro vaso de vino que no se quién se lo había servido – es una puta mentira y quien se la crea, se está engañando, porque la vida no te va a dar nada, nadie regala nada y todos los que te rodean lo único que quieren es joderte.

-El que la vida te haya tratado de una forma miserable, no quiere decir que sea como tu dices, creo – le dije mirándole a los ojos – que estás siendo injusto y no eres sincero. Sé que hay personas que te quieren y se preocupan por ti y te lo han demostrado con creces.

Siempre he creído que eres más convincente cuando hablas con alguien, hacerlo mirándole a los ojos y de esa forma mantuve mi mirada esperando que él, comprendiera cuanto le estaba diciendo y bajara la suya.

Pero Román, mantuvo su mirada fija, en contra de lo que yo pensaba, sus ojos apenas pestañearon y no sé cuantos minutos pasaron, pero su mirada no se aparto en un solo instante de la mía y casi me obligó a ser yo quien la apartara.

Ahora la cena, se había convertido casi en un duelo de miradas, él estaba seguro que al final acabaría haciéndome persistir de lo que estaba tratando de decirle y estoy convencido que si en un momento hubiera visto flaquear mi mirada, sabría que lo habría conseguido, pero yo me mantuve firme y durante toda la cena, me olvidé de los que estaban en la mesa ya que consideraba que Román era en ese momento quien más necesitaba ser escuchado, aunque yo trataba que comprendiera lo que le estaba diciendo y al menos alguna de mis palabras encontrara acomodo en su interior.

-Tienes que pensar, seguí insistiendo que cada día es una nueva oportunidad que se nos presenta y no tenemos que dejarla pasar.

-Para mí – respondió, solo espero ese día que no vea salir el sol, entonces se que habrá llegado el momento que estoy esperando.

-Eso es una burrada – le dije – tienes toda la vida por delante y seguro que te esperan muchas cosas que ahora ni te imaginas y vas a perderte la oportunidad de poder descubrirlas.

-Solo espero dejar de ser también una mierda que es como me siento desde hace mucho tiempo.

Pensaba que me encontraba ante un ser muy atormentado y me sentía incapaz de poder inculcarle cualquiera de las cosas que le decía, era tanta la impotencia que sentía en esos momentos que me di cuenta que hay que ser una persona muy especial para poder adentrarte en esas almas que realmente están necesitando tu ayuda.

Suelen decir que el camino es tan sabio que siempre te proporciona aquello que necesitas en el momento que menos te lo esperas y una vez más fue a ocurrir lo que parecía imposible.

Al finalizar la cena, salí del comedor en donde nos encontrábamos ya que llevaba casi una hora sin fumar un cigarrillo. En el patio del albergue se encontraban al menos una decena de viciosos como yo que apuraban sus cigarrillos y en la fría noche, el humo se mezclaba con el vaho que producía su aliento al mezclarse con el aire que comenzaba casi a ser gélido.

Busque en mis bolsillos, pero no encontre el mechero para encender el cigarrillo, lo debía de haber dejado en el bolsillo de la chamarra que colgaba del respaldo de la silla en la que me había sentado.

Le pedí fuego al fumador que se encontraba mas cerca de mi, era un oven de unos treinta años al que no había visto anteriormente.

-¿Eres peregrino?- le pregunté.

-Si – respondió él, hoy comienzo mi camino, bueno, mejor dicho mañana, era una ilusión de muchos años que por fin la voy a ver cumplida.

-¿Y qué esperas que te aporte el camino?, – le dije – me interesa mucho conocer las ilusiones de aquellos que empiezan, aunque luego no pueda saber si éstas se han cumplido, pero estoy convencido que escuchándolas me hago una idea de cómo va a ser tu camino.

-Verás – me dijo – soy sacerdote y sé que en el camino hay muchos peregrinos para los que el camino es una búsqueda, buscan esas respuestas que no las han podido encontrar en su vida y espero aprender mucho de estas personas y sobre todo, siempre que me sea posible poder darles ese consuelo que tanto buscan y sobre todo tanto necesitan.

Pensé que de nuevo el camino había puesto en el mío a alguien que en esos momentos sin saberlo necesitaba más que nada, ya que me sentía un tanto frustrado con la conversación que había mantenido con Román.

Le explique al sacerdote peregrino como había transcurrido la cena y la conversación que había tenido con Román y que entendía que había una excelente oportunidad para poner en practica sus conocimientos y sobre todo comenzar a integrarse en esos problemas que esperaba encontrarse en el camino, era una excelente oportunidad para poner en practica sus dotes de conocimiento y persuasión para aliviar esas almas atormentadas a las que un sacerdote puede comprender como nadie.

Él, aceptó el reto y se dispuso a ir donde Román se encontraba, ahora ya tenia una botella a su lado y estaba bebiendo sin ningún control. Cuando el sacerdote se fue hacia la puerta decidido a ganarse las simpatías de aquel ser atormentado, llamé de nuevo su atención y le dije:

-Si consigues mantener su mirada, estoy convencido que habrás dado el primer paso.

Cuando me fui, allí seguían el sacerdote y Román, éste en ocasiones se levantaba de la mesa y buscaba otro acomodo, pero el joven sacerdote, como si se tratara de una presa que acababa de capturar no le soltaba y le seguía a donde él se dirigiera.

No sé como habrá acabado esta historia, quizá algún día, si el camino así lo decide, vuelva a encontrarme con el sacerdote y me cuente no solo lo que aprendió de Román, sino también si en algún momento consiguió abrir su corazón y llevar a él esa ayuda que tanto necesitaba.

También es posible que pueda en algún momento coincidir con Román, en este caso, estoy convencido que nada más verle, sabré la influencia que sobre él, ejerció aquel joven sacerdote, lo que no me cabe ninguna duda es que en ese momento, los dos se necesitaban y estoy convencido que para ellos el camino fue quien a los dos les puso en el del otro y ese encuentro seguramente a los dos los dejó de alguna forma marcados.