almeida – 10 de junio de 2016.

A pesar de que Victoria no había puesto nunca sus pies en el camino, era como si lo hubiera recorrido miles de veces, se había contagiado del entusiasmo con el que le hablaba su hermana María de este camino cada vez que estaban juntas.

            Ella no se podía creer todo lo que su hermana la contaba, la parecía imposible que ir caminando todos los días supusiera tanto placer y tanta libertad como lo que María le decía que encontraba cada vez que ponía sus pies en el camino.

            Pero María conocía muy bien a su hermana y sabía que si le insistía para que ella también un día pudiera tener las mismas sensaciones, no conseguiría nunca que fuera. Por eso iba dejando que toda la magia que transmitía en cada una de sus palabras fuera penetrando en el interior de su hermana. No solo consiguió que fuera asimilando cada una de las cosas que la decía, sino que estas fueron germinando y no pasaron seis meses cuando un día llamó a su hermana y le dijo que estaba decidida a probar eso del camino para ver si era como ella decía.

            María sintió una alegría enorme por le noticia que su hermana acababa de darle. Le propuso que le dejaría todo lo que iba a necesitar y de esa forma no tenía que gastarse nada y si no le gustaba la experiencia no habría hecho ningún desembolso en vano.

            La semana siguiente, se reunían todos los días, lo primero era decidir desde dónde iba a comenzar y una vez que supieran el sitio de salida, María le haría la planificación de la primera semana para que de esa forma se sintiera más protegida.

            Los siguientes días quedaban cuando las dos salían de trabajar y caminaban durante más de dos horas, al principio no llevaban nada, pero a partir del tercer día, Victoria ya llevaba la mochila con algo de peso para irse acostumbrando y cogiendo ese fondo físico que iba a necesitar los primeros días.

            Mientras iban caminando, María le contaba los lugares por los que iba a pasar, los sitios en los que tenía que detenerse y las personas que conocería. Era tan abundante la información que le proporcionaba que ya casi se sabía de memoria el tramo que iba a recorrer y por las noches a veces soñaba que estaba en el camino y vivía esas historias que María le aseguraba que se encontraría.

            Y por fin llegó ese día soñado para las dos, un viernes, María acompañó a su hermana a la estación de autobuses y la despidió cuando el autobús partió en dirección a la capital castellana.

            Llegó a Burgos hacia las tres de la tarde y preguntó por el albergue, había unos peregrinos que también se dirigían a él por lo que decidió sumarse al grupo y acompañarles.

            El local era muy amplio y se encontraba lleno de peregrinos, algunos acababan de llegar pero la mayoría se encontraban haciendo los quehaceres diarios que cada peregrino realiza cuando termina su etapa.

            El hospitalero, pidió a Victoria la credencial, llevaba una que le había regalado María y observó con ilusión cómo le ponían el primer sello, ya estaba sintiéndose peregrina.

            Le indicaron el cuarto y la litera que debía ocupar y Victoria fue arrastrando su mochila hasta el sitio que le habían dicho para dejar allí sus cosas y comenzar a relacionarse con los peregrinos como su hermana le había aconsejado.

            Al cabo de unos minutos, volvió a la recepción, esperó a que el hospitalero registrara a tres peregrinos que acababan de llegar y cuando se encontró libre le dijo.

            -Quiero que me cambien las sabanas en la litera que me han dado.

            El hospitalero la miró un tanto incrédulo como si no comprendiera lo que la peregrina le estaba diciendo.

            -¿Qué le cambie qué? – balbuceo.

            -Las sabanas – insistió Victoria – las que hay en la litera se nota que han sido utilizadas.

            -Las suyas y las de los demás peregrinos – dijo el hospitalero – las sabanas se cambian todos los domingos.

            -Pero ha dormido alguien en ellas – insistió Victoria.

            -Sí, concretamente cinco personas, una el domingo, otra el lunes, otra el martes, otra el miércoles, otra el jueves y hoy vas a dormir tú.

            -Pero yo no puedo dormir en unas sábanas que haya dormido alguien antes – dijo Victoria.

            -No se preocupe, en muchos albergues no va a tener ese problema ya que no disponen ni de sabanas para cubrir los colchones, dormirá directamente sobre el colchón que han dormido todos los peregrinos que han pasado por allí.

            Aquellas palabras fueron como un mazazo para el espíritu aventurero de Victoria y rompieron todo el encanto que podía tener el camino, recogió sus cosas y desde la estación llamó a su hermana para que fuera de nuevo a recogerla.

            Entre la magia que ella le había contado del camino, se olvidó de decirle que tenía que dormir en lugares en los que cada día dormía una persona diferente y ese pequeño detalle había roto todo el encanto que Victoria esperaba encontrar en el camino.