almeida – 24 de enero de 2015.

No sabía cómo decirme que el día anterior había hecho trampa en la etapa.

Cuando Elvira nos escuchó hablar a

los hospitaleros y algún peregrino conocido sobre la forma que teníamos de realizar las etapas, sobre todo en lo concerniente al traslado de las mochilas por medios externos, observé cómo Elvira se ruborizaba un poco a pesar de no estar implicada en la conversación que estábamos manteniendo.

 

-Ayer hice trampa – nos confeso – para mí más de treinta kilómetros era una distancia que me sentía incapaz de hacer y cuando estaba a diez kilómetros de finalizar, tomé un taxi y recorrí de esa forma los últimos diez kilómetros.

Lo confesaba como si se sintiera mal de algo que era inconfesable, pero luego cuando ya nos explico cómo estaba haciendo aquel camino, pudimos comprenderla.

Cuatro días antes, su pareja que ya había realizado en varias ocasiones el camino, le propuso que como disponían de cinco días libres, podían dedicarlos a caminar. Aunque a Elvira, el camino y las cosas que Ángel le contaba siempre le habían entusiasmado, no se atrevía nunca a dar ese paso de acompañarle, siempre decía que para la siguiente vez y en esta ocasión ya no se atrevía a decirle lo mismo, por lo que se decidió a acompañarle.

Iban a ser cien kilómetros en cuatro días, lo que era una distancia que parecía asumible, aunque una de las etapas era más larga que las demás y debían recorrer treinta y cinco kilómetros.

Como no estaba bien preparada, cuando superó la distancia que ella se había marcado como limite, los veinticinco kilómetros, ya sentía que las piernas no le respondían y optó por saltarse los últimos diez kilómetros.

Trató de hacerla ver, que el camino de cada uno, poco nos interesa a los demás, ella debía hacerlo como pudiera o como entendiera que tenía alguna opción de terminarlo, lo importante para mí, era el paso que había dado teniendo ese primer contacto con el camino y lo que más me interesaba era saber si había sentido algo que le impulsara a repetirlo y sobre todo, lo que más me interesaba era que me contara cuál había sido la sensación que iba a recordar cuando volviera a casa. Estaba convencido que para los peregrinos que tienen el primer contacto con el camino, siempre hay algo que les marca y lo recuerdan mas tarde.

Elvira se quedo pensando como tratando de recordar lo que le había ocurrido en los tres días que llevaba caminando, pero no había nada para ella que fuera digno de contar, era una peregrina más de las que transitan por el camino, si se quiere una peregrina vulgar de las que pasan completamente desapercibidas.

Es más, me dio la sensación que se sentía molesta por ello, por no poder contar nada que la hiciera algo diferente, por eso, después de pensar un rato mas, nos comento:

-Bueno, me están saliendo en los pies unas manchas que no había tenido antes, no se si otros peregrinos las habrán tenido, pero me tienen un poco intrigada.

Mi compañero, la hizo descalzarse y cuando quedó el pie al descubierto vio que eran unas erupciones producidas seguramente por el sudor o el roce del calcetín, pero tampoco le dio importancia, aunque le aconsejó que fuera a la farmacia a ver que le decían y en la primera ocasión que tuviera, visitara al dermatólogo.

Elvira al ver que era la mas vulgar de todos cuantos nos encontrábamos allí ya que no tenia ninguna cosa interesante que contar, escuchaba con atención lo que estábamos hablando, pero sin meterse en la conversación.

Mientras cenábamos, la conversación fue derivando a la utilización que del camino se estaba haciendo por parte de la iglesia y cómo en algunas ocasiones resultaba ser contrario el espíritu que quería imponerse a lo que para muchos es el sentido de la peregrinación.

En ese momento, Elvira carraspeó dando a entender que deseaba participar en la conversación y comento:

-Yo creo que las ideas hay que dar ejemplo con ellas, pero nunca tratar de imponerlas, porque mi padre que fue cura, siempre nos ha dado ejemplo con el tema de la religión, pero nunca ha tratado de imponernos aquellas cosas en las que no estábamos muy convencidos sus hijos.

Todos nos quedamos mirando a la peregrina y percibimos como ésta al sentirse observada por tantos ojos que se clavaban en ella se sintió de nuevo algo ruborizada.

-Mira la peregrina que no tenia nada interesante que decir – comenté rompiendo el silencio que se había producido –  esa sí que parece una historia interesante, al menos en el tiempo que llevo caminando, es la primera vez que escucho tal afirmación. ¿Y sigue siendo tu padre cura? – me atreví a preguntar.

-No – respondió Elvira – si fuera así sería su sobrina, no su hija.

-Pues esa es una historia que cuanto menos me parece interesante y si te parece, nos la cuentas porque creo que todos estamos esperando escucharla.

-Pues mi padre, era un sacerdote de vocación, creía en lo que hacía y le gustaba la profesión que había elegido, pero el destino, que siempre se cruza en nuestras vidas, quiso que un día conociera a mi madre que era maestra y entre ellos surgió el amor. Mi padre tuvo que elegir entre lo que era su vocación y lo que se había convertido en su pasión, y como podeis ver, eligió esto ultimo, el amor salio victorioso y tuvo que cesar como sacerdote para vivir con mi madre.

-Supongo, que ser hija de un cura, es una cosa que marca, sobre todo en un país como éste y habrás tenido que escuchar muchas cosas que de pequeña te resultarían incomodas.

-Por supuesto, las bromas siempre han estado a la orden del día, pero las teníamos asumidas tanto mi hermano como yo, de ello ya se preocuparon mis padres que eran conscientes de todo lo que teníamos que soportar y lo llevábamos bien, pero,..

-Siempre hay algún pero – la interrumpí de forma inconsciente.

-Sí – prosiguió Elvira – mi padre nunca renegó de lo que había sido, es más, se sentía orgulloso de ello y creo que si la iglesia hubiera permitido en algún momento que los sacerdotes pudieran tener familia, estoy segura que él habría seguido ejerciendo lo que era su vocación.

Siempre, desde que éramos muy pequeños, le gustaba llevarnos a las aldeas en las que había ejercido como sacerdote, nuca quiso dejar de tener esa relación y sobre todo ese contacto con los que en su día fueron sus feligreses.

Cuando nos acercábamos a estas pequeñas aldeas, las paisanas al verle enseguida salían de sus casas para saludarlo y para llamar la atención de quienes no se habían percatado de ello iban gritando “Os fillos do señor cura”, aquello sí me hacia sentirme incomoda, ya que siempre me había considerado la hija de mis padres pero al escuchar lo de la hija del señor cura, me producía cierto rubor.

Pensé que era una historia cuanto menos curiosa y no deja de ser también una historia peregrina ya que la escuché en un albergue de labios de una peregrina.