almeida – 14 de abril de 2014.

Cuando llegaron a la puerta del albergue, su rostro, presentaba las huellas de la dura etapa que acababan de finalizar, pero a pesar de ello, ambos mostraron esa sonrisa de los peregrinos que se encuentran felices por haber cumplido con éxito lo que se habían propuesto hacer cuando por la mañana comenzaron a caminar.

Al ver las credenciales, comprobé que eran una de las parejas de más edad a las que había ofrecido acogida en los muchos albergues en los que he estado de hospitalero. Uno era octogenario y el otro estaba a tres años de llegar a esa edad. Les vi como a esos peregrinos añejos que saben disfrutar del Camino porque lo recorren con calma y pensé en ellos como esos amigos de toda la vida a quienes les unen muchas cosas y disfrutan juntos haciéndolas.

Pero según fueron pasando las horas y se fue estableciendo esa complicidad que en ocasiones surge entre los peregrinos y los hospitaleros, me fui dando cuenta que eran muy diferentes y uno de ellos ratificó todo cuanto estaba pensando.

Se habían conocido doce o trece años antes cuando uno de ellos después de jubilarse, decidió recorrer el Camino, ahora contaba con el tiempo suficiente para poder hacerlo con la calma que deseaba.

Nada más llegar a Roncesvalles se encontró con el otro y surgió enseguida esa relación que en ocasiones hace que cuando ves a una persona, parece que hubiera estado toda la vida esperando ese encuentro, porque desde aquel momento, el Camino les unió, lo hizo de una forma tan especial que ninguno de los dos comprendería recorrer el Camino sin la compañía del otro.

Procedían de distintos lugares, uno era de Madrid y el otro de Barcelona y los dos eran apasionados de los equipos de su ciudad que mantienen una rivalidad histórica. Pero también, ideológicamente, eran muy diferentes, debían tener muy arraigadas sus convicciones políticas  y con la edad que tenían, ninguno de los dos las iba a cambiar.

Enseguida se dieron cuenta que aquellas diferencias tan ostensibles, podían enrarecer aquella incipiente amistad, por lo que decidieron que mientras estuvieran caminando, nunca hablarían ni de política ni de fútbol, les había unido el Camino y eso era lo que a los dos más le interesaba.

Así lo fueron haciendo durante ese camino y fue tan grato para ellos que al año siguiente, se pusieron de acuerdo en volver a recorrerlo juntos y según me decían los dos, después de doce años que llevaban caminando por todas las vías que conducen a Santiago, se habían dado cuenta que hay cosas que tienen tanta fuerza, que como les había ocurrido a ellos, a pesar de las diferencias, les pueden llegar a unir tanto como lo había hecho el Camino.